El trabajo y la productividad – Nuestra contribución a la vida.

Uno trabaja duro para pagar las cuentas, para proveer para la familia, y para disfrutar de las comodidades de la vida…

La mayoría reconocemos el hecho de que necesitamos trabajar, y aun así vivimos quejándonos de la carga que eso implica. ¿Es nuestro destino, o podemos lograr algún equilibrio? Más importante, ¿podemos encontrar un sentido más profundo a esta necesidad de ser productivos sin ser abrumados por la necesidad misma?
Miremos de más cerca el trabajo y la productividad. Todos en alguna ocasión nos preguntamos: ¿Con qué fin estoy aquí? ¿Qué debo hacer para lograr la felicidad y la perfección? ¿Debo aspirar a tener la vida más fácil y cómoda posible, o debo esforzarme por una vida de trabajo y logros?
El impulso por trabajar y lograr es parte integral de la vida humana- Como dicen los sabios, “Toda persona fue creada para trabajar”. Una persona no puede darse por satisfecha si no es productiva. La naturaleza humana detesta recibir algo a cambio de nada; los sabios lo describen como: “pan de la vergüenza”
Recuerden esto: fuimos creados para transformar este mundo material en un sitio más refinado y para introducir en él una dimensión más alta: Divinidad. Así que mientras que el objetivo máximo de nuestro trabajo puede ser el crecimiento espiritual, el hecho de que Di-s nos haya puesto en un mundo material significa que llegamos a ese plano espiritual a través de la labor física.
Pero si fuimos creados para trabajar, ¿por qué deseamos tanto las vacaciones y el descanso? Porque el hombre está compuesto de dos dimensiones, el cuerpo y el alma. El cuerpo, por su naturaleza, se cansa, y necesita el reposo. El alma, en cambio, nunca se cansa; es el alma vibrante la que nos empuja al trabajo aun cuando el cuerpo preferiría languidecer y ser cuidado por otro.

Un noble que disfrutaba de la estética de la vida contrató a un campesino para que se instalara dentro de su castillo y fuera y viniera con un pico en la mano, como lo haría en el campo. El noble obtenía un gran placer de contemplar la simple elegancia de los movimientos del campesino, y pagaba bien a éste por su “trabajo”… Sin embargo, después de entretener al noble durante varios días, el campesino se nego a continuar. “Pero yo te pago generosamente”, dijo el noble sorprendido, “muchas veces más de lo que podrías ganar trabajando en el campo. Y no tienes que esforzarte tanto. »
“Usted no parece comprender”, respondió el campesino. “No puedo seguir haciendo algo, aunque no me cueste ningún esfuerzo, que no produzca. Prefiero trabajar mucho más duro y ser productivo que recibir una buena paga y hacer algo que no da frutos.”

¿Por qué creó Di-s al hombre de tal modo que su satisfacción dependiera del trabajo? ¿No Le estaríamos más agradecidos si recibiésemos todo lo que necesitamos sin ningún esfuerzo?
La respuesta es que mediante el trabajo, un ser humano se vuelve un dador, un contribuyente con la vida. Creando al hombre de modo que su placer mayor se derivara de sus propios esfuerzos, Di-s le dio el mayor don de todos: la capacidad de volverse Divino, socio igualitario en la creación y desarrollo del universo.
De modo que el trabajo no es algo que sólo hacemos para ganar el dinero con el que rodearnos de comodidades materiales; el trabajo es la expresión natural de la vida humana. El trabajo no es una carga que debe ser llevada con pena, sino la fibra misma de lo que somos y de cómo contribuimos a la vida. Debemos reconocer y sacar ventaja de esta tendencia innata tan preciosa, y usarla de un modo productivo y divino.
No importa cuánto hayamos logrado, podemos y debemos superar nuestros logros previos. Hay, por supuesto, marcadas diferencias entre cada fase de la vida humana, pero debemos ser productivos a lo largo de todas ellas. Un niño, sin la carga de tener que ganarse la vida, debe ser productivo a través de la educación, el estudio, y el crecimiento emocional, en sus años de formación; lo mismo puede decirse de una persona mayor que ya no necesita ganarse la vida día a día. Hasta una vacación debería ser una pausa sólo del trabajo físico, no una vacación del crecimiento personal y espiritual.
Todos hemos nacido con tremendos recursos y capacidades inestimables; una parte de ser productivo es descubrir estas fuerzas. Cuando nos aplicamos por entero, logramos mucho más de lo que esperábamos. Como dicen los sabios, “Si alguien te dice ‘Me he esforzado pero no he hallado’, no le creas; si dice ‘No me he esforzado pero he hallado’, no le creas; pero si dice ‘Me he esforzado y he hallado’, créele”.(Talmud)

¿CON QUÉ FIN TRABAJAMOS?

Está bien decir que debemos ser productivos toda nuestra vida, ¿pero en, qué debe consistir nuestro trabajo, y cómo debemos realizarlo? Sí, el hombre fue creado para trabajar, ¿pero con qué fin?
El trabajo como un fin en sí mismo no puede ser plenamente satisfactorio. Más y más gente llega a comprender que es posible tener una carrera muy exitosa, y al mismo tiempo sentirse vacío; si uno no alimenta sus necesidades emocionales y espirituales, ningún monto de éxito material nos satisfará. Debemos saber que nuestro trabajo nos lleva hacia un objetivo más alto; debemos saber que estamos dejando una huella positiva en nuestro mundo.
¿Significa esto que sería mejor dedicarnos sólo a la filantropía y el trabajo espiritual, y dejar a un lado los negocios y la carrera? Antes de responder a esta pregunta, debemos volver a examinar el significado de nuestra existencia, y el significado de nuestro trabajo.
Recordemos que el propósito subyacente a nuestro trabajo es usar nuestros talentos y capacidades para mejorar el mundo material y hacerlo un lugar más Divino. Para ello, debemos reconocer que la espiritualidad es la fuerza primaria en nuestras vidas, mientras que lo material y físico son vehículos para la expresión del alma. Entonces sí, debemos hacer todo lo posible por asegurarnos de que nuestro trabajo sea un éxito, usando nuestras facultades físicas e intelectuales al máximo, pero nuestro objetivo primario debe ser siempre hacer de nuestro trabajo un canal para lo Divino, para causas nobles y humanas.
Esto requiere un equilibrio delicado. Debemos concentrarnos plenamente en nuestro trabajo, y aun así no hundirnos tanto en él como para perder de vista nuestro objetivo más alto; debemos recordar que el objetivo real es Di-s y los resultados virtuosos del trabajo, no los números escritos en nuestra cuenta de banco.
¿Cómo se concreta el compromiso de trabajar para un objetivo más alto? Conduciendo nuestros negocios de modo ético y honesto. Dando generosamente para caridad. Reconociendo que es Di-s quien nos bendice con la prosperidad. Comprendiendo que cada nueva oportunidad de hacer un negocio es en realidad una oportunidad de difundir un espíritu de Divinidad.
De modo similar, siempre deberíamos trabajar tan duro sirviendo a Di-s como trabajamos en nuestros propios negocios. De hecho, hay muchos paralelos entre el servicio divino
y la administración de un negocio exitoso. En nuestras empresas altruistas y espirituales siempre deberíamos tratar de devolver una ganancia, de que haya más fruto que la inversión original. Debemos ser persistentes: si un método no funciona, probar con otro. Debemos absorbemos completamente en nuestras nobles empresas, hasta soñar con ellas, no actuar como un mero empleado. Debemos usar plenamente todos los recursos disponibles, y recordar que poder dar cuentas es la clave del éxito. Y, sobre todo, dondequiera que vayamos, debemos buscar nuevas oportunidades de perfeccionarnos, a nosotros mismos y a la sociedad.
Inicialmente, podría parecer que un compromiso tan fuerte con Di-s nos distraerá de nuestro trabajo, pero la verdad es exactamente lo contrario. Por ejemplo, pensemos en dedicar una parte de nuestra jornada al estudio ola plegaria. Aun cuando sean unos pocos minutos, lograremos una concentración específica dentro de cada día, que se trasladará al trabajo.

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