¿La Torá posee una cultura?

¿Por qué el desierto era el espacio más conveniente para entregar la Torá? Tres explicaciones primarias para la relación entre la Torá y el desierto…


1) Sublimidad absoluta
Si la Torá hubiera sido dada en una ciudad o comunidad, sus habitantes la podrían haber definido como producto de una cultura, entorno y ambiente particular. Los académicos explicarían el “género” de la Torá, como si fuera una pieza antigua, moderna o post-moderna de literatura, una épica o letra, un trabajo de historia, ley, tragedia o filosofía. La etiquetarían, clasificarían y calificarían.

Pero la Torá no puede ponerse en una perspectiva cultural o artística. La Torá no es cultura, literatura, arte, historia, ley o ficción. La Torá incluye las verdades eternas sobre la existencia, vida y destino que hablan en cada idioma, cultura, edad, a cada alma. Beneficia todas las artes pero nunca compite con ellas. El Profesor Abraham Ioshua Heschel dijo:
“¿Por qué la Biblia supera todo lo creado por el hombre? ¿Por qué ningún trabajo es digno de comparación con ella? ¿Por qué no hay sustituto para la Biblia? ¿Por qué todos los que buscan al Di-s viviente se vuelven a sus páginas?

“Coloquemos a la Biblia al lado de cualquier gran libro producido por el genio del hombre y veremos cómo éste disminuye de estatura. La Biblia no muestra preocupación por la forma literaria, la belleza verbal, y todavía su sublimidad absoluta se ve a través de sus páginas. Sus líneas son tan monumentales y al mismo tiempo, tan simples que quien intente competir con ellas produce un comentario o una caricatura. Es un trabajo que no sabemos evaluar. Otros libros se pueden estimar, medir, comparar. La Biblia sólo se puede exaltar. Sus visiones superan nuestras normas. No hay nada mayor. En tres mil años no ha envejecido un día. Es un libro que no puede morirse. El olvido huye de sus páginas” “Sublimidad absoluta”. Semejante trabajo debe enseñarse y transmitirse en un desierto. Un desierto es yermo, crudo, llano. No es sofisticado; es real.

2) Sin dueño
Si la Torá se hubiese dado en una ciudad o comunidad, sus habitantes habrían exigido los derechos de propiedad literaria. “Nosotros sabemos interpretar la Torá, evaluarla, y apreciarla. Nos pertenece”.
El desierto, por otro lado, no tiene dueño. Nadie quiere vivir allí: el desierto no pertenece a nadie. La Torá tampoco posee un dueño. Pertenece a cada alma judía. Es la conversación viviente y vibrante de Di-s con cada criatura viviente.

3) La autopista de la vida
Si la Torá se habría dado en un terreno civilizado y espléndido, podríamos creer que su objetivo era guiarnos a la vida bonita y el corazón espléndido.
Pero la Torá no nos dice que la vida es fácil y que la fe es beatitud. Fuimos puestos en un desierto personal y global, y la vida es una batalla. Y precisamente es esta batalla la que Di-s pensó que enfrentáramos, día a día. No se perturbe o desmoralice- enseña la Torá – por sus desafíos, demonios, inconsistencias y debilidades. No se agite cuando no mantiene sus aspiraciones más altas. No se descorazone, porque la Torá precisamente fue dada para pavimentar un camino en el desierto yermo de la psique humana, y crear una carretera en la selva de la historia.
La Torá vino a enseñarnos cómo confrontar nuestro desierto y transformarlo en paraíso.

¿Por qué en una montaña?
Una montaña es tierra elevada. Ése es el mensaje profundo de la Torá: Con tierra, arena gruesa, suciedad y barro debemos luchar. Eso es intrínseco a la condición humana y la realidad de nuestro mundo. Pero debemos recordar que nuestra misión es elevar la tierra, para introducir santidad y Divinidad en un frívolo y escabroso mundo.
Di-s no deseó personas santas que hacen cosas santas; Él quiso personas impías que hacen cosas santas. Él deseó que seres humanos terrenales se vuelvan montañas de dignidad moral y gracia Divina.

Adaptado de una nota de Y.Y Jacobson

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