Físico y Espiritual

Ya hemos establecido que todas las cosas creadas en este mundo tienen su propio propósito en el esquema de la creación, y que, a través del cumplimiento de los preceptos Divinos el hombre no solo obtiene el más alto nivel de perfección, sino que, al mismo tiempo, ele­va al resto del mundo que lo rodea -su porción en este mundo- de un bajo nivel de corporalidad al superior nivel de espiritualidad. En otras palabras, el hombre, usando su energía en complacencia con el Deseo Divino, automáticamente provoca un estado en el que las demás cria­turas y objetos productores de energía -de los “reinos” orgánicos e inorgánicos- contribuyen a la realización del propósito Divino de la Creación; y éste, simplemente expresado, consiste en la victoria del bien sobre el mal.

Vamos a considerar ahora este tema en forma un poco más profunda, a fin de tener una apreciación mejor de la importancia de las cosas materiales (los artículos religiosos como Tefilín, Tzitzit, Lulav, etc.) en el cumplimiento de los preceptos Divinos.

En el orden de las cosas creadas en esta tierra, encontramos la siguiente secuencia, en Génesis;

La tierra o el reino mineral La flora o el reino vegetal La fauna o el reino animal y, por último, el hombre

De esta forma, tenemos una clasificación general de la vida en nuestra tierra en los “cuatro reinos”: inorgánico, vegetal, animal, y el humano. Estos “cuatro reinos” marcan su escala de desarrollo en el or­den en que fueron enumerados: la vida vegetal, en un nivel superior al del reino inorgánico; el reino animal, superior a la vida vegetal, y el hombre, en el nivel más alto de todos.

Este desarrollo relativo de los “cuatro reinos” es debido a la manifestación relativa del poder Divino o “chispa” que anima a todas las cosas creadas. En su menor medida podemos advertir esta “chispa” Divina en la materia inorgánica, la que, aparentemente, no tiene nin­guna “vida”, y, en su mayor medida en el hombre, el que posee un al­ma inmortal la que es “parte de la Divinidad arriba”.

De todas maneras esto es cierto solo desde el punto de vista de la manifestación relativa del factor Divino en ellos, es decir, en la medida en que el intelecto humano lo puede discernir. En realidad, empero, vistas desde “Arriba”, todas las cosas, en igual medida, fueron creadas por la palabra de Di-s, y la misma fuerza de creatio ex nihilo las mantiene existentes.

“Reflexionando acerca de la grandeza del Ein-Sof-A Infini­to- , bendito sea El, la persona inteligente comprenderá que tal como el nombre implica, no hay fin o límite a la luz y vida que de El ema­nan de Su simple voluntad y que está unido a Su Esencia y Ser en una perfecta unidad. En el caso de que los mundos hubieran sido creados por series de emanaciones de la Luz del Ein-Sof, sin “contracciones” (tzimtzumim), sino que a través de una evolución gradual, en forma de causa y efecto, el mundo no hubiera sido para nada creado del modo como es ahora, en su estado finito y limitado. . . Estas contracciones sirven para ocultar y contener la expansión de la Luz y Vida, de forma que solo una muy pequeña fracción llega de ahí, en una forma revela­da, para dar vida a las criaturas inferiores a fin de que semejante Luz y Vida pueda ser confinada en objetos finitos y limitados… Esta forma de radiación (revelada), investida en los mundos superiores e inferio­res, dándoles vida, es tan pequeña que no cabe compararla o relacio­narla a la Luz oculta, la que está en el estado de Ein-Sof (Infinito) la que no es incorporada a los mundos en forma revelada, pero los “abar­ca” por “arriba”; lo que aquí se pretende significar con este término no es espacio, sino enfatizar que no es en forma revelada, en cuyo ca­so se utiliza el término de “investida” en la creación, sino en forma oculta, como si estuviera por encima y por arriba de los mundos crea­dos. . . Por ejemplo, considerando a nuestro propio globo terrestre, podemos concebir al factor Divino en él, en Su poder de producir minerales y vegetación, siendo esta, empero, no más que una fracción infinitesimal del Poder Divino -la Luz Infinita (Or Ein-Sof)- que ha traído a la tierra a su existencia” .

En otras palabras, hay dos formas de emanación Divina, lla­madas, en la Cabala, “memalé” (que rellena) y “sovev” o “makif (que rodea o envuelve) que la filosofía de Jabad explica de la siguiente manera: La primera, “Memalé”, es la revelación Divina que es así con­traída para permitir “investirse” o confinarse dentro de (de ahí “re­lleno”), aún objetos materiales y finitos. Esta es la emanación Divina en su forma revelada, cuya revelación es expresada en dar vida a las cosas creadas en su estado finito. La segunda, sovev, es la Luz Infinita; es tan fuerte que no podría ser confinada a objetos finitos, y es por eso que se dice que los “rodea”.

Para simplificarlo más aún: Todas las cosas creadas consisten de sustancia y forma. Estos dos elementos son indivisibles, pero, si pu­diéramos imaginar la sustancia de algo, separada de su forma, diríamos que la sustancia comienza a existir a partir de la emanación Divina que llamamos “Sovev o Makif ” mientras que la forma deviene de la emana­ción Divina que llamamos “Memalé”.

Volviendo a los “cuatro reinos” arriba mencionados, podemos ver que dicha graduación es concebible solo en el factor Divino llama­do “Memalé”, pues cuanto más alto es el grado de vitalidad Revelada de la cosa, más alto es su lugar en la escala de la Creación.

Los grados variables de la “Luz y Vida” Divinas que dan vida a las cosas creadas, no implican por supuesto pluralidad o cambio en el Ser Divino, como ya hemos mencionado antes.

Podemos ver esto también de nuestro propio cuerpo. Nuestra alma o espíritu de vida llena nuestro cuerpo por entero, de la cabeza a los pies. Nuestra alma es, ciertamente, una unidad indivisible. Sin em­bargo, su vitalidad difiere en las diversas partes y miembros del cuer­po; es más fuerte en el intelecto, cuyo asiento es la cabeza y se mani­fiesta en el pensamiento, y menos fuerte en otros órganos, como los pies. Sin embargo cuando la idea de caminar es concebida, el pie se mueve instantáneamente, prueba que demuestra que el deseo está en potencia, en el cuerpo entero, en la forma de una “fuerza envolvente” .

Así, en todas las cosas creadas, desde las más altas esferas hasta nuestro mundo más corpóreo, hay una combinación de los dos tipos de emanación Divina: la creativa (“Makif’ o Sovev”), y la vitali­zante (“Memalé”). El primero es el factor Divino infinito y oculto, y el segundo es el factor finito o “revelado” (en la vitalidad de la cosa). Estos dos factores Divinos son contenidos en todas las cosas en cierta cantidad. Cuanto mayor sea la preponderancia del factor vitalizante en cualquier objeto en particular, más alto será su grado en la escala de desarrollo como nosotros la vemos. En igual forma, cuanto más primi­tiva o corpórea es la cosa, más fuerte es la fuerza creativa que en ella actúa y menor la de su factor vitalizante. De ahí se desprende por eso, que desde el punto de vista de la Luz Infinita, los objetos primitivos están por encima de los menos primitivos o (desde nuestro punto de vis­ta) los más “avanzados”, ya que los primeros contienen más del poder “Infinito” que es necesario para mantenerlos en existencia. Por ejem­plo: supongamos que estamos viendo un florero con una abeja apoya­da en una de sus flores. En nuestra estimación el florero es el estado más bajo en la escala de la creación; luego, las flores se encuentran en un estado superior; luego, la abeja, en un plano más alto aún; y noso­tros, en la clase más alta. Pero imaginemos que pudiéramos ver la fuer­za Infinita o Creadora en ellos; entonces los clasificaríamos en un or­den inverso.

Visto desde este ángulo, es comprensible porqué el hombre depende, para su existencia, de las otras formas de vida de este mun­do, particularmente de la tierra misma. Porque a primera vista parece paradójico que el pan pueda sustentar al hombre, siendo tan infinita­mente inferior a éste, el hombre, quien contiene un alma. Pero ahora que hemos visto que en el origen de la creación, la materia inorgánica posee una mayor fuerza proveniente del “Sovev” ya no es sorprenden­te que todas las cosas dependen de la tierra para su existencia. En con­cordancia, éste es el significado de las palabras de la Tora: “No solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que proviene de la boca de Di-s es que el hombre vive” (Deuteronomio 8:3); esto quiere decir que el pan físico no es el que sustenta al hombre, sino que ello se debe al verbo Divino o fuerza, que permite al pan existir en un estado de creatio ex nihilo el que sustenta al hombre. Es éste mismo Verbo Divino que mantiene al organismo humano en existencia, pero tal como ya hemos dicho, el factor Divino es más fuerte en lo inanimado, y en consecuen­cia, el pan tiene el poder Divino para sustentar al hombre’.

Ahora podemos observar la importancia de varios artículos religiosos, sin tener en cuenta cuan humilde pueda ser su origen físico, en el servicio a Di-s del judío. Utilizándolos, el judío atrae en este mun­do la mayor revelación Divina posible, y, simultáneamente, logra el contacto o unión más alto posible con el Ser Divino, en vista de que las otras formas de la Creación contienen una “chispa superior”, en su origen, a la de su propio organismo humano.

Cada judío tiene su propia “parte” en este mundo, en la que es su obligación traer revelación Divina. Porque así como él es depen­diente de su parte en este mundo para su existencia física, esa misma “parte” depende de él espirítualmente, ya que solo a través de él ésta puede servir al propósito del Creador.

A la luz de lo expuesto, el significado del conocido dicho del fundador de Jabad, “Di-s crea cosas materiales de lo espiritual, e Israel convierte las cosas materiales en espirituales”1 o, será claramente com­prendido.

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