El Santuario Interior

“Artículos sagrados”: nuestro intelecto, nuestros sentimientos, etc…

Todos los elementos presentes en el mishkán —Santuario Móvil del desierto— y el Beit HaMikdash —el Gran Templo de Jerusalén— tienen su paralelo en nuestro servicio a Di-s de hoy en día. Pues la Presencia Divina no moraba solamente dentro de la estructura física del Beit HaMikdash, sino dentro de cada judío individualmente.

Realzando el mensaje espiritual transmitido por el hecho de que los dos altares de esas casas santas no eran susceptibles de contraer impureza ritual, el ensayo presentado en esta oportunidad pone de relieve su vínculo con nuestro servicio Divino individual.

Siempre Puros
La conclusión del Tratado Talmúdico de Jaguigá —y de todo el Orden de Moed (dedicado a los Tiempos Especiales y las Festividades)— registra una interesante diferencia de opinión entre Rabí Eliezer por un lado, y los Sabios por el otro, en cuanto a la razón de por qué la ley judía estipula que el Altar de Oro y el Altar de Cobre del Santuario no eran susceptibles de contraer impureza ritual. Normalmente, cuando un objeto es tocado por otro en estado de impureza, es muy probable, según el tipo de impureza de que se trate, de que ésta se transmita al objeto en cuestión. No obstante, no es ese el caso con los dos altares.

Rabí Eliezer explica que los altares son considerados como tierra. De modo que tal como la tierra no es susceptible de contraer impureza ritual, análogamente tampoco lo son estos altares.
Los Sabios, en cambio, afirman que la razón de que no lo sean es que los enchapados de oro o de cobre eran meramente una cobertura superficial. Como tales, estaban subordinadas a, y considerados como una extensión de, la sustancia del material interior del altar. Y ese material interior no era susceptible de contraer impureza ritual.
La Torá, articulación de la sabiduría y voluntad Divina, entregada al pueblo de Israel por un Di-s que es verdaderamente infinito, es también, en consecuencia, de una naturaleza infinita. En términos concretos, esto significa que sus lecciones son pertinentes con idéntica intensidad en todo momento y lugar. Conservan la misma energía en el presente —incluso en medio de la oscuridad del exilio diaspórico cuando, transitoriamente, la presencia física de algunos de sus elementos. para nada secundarios, está ausente—tal como la tuvieron cuando fue legada a Moshé sobre el Monte Sinaí hace tres milenios.

Una de las dimensiones del carácter infinito de la Torá, además del de la esfera temporal, es que cada uno de los conceptos vertidos en ella acepta infinitas interpretaciones, todas genuinas. (En general, estas interpretaciones se dividen en cuatro categorías básicas: 1)pshat, el significado simple, literal; 2) rémez<, la alusión derivada o significado extendido; 3) drush, la homilía; y 4) , la concepción mística).
Dado que esté donde esté, cada persona debe constituirse en un “santuario en miniatura” en el que descansa la Presencia Divina, la mencionada discusión entre Rabí Eliezer y los Sabios nos provee una lección aplicable a nuestra vida cotidiana.
En el Santuario y el Beit HaMikdash había varios artículos sagrados. Del mismo modo, dentro de nuestros “santuarios” individuales interiores también hay “artículos sagrados”: nuestro intelecto, nuestros sentimientos, y similares.
También en estos ámbitos existe la probabilidad de contraer “impureza ritual”. En estos puede infiltrarse una intención egoísta, una influencia secular, o un pensamiento profano. Es más, hasta existe la posibilidad del pecado, contrariar la voluntad de Di-s y actuar en conflicto con las instrucciones de la Torá y sus mitzvot.
Continuando la analogía, estas actitudes hacen que los “artículos sagrados” de la persona, sus pensamientos o sentimientos, se tornen “impuros”. Ello hace necesario idear medios alternativos que permitan y asistan a la tarea de devolver el “artículo sagrado” al ámbito del santuario de Di-s. Pues el santuario de Di-s —cada hombre, mujer y niño judíos— debe ser puro.
En la realidad dimensional de lo material y concreto, y análogamente en las esferas del potencial espiritual del ser creado, la humanidad se divide, en términos generales, en ricos y pobres. Y el oro sirve de analogía para el rico, en tanto que el pobre es asociado al cobre -
Dentro de cada judío sin excepción —más allá de las cambiantes dimensiones interiores o exteriores de su personalidad y sentimientos—, el núcleo de su judeidad, su ser esencial judío, perdura eternamente intacto e inalterable. Y este aspecto de su ser, su esencia espiritual, tiene un único deseo: cumplir la voluntad de Di-s. Mi reverenciado suegro, el Rebe (anterior) solía expresar esta idea en una sola frase: “Ningún judío quiere, ni puede, cercenar su nexo con Di-s”.
Visto bajo esta lente, cada judío sin lugar a dudas puede ser considerado un altar para Di-s. Pues, ¿qué es un altar? Un lugar donde el individuo sacrifica su propio iétzer hará—su tendencia al mal—, y lo trae como ofrenda a Di-s. No hay distinción, en cuanto a este concepto, entre un judío y otro: tanto el rico puede compararse a un altar, el Altar de Oro, así como el pobre puede ser comparado al otro altar, el Altar de Cobre. Pues el auténtico deseo de cada judío, debajo de las capas superficiales de su personalidad exterior, es “sacrificar” su iétzer hará y satisfacer la voluntad de Di-s.
Como se mencionara antes, los altares no son susceptibles de contraer impureza ritual. Los razonamientos ofrecidos al respecto por Rabí Eliezer y los Sabios pueden interpretarse análogamente dentro del marco de nuestro servicio Divino.
La primera razón esgrimía que los altares son considerados como la tierra. Traducido en el lenguaje del esfuerzo espiritual, esta condición alude a la cualidad de la humildad, tal como pedimos en nuestras plegarias: “Sea mi alma cual polvo para todos”. Así como todos pisan la tierra, del mismo modo la persona humilde carece de intereses propios, y no alberga ningún otro deseo fuera del de cumplir la voluntad de Di-s según ésta se expresa en la Torá y sus mitzvot.

Logro Personal y Trascendencia
Este es el razonamiento enseñado por Rabí Eliezer ben Horkenus. Y era típico de su personalidad: por un lado, era llamado “Rabí Eliezer, el grande”, y considerado “equivalente a todos los demás Sabios de Israel”. Al mismo tiempo, no obstante su grandeza, continuó manteniéndose humilde, tan humilde que “jamás repitió una enseñanza que no hubiera escuchado de sus maestros”.
Este peculiar enfoque le permitió ver la dimensión interior del carácter de cada judío, apreciar su nivel de vinculación con la esencia, del que se ha dicho”: “Israel, la Torá, y el Santo, bendito sea, son uno y lo mismo- es decir, que toda la vida del judío consiste exclusivamente de la observancia de la Torá y sus mitzvot.
Con su propia actitud como modelo, enseñó a sus discípulos que el intelecto —cuya característica esencial es la construcción personal y los logros individualistas— y el poder de bitul—trascender el propio Yo en aras del semejante y de Di-s— no son contradictorios sino que, en verdad, se complementan mutuamente, conforme lo refleja su propia trayectoria de servicio a Di-s: era “el Grande”, pero nunca mencionó una enseñanza que no hubiera recibido de sus maestros.

Los Sabios ofrecen un segundo razonamiento, pues perciben que el enfoque representado y enseñado por Rabí Eliezer, aunque genuino, resulta en extremo arduo como para ser adoptado por el público en general. Ellos, en cambio, pensaron en la dimensión externa del judío.
Es posible que uno tropiece en su camino de servicio a Di-s. Esto es particularmente cierto en cuanto al judío que puede compararse con el Altar de Oro. Puesto que está involucrado en cuestiones que conciernen al oro, esta actividad misma puede distraerlo y, siquiera por un fugaz momento, llevarlo a ignorar el cumplimiento de la voluntad de Di-s. Asimismo, el judío que merece compararse al Altar de Cobre puede enfrentar dificultades económicas.

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