Dos pájaros en el paraíso

Muchos maravillosos elogios fueron dichos con referencia al pueblo Judío, por nuestros santos Profetas y Sabios…

Sin embargo, cada mañana, comenzamos nuestras plegarias con las palabras de Bilám, el profeta funesto, el hombre que hubiese maldecido a la nación a cambio de oro y plata, si Di-s se lo hubiese permitido. Para comprenderlo, se requiere cierta explicación. La siguiente historia, que escuché de mi maestro, Rabbi Elimelej Zwiebel, nos ayudará a entenderlo mejor:
“En otra dimensión del tiempo. En un mundo detrás del nuestro, existe un bosque lleno de criaturas magníficas. De entre todas ellas, los pájaros son los más espectaculares y de entre todos ellos, el pájaro Tzidikel es el más hermoso. E incluso, entre todos los pájaros Tzidikel, sobresale uno por su sorprendente belleza, no habiendo palabras para describirlo.
Todas las criaturas se reunían cada mañana en este espléndido bosque, antes de la salida del sol, alrededor del árbol del pájaro Tzidikel. Cuando el sol alcanzaba la copa de los árboles, sus rayos brillaban a través del dosel y el Tzidikel abría sus alas lleno de gloria. Un panorama de colores relucía y chispeaba en su plumaje, bailando bajo la luz del sol como mágicas estrellas entreteniendo a la entusiasta audiencia. El espectáculo era cada día más glorioso. Cada mañana las criaturas se sorprendían con un ¡ahhh! y un ¡ohhhh!.
Todo esto ocurría cada amanecer en aquella dimensión del tiempo, hasta que una vez, un nuevo pájaro llegó al bosque. Muy rápido, las criaturas comenzaron a reunirse cada mañana alrededor del nuevo pájaro, dejando solo al Tzidikel.
“¿Acaso él es más glorioso que yo?”, se quejó delante de su único fiel seguidor. “¿Cómo puede ser? ¡No existen colores en el universo que yo no posea!”
“Pero él”, murmuró su fiel seguidor, escondiéndose de vergüenza. “Él no tiene colores. Él es negro”.
La furia del Tzidikel no tenía límites. Él era la perfección del arte y de la belleza. Y si el negro iba a ser la beldad, entonces esta no existiría en absoluto. Bramando, saltó de su rama y voló para ver a su rival.
Las criaturas se encontraban allí en un sorprendente silencio. Tal vez eran las aceitosas plumas del pájaro negro que refractaban la luz del sol como un prisma dentro de tantos arcos iris. Podría ser el misterio de su negrura absoluta o el contraste que él tenía frente al brillante cielo de la mañana. Todo lo que se podría decir es que se trataba de una belleza intangible, no de algo que podría pintarse o describirse o conocer de alguna manera. Era una belleza tan indefinible como lo oscuro del negro.
“¡¿Acaso es él más glorioso que yo?!”, gritó el Tzidikel desde su lugar hacia el público.
“No podemos decir”, explicaron los animales, temblando, “Pues ya pasó el momento del amanecer”.
“Muy bien, entonces”, gritó el Tzidikel. “¡Tendremos un desafío al rayar el alba! Pero… ¿quién va a ser el juez?”
Ninguna criatura se atrevió a ser voluntaria para asumir semejante misión. Y las dos aves no podían llegar a un consenso. Entonces, se decidió que los dos pájaros iban a aparecer al amanecer en un lugar sabido sólo por ellos y la primer criatura que aparecería diría quién es el ganador de la competencia.
Toda la noche, en un lugar oculto en el bosque, estuvieron preparando sus plumajes y ensayando los movimientos. Y cuando los rayos del sol comenzaron a aparecer, agitaron sus plumas y entonces en un dramático balanceo, las expandieron a lo ancho en la más gloriosa escena que alguna vez podría haberse visto en el más fabuloso bosque. Sin embargo, no hubo testigos de ello, nadie más que esos dos pájaros.
Hasta que por debajo de los arbustos, se escuchó un sonido que casi derriba de horror al Tzidikel de su árbol. Era el gruñido de un jabalí salvaje.
Cubierto de barro y oliendo su propio excremento, quedó deslumbrado por la belleza con la que se encontró. Y los dos pájaros, rendidos ante la suerte del concurso, expandieron sus plumas y doblando elegantemente, exhibieron su orgullo frente al cerdo.
Gruñó, roncó, tosió. Pidió que repitieran la escena una y otra vez. Y tal vez después de una hora, finalmente dio su veredicto: El pájaro negro era el más bello.
“Si es así”, clamó el Tzidikel, “mi belleza no es belleza. No quedó un lugar para mí”. Voló fuera del bosque y nunca más fue visto.
El Tzidikel es la luz que Di-s envía dentro de Su creación. Lo hace a través de milagros, a través de los Tzadikim, a través de actos de justicia que no tienen tinte de motivaciones personales. El pájaro negro es la oscuridad. Mas cuando la oscuridad se revierte -y los actos negativos se convierten en buenas acciones- se torna en belleza, una belleza tan grande que ilumina su debilidad y se impone ante ella.
Y el jabalí es este mundo bajo, el mundo de la acción, que el Creador mismo declaró juez postremo de verdad y belleza.
por Tzví Freeman

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