El dolor, semilla para el crecimiento

Estaba en la naturaleza del Rebe ver lo positivo donde la sabiduría convencional sólo veía lo negativo…


En 1973, la viuda del renombrado escultor Jacques Lipschitz visitó al Rebe tras la muerte súbita de su marido. Además de estar quebrada por su muerte, su marido estaba terminando una gran escultura, un fénix en líneas abstractas, que le había sido comisionado para el Monte Scopus en Jerusalem.
Escultora ella misma, le había gustado completar la obra de su marido, pero algunas personas habían empezado a sugerir que quizás el fénix era un símbolo inapropiado para la ciudad sagrada de Jerusalem. Esta duda la entristecía doblemente.
El Rebe abrió el libro de Job y leyó: “Y multiplicaré mis días como el jol”. Explicó que el jol era un ave que vivía mil años y después de morir resucitaba de sus cenizas, obviamente, el fénix era símbolo apropiado. Un símbolo de esperanza y renovación ante dolor. El Rebe le dijo que siguiera adelante con el proyecto, y la mujer quedó reconfortada y feliz.

¿QUÉ PODEMOS APRENDER DEL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO?

El dolor y el sufrimiento son oportunidades para desafiar el modo en que vemos la vida. Cuando las cosas van bien, tendemos a dar la vida por sentada, pero el trauma nos arrastra al borde mismo de la vida, y nos permite volver a verla desde un ángulo nuevo y revelador.
Entonces, la verdadera pregunta que debemos hacernos no es sólo por qué a veces sentimos tanto dolor, sino qué se supone que debemos aprender de él.

Cuando vemos la vida limitada al aquí y al ahora, a la inmediatez de una existencia corporal, nos veremos asustados y heridos cuando algo ataca esa existencia. Cuando somos conscientes de un panorama más amplio, en cambio, de una realidad espiritual además de la física, el dolor es sólo un componente. Mientras que el dolor es en última instancia, efímero (ya sea físico, emocional o espiritual) la vida es eterna, y lo que más importa son las contribuciones a largo plazo que hagamos. A este fin, debemos buscar la energía positiva que produce nuestro sufrimiento. Como las preciosas contadas gotas de aceite que pueden extraerse sólo cuando se aplastan aceitunas, el sufrimiento puede llevarnos a reconsiderar el sentido de nuestra existencia, a comprometernos más plenamente con nuestro desarrollo espiritual.

En sí mismo, el dolor suele ser una señal de alguna otra falla. Es un síntoma de una causa que puede no ser visible de inmediato, y para encontrarla debemos mirar la vida con los ojos más agudos. Alguien que lleva una vida materialista tiende a sobreevaluar el dolor, pues el materialismo es por naturaleza transitorio, fragmentado en muchos momentos aislados. Cuando sentimos dolor, entonces nos concentramos en él y no podemos sentir nada más. Podemos pesar el dolor que estamos sintiendo en el momento contra la alegría que sentimos ayer, y decidir que quizá la vida no se merece tantos problemas.

Pero cuando vemos más allá de una vida unidimensional, más allá del momento, cuando comprendemos que estamos compuestos no sólo de un cuerpo sino de un cuerpo y un alma, reconocemos que hay un objetivo más alto para nuestro dolor.

A simple vista, nuestro objetivo en la vida puede ser perseguir la felicidad momentánea mediante la comodidad material. Pero al final descubrimos que este objetivo es superficial y absurdo. El verdadero objetivo de la vida es desafiarnos para refinar este mundo material. La vida es sinónimo de desafío y el desafío es sinónimo del potencial para el bien y el mal, y nuestra capacidad de elegir entre los dos. Sin la posibilidad de caer temporalmente, no habría independencia en la vida, y por lo tanto no habría sentido.

El dolor y el sufrimiento son consecuencias de esta independencia, y de la dicotomía entre cuerpo y alma. Creando una armonía entre cuerpo y alma, pasando de una vida física y unidimensional a una vida espiritual y de dos dimensiones, empezamos a transformar nuestro dolor en una experiencia de aprendizaje y una energía positiva. Para reacomodar nuestra perspectiva de la vida se necesita un compromiso serio, y eso no puede hacerse sin esfuerzo. Se necesita disciplina y el esfuerzo concentrado del estudio, la plegaria y las buenas acciones, significa introducir un sistema de valores más alto en la vida. Pero es la única respuesta digna al dolor, y aun esto puede no aliviar el dolor que es sólo un síntoma a corto plazo de la causa a largo plazo que ahora nos hemos propuesto enfrentar

No hay una verdadera explicación del dolor, el único modo por el que nosotros podemos comprender el dolor y el sufrimiento es reconocer que el mundo mismo es intrínsicamente bueno y que el dolor y el sufrimiento son de algún modo parte de un bien mayor. Esto no equivale a sugerir que el dolor en sí mismo sea bueno, ni que debamos aceptarlo pacíficamente. De hecho, debemos expresar a pleno nuestros sentimientos de dolor, y hacer todo lo que esté a nuestro poder para aliviar el sufrimiento en nosotros y en los demás.

Al mismo tiempo, debemos reconocer el dolor y el sufrimiento como parte del misterio de la vida, un panorama más grande que el ojo humano no siempre puede ver de entrada, pero se hace evidente con el tiempo. Como dicen los sabios, “Todo lo que hace Di-os, lo hace para mejor”. Esto no justifica de ninguna manera que persona alguna inflija dolor o castigo a otra, nadie tiene derecho a hacer el papel de Di-s.

Es nuestro deber descubrir cómo el dolor puede ser una bendición disfrazada, y superar el dolor y restaurar la armonía de nuestro cuerpo y alma.

Consideremos la inevitable frustración que precede a todo crecimiento creativo, o el intenso dolor que siente una mujer cuando da a luz. No importa lo agudo que pueda ser ese dolor, en última instancia es absorbido por el bien que produce.

Extraído del libro: Hacia una vida plena de Sentido

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