El Rebe y su visión del Holocausto

Siempre preguntamos: ¿Cómo Di-s permitió el Holocausto? El Rebe nos ayuda a reflexionar acerca del tema.

Pregunta: Cuando Di-s castiga, lo hace de modo tal que el castigo sea proporcional a la culpa. ¿Cómo pudo suceder una cosa tan monstruosa como la aniquilación de seis millones de judíos, así como las persecuciones que el pueblo de Israel ha sufrido en todas las épocas de su historia? Aparentemente, estos son castigos que superan toda medida de culpa.

Respuesta: De sus propias quejas se deduce que Ud. cree en Di-s, el Creador y Conductor del mundo. Porque, si no fuera así ¿a quien le reclama? ¿A un mundo que parece más bien una jungla en la que un no-judío demente se desenfrena y se dedica a asesinar a la gente?

No. Ud. no abriga ninguna duda de que Di-s fuera el Juez de toda la tierra, y que “hay ley y hay juez”. Por eso pregunta: “El Juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?” Y si es así, si reconoce usted que Di-s es el Juez de toda la tierra, resulta obvio que Su trascendencia es tal que hace que el hombre carezca de la posibilidad de comprender la lógica de Sus sentencias.

Si Su lógica estuviera a la altura de los seres creados, o siquiera en un grado de apenas superior, ¿lo hubiera aceptado Ud. como “Juez de toda la tierra”, es decir, como Aquel que juzga y rige la conducta de miles de millones de seres humanos? Por lo tanto, inevitablemente llegará a la conclusión de que la incomprensión de los caminos de Di-s por parte del hombre no se debe a que estos sean injustos, Di-s libre, sino a nuestra propia falta de la capacidad necesaria para comprenderlos. En otras palabras: la falta de entendimiento es un resultado de la pequeñez del que quiere entender y la profundidad de lo que se pretende entender.

Observe por sí mismo qué es lo que sucede hoy n aquellos tribunales llamados “Palacios de Justicia”. A causa de las limitaciones objetivas de los jueces, son a veces encarceladas personas inocentes al tiempo que delincuentes que merecían estar entre rejas gozan de libertad.

En adición, los magistrados se quejan de un exceso de trabajo, y tras algunas horas de actuación precisan descanso. Mientras que Di-s, el “Juez de toda la tierra”, maneja constantemente, sin pausa ni tregua, los juicios y destinos de unos cinco mil millones de seres humanos.

¿Tiene acaso sentido dudar de Sus juicios y afirmar que “Su proceder no es junto porque yo no lo entiendo?” ¿Es posible que el ser creado pretenda entender al Creador?

Pregunta: Aun de aceptar que los caminos de Di-s son justos aunque inescrutables para nosotros, ¿existe alguna explicación para el Holocausto europeo?

Respuesta: Con todo el terrible dolor que significa esta tragedia, es indudable que “del Cielo no viene ningún mal”. Dentro del mal y el sufrimiento de las tragedias debe ocultarse un beneficio espiritual excelso. Aunque quizás la razón humana no lo pueda apreciar, éste existe, y con todo vigor. Análogamente, cabe la posibilidad de que un Holocausto físico constituya un beneficio espiritual, por cuanto que las dimensiones del cuerpo y del alma no son necesariamente paralelas.

El cuerpo y el alma son diferentes y contrarios en sus características. El cuerpo físico puede ser aprehendido por lo cinco sentidos (la vista, el oído, etc.) en tanto que el alma está desvinculada de estas limitaciones. Así, si una enfermedad o una lesión atacan al cuerpo, el alma no se ve para nada afectada por estos, incluso si como resultado de la herida infligida al cuerpo éste pierde la capacidad de servir al alma como medio de expresión.

Por el contrario, es posible que una afección física constituya un beneficio y una salvación espiritual.

Imagínese Ud. a alguien que ingresa a un hospital,a la sala de operaciones. Ante él se revela un espectáculo impresionante: sobre la mesa de operaciones yace un hombre inmovilizado, y a su alrededor diez individuos enmascarados blanden sus cuchillos prestos a amputar uno de sus miembros.

Si los conocimientos de medicina –y de todo lo vinculado a ella- de este “visitante” son nulos, estará convencido de ser testigo de una sesión de canibalismo. Seguramente comenzará a gritar e intentará obtener ayuda para “salvar” a la “víctima” de manos de sus “asesinos”.

¿Por qué actuará así? Porque no entiende nada de medicina. Desconoce el estado previo del enfermo, ignora qué le ocurre ahora, y menos sabe qué le espera en el futuro. Si supiera que el miembro a ser amputado está irrecuperablemente gangrenado y hace peligrar la vida del enfermo, y que para salvarlo, los médicos, con el cirujano ala cabeza, deben operar y amputar el miembro afectado, ¡no hubiera gritado ni revuelto cielo y tierra!

La moraleja de esta parábola es la siguiente: Di-s al igual que ese cirujano mayor, sabe perfectamente qué sucede, y desea el bien del pueblo de Israel. Está claro que todo lo que hizo lo hizo para bien.

De haberlo hecho un simple mortal, podríamos –a veces- cuestionar y condenar sus acciones. Pero cuando el “Experto Cirujano” es Di-s, toda crítica está fuera de lugar.

Más aún: aquel que cree solamente en la existencia de un único mundo, este mundo físico, y no reconoce la existencia de lo espiritual, se siente realmente desbordado por las “preguntas” acerca de la trágica “operación” de seis millones de judíos. Pero, a su vez, si no está dispuesto a aceptar –Di-s libre- la existencia de un mundo espiritual además del material, ¿a quien va dirigida su queja? ¿En virtud de que demandará justicia, rectitud y ética, ideas todas puramente espirituales?

De modo que no tiene ningún sentido negar la eternidad del alma y del espíritu, aun cuando el cuerpo haya sido tan duramente lacerado. Por el contrario, lo más razonable es afirmar que desde el punto de vista espiritual no hubo aquí herida alguna. Pues amén de que la vida corporal es muy limitada y breve en comparación con la vida eterna del alma –por lo que el sufrimiento físico soportado por nuestros sagrados y puros mártires fue sólo temporal, y los padecimientos temporales del cuerpo no pueden compararse con la vida inmortal del alma- estos sagrados mártires se han elevado a una categoría espiritual infinitamente excelsa, por cuanto ofrendaron sus vidas en aras de la santificación del Nombre de Di-s.

La demanda podría compararse a la de un hombre que deduce que la vida de su prójimo está plagada de dolor y sufrimiento porque lo ha visto llorar y apenarse durante un instante de su vida ¡Sería el hazmerreir de cualquiera!

Así como no es posible juzgar toda la vida de un hombre a partir de un breve lapso de dolor, del mismo modo es imposible sacar conclusiones acerca de la vida eterna del alma a partir del sufrimiento físico-temporal del cuerpo.

Además de todo esto, el hombre de fe sabe que el alma de aquel que ha ofrendado su vida por la santidad del Nombre de Di-s se eleva a niveles supremos de santidad.

En el libro “Maguid Meisharim” se cuenta que a Rabí Iosef Caro, el autor del Shuljan Aruj, se le había prometido que sería privilegiado con morir en la hoguera santificando el Nombre de Di-s. De hecho, sin embargo, este privilegio le fue quitado, y él lo consideró un castigo.

Obviamente, de haberse hecho acreedor al privilegio de ofrendar su vida en aras de la santificación del Nombre de Di-s, no hubiera llegado a escribir el Bet Iosef, el Shuljan Aruj del cual emergió la instrucción a todo el pueblo judío. Vemos entonces que el colosal mérito de Rabí Iosef Caro por componer el Shuljan Aruj, la obra señera que indica al judío la conducta a seguir en cada instante de su vida, y a cuya luz marchamos hasta el día de hoy, no llega, no obstante, al sublime nivel y al maravilloso privilegio –que le fueran denegados a él-, a los que llega aquel cuya vida se entrega en aras de la santificación del Nombre de Di-s.

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