El “Cromosoma” ¿Por qué?

Los niños son insólitos. Todas las cosas que los adultos inteligentes y mundanos, que de manera razonable dan por sentado, los niños preguntan. Qué padre no ha recibido preguntas tales como:
“¿Por qué el cielo es azul?”
“¿Por qué mueren las personas?”
Y uno se detiene a pensar. Se enorgullece de la habilidad del niño, y profundiza en los recovecos de la mente para dragar alguna larga, olvidada explicación. Pensando la mejor manera de decirlo, repasa la idea, recorta algunos detalles, elige las palabras más fáciles, y dice las cosas como esperaba (ingenuamente) que su hijo quedara satisfecho y el asunto felizmente resuelto.
“El cielo es azul debido a que el aire dispersa todo el resto de los colores, pero permite atravesar al azul”
“Las personas mueren porque sus cuerpos se agotan”
Parece que el niño lo absorbe, reflexiona un poco, empuja su coche de juguete, palmea a su muñeca, juega un poco alrededor de la sala y nos permite regresar a nuestras cosas, pensando que el caso está cerrado, hasta que dentro de una o dos horas o días más tarde habrá que hacer frente a la próxima guardia de control de la realidad.
“Pero, ¿por qué el aire no dispersa la luz azul?”
“¿Por qué los cuerpos se agotan?”
Normalmente no, pero a veces el interrogatorio se convierte en un juego llamado Mantengamos-a Mami-hablando-lo más-largo- posible-y-Preguntemos-un sin fin-de-¿Por qué$s?. Pero incluso, en la sincera curiosidad infantil en la que se basa el juego, se halla la necesidad de conocer la explicación de las cosas.
Por supuesto, el juego no se limita a los niños. El hecho de que la mayoría de nosotros supera su inherente curiosidad sobre el mundo no es tanto porque sabemos las respuestas, sino más bien porque, a medida que la vida pasa, nos acostumbramos al funcionamiento maravilloso del mundo que nos rodea. Cuando ya hemos alcanzado nuestra edad madura, la única pregunta que la mayoría de nosotros se formula es: “¿Por qué a mi? Claro, salvo los científicos.
Quizás los científicos son más sensibles. Tal vez nunca crecieron. O tal vez sufren de una sobre-actividad de su “cromosoma ¿por qué?” en su ADN. Sea lo que sea, la pregunta sigue siendo: ¿Por qué?
Responder a esto resulta ser más importante que lo que parece al principio, porque la notable costumbre humana de buscar explicaciones nos conduce a las dos unidades más poderosas de las fuerzas sociales en actividad hoy: la ciencia y la religión. Y puesto que las dos parecen demasiado a menudo en conflicto, merece la pena el esfuerzo de investigar un poco cómo una pequeña pregunta puede generar dos respuestas radicalmente diferentes.
Como ocurre con muchas otras preguntas, podemos usar el “Principio de Abraham” para resolver esto. El principio de Abraham establece que cuando dos o más entidades tienen una correlación de estructura o comportamiento, esto es evidencia de la existencia de un tercero o fuerza causal, externa y más poderosa que ellos, lo que determina su forma o modo de comportamiento.
Para el científico, la pregunta “por qué” es un viaje de causa y efecto y llegar allí es la mitad de la diversión. La otra mitad es saber que, independientemente de lo que descubrimos, las preguntas siguen existiendo y al mismo tiempo aparecen nuevos interrogantes. Para el religioso sincero también la pregunta “por qué” es una exploración, pero que no termina con algún retroceso infinito, ni un sinfín de preguntas, sino más bien con una respuesta definitiva: que hay una Primera Causa que sembró en el mundo el “el cromosoma ¿por qué?” en nuestra psiquis, y nos dio la habilidad lógica de derivar de nuevo a la fuente, el singular Porque ante Quien no hay ¿por qué? ¿Y por qué Él haría una cosa así?
Bueno, ¿por qué no?
Por el Dr. Aryeh (Arnie) Gotfryd, PhD.

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