Moléculas espirituales y metabolismo místico

A duras penas alguno de nosotros ha visto moléculas alguna vez, a menos que hayamos estudiado Química o Física en profundidad, probablemente no comprendamos los experimentos y criterios que los científicos emplean para detectar moléculas, analizarlas, identificarlas y describir su estructura…

Pero igual, creemos que existen, que tienen estructuras definidas, pesos y formas, y propiedades predecibles.
Se nos ha enseñado que todas las moléculas están compuestas por más de un centenar de átomos elementales –tal como todas las palabras están hechas de las mismas letras básicas.
Las incontables y variadas moléculas que conforman nuestro mundo físico difieren entre sí sólo en el tipo de átomos que contienen, el número de átomos presentes, su patrón organizativo y su ubicación en la estructura molecular –tal como todas las palabras de nuestro lenguaje difieren entre sí sólo en relación con las letras que contienen y su secuencia. Las mismas palabras pueden emplearse para escribir un salmo o una arenga política– tal como las mismas moléculas pueden hallarse en una hormiga y en un elefante.
Ya no hay nada místico en esto. No es imaginario ni hipotético. El concepto de moléculas y átomos y su reacción es tan aceptado como las cosas que podemos percibir y juzgar con nuestros propios sentidos.
Si un químico nos dice que una molécula determinada tiene tres átomos de carbón (C-C-C-)
Y otra tiene seis (C-C-C-C-C-C-)le creemos. Si el químico nos dice que los cinco átomos de carbón de una molécula están anillados, mientras que en otra forman un tenedor, le creemos.
A veces le creemos porque tenemos una confianza elemental en la honestidad del químico y su competencia.
Los químicos y sus colegas gozan de mayor credibilidad a nuestros ojos que los mercaderes, abogados y la mayoría de los servidores públicos que elegimos para que gobiernen nuestro país.
Y gran parte de esta confianza está justificada.
La teoría molecular y su manipulación son la base misma de los emocionantes descubrimientos que casi a diario se realizan en la fisiología, genética, microbiología y farmacología. El químico ha empleado sus modelos moleculares con bastante eficiencia para efectuar predicciones y productos que han cambiado nuestra vida.
Por ejemplo, la gente descubrió hace mucho, prueba empírica y error mediante, que ciertos alimentos eran nutritivos en tanto que otros eran dañinos; algunas bebidas intoxicaban, mientras otras eran inocuas; algunas dietas engordaban en tanto que otras que también satisfacían el hambre, lo eran en menor medida. En los primeros años del siglo XX, los nutricionistas aprendieron que la ausencia de ciertos productos alimenticios en dietas normales resultaban en consecuencia patológicas.
No fue sino hasta que los químicos nos proveyeron de “mapas metabólicos” que pudimos comenzar a organizar un poco la masa de confusos datos empíricos.
Estos mapas metabólicos describían las sendas de las moléculas involucradas en la digestión de los alimentos y la síntesis celular. Mostraban de qué manera los animales complejos, las proteínas, carbohidratos y lípidos presentes en nuestra dieta podían quebrarse en moléculas cada vez más simples; en forma concurrente, estas moléculas simples podían ser empleadas por nuestros propios cuerpos para componer las proteínas, minerales, carbohidratos y lípidos que constituyen nuestros tejidos.
Los mapas mostraban de qué manera todo el proceso estaba regulado por otras moléculas (las vitaminas). Los modelos moleculares explicaban de qué manera y por qué algunos alimentos generaban respuestas tóxicas y otros generaban respuestas alergénicas; daba el razonamiento para las dietas reductoras de peso; así como docenas de otros fenómenos fisiológicos y farmacológicos.
Se puede decir con justicia que la química molecular y la biología molecular establecieron la nutrición, la fisiología y la patología nutritiva, como ciencias, retirándolas del plano de la alquimia.
Kashrut y Química
En relación a la Parshá Shemini Di-s ordenó al pueblo judío para la eternidad, evitar ciertos alimentos en tanto se les permitía ingerir otros.
La Torá misma no ha dado razones para estas ordenanzas. Pero cualquiera que esté familiarizado con las teorías moleculares de la nutrición y la patología nutritiva a duras penas podría evitar la tentación de crear modelos moleculares y mapas dentro de su área de acción.
1.Esto no es más que una especulación fútil…
En su obra clásica sobre la medicina bíblica y talmúdica, escrita hace 73 años, el Dr. Julius Preuss introduce su análisis sobre el kashrut –las Leyes Dietéticas del judaísmo- con la siguiente declaración:
Las leyes dietéticas se incluyen en el capítulo de “higiene” solamente porque no podemos concebir otro razonamiento para su promulgación que las de orden sanitario. Debe enfatizarse, no obstante, que la Torá no nos ofrece razonamiento alguno para estas leyes, y las fuentes posteriores lo hacen sólo en raras ocasiones. De modo que casi todo lo que cada uno pudiera alegar como razón de las Leyes Dietéticas del Kashrut no es más que una mera hipótesis…
Esta declaración establece con precisión la frustrante paradoja que confronta a cualquiera que quisiera explicar las leyes del kashrut empleando el saber moderno de la nutrición y la salud pública como modelos.
No sabemos por qué ciertos animales, aves, peces, se permiten como alimento mientras otros son prohibidos; no sabemos por qué los cuadrúpedos y aves permitidos deben faenarse de un modo preestablecido; no sabemos por qué la sangre, algunos tejidos grasos, y el nervio ciático, están prohibidos ; no conocemos los riesgos que se asocian con la cocción e ingesta de carne con leche, ni tampoco sabemos por qué determinadas imperfecciones anatómicas hacen que un animal o ave sea treif (No apto para consumo) y por ende prohibido.
Se nos ha provisto de guías e instrucciones marcadamente detalladas acerca del criterio a emplear para distinguir entre lo prohibido y lo aceptable, pero nada acerca del por qué.
A pesar de lo mucho que queremos saber el por qué, toda explicación racional es un simple ejercicio de la imaginación humana.
Las más grandes mentes que el género humano ha producido alguna vez han bregado durante miles de años por explicar estas leyes. Docenas, sino centenas, de hipótesis se han propuesto para elucidar estos misterios. ¿Por qué es kasher la vaca y no el camello? ¿Por qué el judío no puede comer cerdo y beneficiarse de su bien conocida cualidad nutritiva? ¿Por qué está permitido el salmón y no la centolla? ¡La mente racional añora comprender, y desafortunadamente, porque no puede lograrlo a veces decide ignorar las leyes por completo!
En los últimos cien años, se ha vuelto moda explicar las leyes del kashrut mediante analogías de la salud pública. El argumento básico es que Moshé Rabeinu (Moisés) era en realidad un inspector sanitario primitivo, y parshat Shemini fue un modelo antiguo de las leyes de Alimento Puro y Drogas del presente. Es un concepto intrigante, pero sus adherentes son, principalmente, judíos que desde un principio no desean observar las restricciones alimentarias. Se encontrará muy poco soporte a este enfoque en fuentes auténticas de salud pública. Los conejos son tan nutritivos como las gallinas, el guefilte fish puede hacerse ya sea de esturión o de pez carpa; no hay gran diferencia –microbiológicamente o químicamente hablando- entre el cordero y el cerdo.
Sería más fácil comprender (¿y aceptar?) las leyes dietéticas si les encontraramos una razón química. Sería más particularmente fácil si pudiéramos aislar alguna clase de sustancia o elemento químico dañino en un alimento prohibido y que no estuviera presente en los permitidos. O si pudiéramos mostrar que el proceso que se describe en el Shuljan Aruj (Código judío de leyes) inhibe alguna oscura reacción molecular que produce una toxina.
Tendría sentido.

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