Creer de nuevo

Recorriendo los caminos de Auschwitz, esterilizados por el tiempo que ha pasado desde los horrores perpetrados aquí, empecé a dudar de la humanidad y su Creador…


Miré fijamente el verde impactante de un árbol reflejado en un charco, combatiendo el hecho obvio de que los árboles aquí no pueden ser verdes, y el agua no puede reflejarlos. Éste es el infierno que vino a la tierra. Aunque consciente de esto, no sentí el dolor espantoso por el insensato asesinato de millones de mis hermanos. Simplemente un vacío nulo, la nada en una cabeza que no está pensando. Me sentí suspendido en un mundo que no podía comprender. Llegué primero a Auschwitz-Birkenau, dónde por lo menos mataron a 1.100.000 de judíos durante el Holocausto. El campamento yace con sus chimeneas rojas y desnudas. Había sólo remanentes de las barracas, porque los presos las habían despojado para obtener leña, desesperados de poder soportar el invierno después de la liberación. Un grupo de visitantes estaba de pie, indiferente a la santidad de esta tierra bendita y oí risa y conversaciones triviales cuando pasaron a mi lado. Otra pareja joven estaba ocupada en un abrazo apasionado, aparentemente indiferentes de los millones de últimos adioses que se profirieron sólo a unos pasos. La entrada a Auschwitz es un edificio que se ha cincelado en mi mente. Lo he visto mil veces, en mil cuadros y videos. Lanza una sombra pesada, tejida sobre las huellas del tren. Estas mismas huellas conducen directamente a la boca de la bestia. Paseé la longitud de la huella del tren, mi cabeza bullía con la descripción de Elie Wiesel de perros salivando viciosos ladrando a un niño estremecido, desembarcando de un paseo infernal. Delante de la cámara de gas, se encendió en mi cabeza un video blanco y negro de mi bisabuelo, Iakov Shimon Lezerowitz. Él se tornaba para una echar la última mirada a un cielo que nunca volvería a brillar. Las aberturas del Zyklon B en los techos de las cámaras de gas parecían burlarse de mí, como la luz del sol que rebotaba hacia las paredes que habían sido raspadas y arañadas por manos que luchaban por quedar vivas. Un edificio bajo que parece inocuo como la mayoría de los edificios en Auschwitz. Casi invita a entrar en este día caluroso. El suelo está cubierto por una plataforma de vidrio que lo alza de la tierra desnuda. Es aquí donde los presos eran despiojados y afeitados. Ponían los uniformes rayados azul y blanco en un horno grande para matar los piojos adheridos profundamente en las costuras. Un cartel fuera del edificio dice “Desinfección” Cuando me siento y reflexiono después de mi experiencia hace meses de Auschwitz, noté que la Torá contiene una lección importante que puede verter luz sobre esta sombra de duda y destrucción del Holocausto. La Torá nos enseña que Abraham estaba sentado fuera de su tienda, recuperándose de su reciente circuncisión. A pesar del calor, tres figuras se acercaron a su tienda. Con el dolor de su cirugía, pero indomable en la vida, Abraham corre para darles la bienvenida. Una fiesta de proporciones asombrosas empieza -un toro por invitado, etc. Revelándose como ángeles en una misión, uno se prepara para bendecir a su esposa Sara. El ángel dice: “En este momento, el próximo año darás a luz a un niño”. Sara, con entendible escepticismo, rió frente a la perspectiva de dar a luz, dudando que su cuerpo y edad podrían concebir. Nada es tan imposible como parece. Como Sara, dudamos a menudo, como dudé aquel día en Auschwitz. Sin embargo, Sara tuvo un niño bonito, Itzjak, a pesar de su renuencia a creer lo increíble. He aprendido que aunque podemos encontrarnos plagados de miedos, situaciones inflexibles y decisiones, podemos mirar al milagro del nacimiento de Itzjak y ver que, en realidad nada es tan imposible como parece. Hubo un momento de claridad prístina en Auschwitz que me permitió, una vez más, creer. Cuando estaba de pie frente al gigante libro de visitas, con sus páginas de color vainilla, tuve deseos de dejar un pensamiento. Escribí: “Ustedes son recordados. Ustedes han sobrevivido. Sus muertes fueron en vano, pero sus vidas no. ¡He regresado a este lugar para declarar que nosotros, la familia Lezerowitz, vive!.” En ese momento, finalmente vertí una lágrima. Nunca más dudoso o indiferente.

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