¡Coma!

Después de sufrir un ataque cardíaco severo mi abuela se hundió en un coma profundo…

Después de sufrir un ataque cardíaco severo en 1973, mi abuela se hundió en un coma profundo y fue puesta en los sistemas de apoyo de vida del hospital. Su electroencefalograma era totalmente el plano, indicando cero actividad del cerebro. Estaba conectada a un marcapasos que hacía latir su corazón artificialmente y a un respirador que hacía que sus pulmones respiraran artificialmente. Pero técnicamente, como me dijeron los doctores en privado, ella estaba básicamente como muerta. “Nunca saldrá del coma” dijeron “sería mejor para ella librarse de esto. Si continúa así, su vida carecería de sentido. Viviría en un estado completamente vegetativo”.

Aunque ella estaba por los mediados de sus setenta y había vivido una vida plena, me negué a creer que mi querida abuela simplemente pudiera marcharse así. Era muy alegre, demasiado vital para desaparecer simplemente en un coma. Mi instinto me dijo que empezara a hablar con ella y seguí así, charlando por largos ratos. Me quedé al lado de su cama día y noche. Le hablé todo el tiempo acerca de mi marido y nuestros dos niños pequeños, sobre otros parientes, sobre su propia vida. Le conté todas las noticias que estaban circulando en Australia en ese momento. También seguí instándole para que siguiera aferrándose a la vida, y no rendirse. “No te atrevas a dejarnos!” exhorté. “Te necesito, mi Mamá te necesita, tus nietos te necesitan. Ellos están empezando a conocerte. ¡Es demasiado pronto para que te vayas!”

Era duro para mí luchar por la vida de mi abuela, sola. Durante el tiempo que cayó enferma, yo era el único pariente en Sydney. Su hija (mi madre) estaba lejos, en el extranjero en un viaje, y mi único pariente—un hermano—vivía en Israel. Mi marido estaba en casa cuidando a nuestros niños, para que yo pudiera tomar mi puesto al lado de su cama. Resistí una vigilia solitaria, pero no era eso lo que ejercía una tremenda presión sobre mí. Lo que era enormemente difícil era que se me pedía que tomara las decisiones sola. La carga emocional era grande.
Cuando pasaron cuatro días sin señales de vida que fluctuara en los ojos de mi abuela o sus manos, y no se registró ningún cambio en el electroencefalograma, los doctores me aconsejaron que autorizara los papeles para que apagaran los sistemas de apoyo de vida. Temblé de sólo pensar que tenía el poder de depositar tempranamente a mi abuela en su tumba. “Pero ella ya ha muerto” los doctores insistieron. “Está manteniéndose artificialmente viva a través del marcapasos y el respirador. Mantenerla unida a estas máquinas simplemente es un desperdicio.”
“Bien, escuche,” dije. “Es jueves de tarde, y en la religión judía acostumbramos a enterrar a las personas de inmediato. Mis padres están en el extranjero- prácticamente a dos días de viaje—y ellos querrían estar aquí para el funeral. Pero nosotros no hacemos los entierros en sábado, el Shabat judío. Como más temprano, podríamos hacerlo el domingo. Así que permítanme llamar a mis padres para conseguir que logren volar de regreso a casa, y entonces el domingo firmaré los papeles”. Era todo muy frío y calculado, pero en lo más profundo, mi corazón se estaba partiendo.

Entretanto, no me permití paralizarme. Seguí hablando cual una tormenta, mientras discutía los temas difíciles, charlaba sobre lo mundano. “¿Adivina qué, Abuela?” chismorreé. “¡No creerás quién terminó siendo tu compañera de cuarto aquí en el hospital! ¡Stringfellow! La vecina de tu casa. La señora Stringfellow fue traída en serias condiciones. ¿No es una coincidencia? ¡Ella es tu vecina en Sydney y ahora es tu compañera de cuarto aquí en el hospital!”

El sábado, estaba en mi puesto usual al lado de la cama de mi abuela, preparándome para empezar una serie de adioses llorosos, cuando noté que sus ojos pestañeaban. Llamé a una enfermera y le dije lo que había visto. “Es simplemente su imaginación, querida,” dijo compasivamente la enfermera. “¿Por qué no va abajo por un poco de café? Yo me quedaré con ella hasta que usted regrese”

Pero cuando volví, la enfermera estaba rebosando de entusiasmo. “Sabe,” dijo, “ pienso que usted puede tener razón. He estado sentada aquí mirando a su abuela, y podría jurar que le vi pestañear, también.”
Después de unas horas los párpados de mi abuela se habían abierto. Me miró fijamente y entonces levantó su cuello para mirar hacia la cama vacía en el otro lado del cuarto. “¡Eh!” gritó, “¿Qué pasó a la Sra Stringfellow?”
Cuando mi madre llegó al hospital al día siguiente, mi abuela estaba sentada en la cama, conversando alegremente con el personal del hospital, y pareciendo absolutamente normal. Mi madre me miró, fastidiada, segura de yo había exagerado la condición de mi abuela. “¿Para esto tuve que regresar de urgencia a casa”? preguntó.
Después, mi abuela me dijo que mientras estaba en “coma” había oído cada palabra que se dijo a ella y acerca de ella. Repitió todas las conversaciones, y su retención era notable.
“Yo te gritaba” dijo, “pero de algún modo tú no me oías. Intentaba decirle: ¡No me entierren todavía!”
Después de salir del hospital, la calidad de vida de mi abuela siguió siendo excelente. Vivió sola, como una señora autosuficiente, independiente, y animosa y continuó de esta manera hasta su muerte, dieciséis años después de que yo casi tiré del enchufe…

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