¿Ustedes tienen un padre?

Yo tenía siete u ocho años, asistía a un jeder en un pueblo pequeño en la frontera entre la Rusia Blanca y la propia Rusia…

Mi padre era el rabino del pueblo. Yo, como cada chico judío, asistía al jeder. Mi maestro no era un gran estudioso pero era un jasid, un jabadnik.

El episodio que estoy a punto de relatarles tuvo lugar un día de un sombrío invierno de enero. Todavía recuerdo el día; estaba nublado y encapotado. Era justo después de los festejos de Janucá y la porción semanal de la Torá que se leía era Vaigash. Con la finalización de Janucá también cesó el poquito de tranquilidad y el “iomtovkeit” (espíritu festivo) que trajo la fiesta y volvió la rutinaria vida de los judíos de ese pueblo.

Hasta donde a los muchachos del jeder les interesaba, tenían un largo y desolado invierno por delante. Era un período en que teníamos que levantarnos mientras todavía estaba oscuro y volver casa del jeder con una linterna porque anochecía muy temprano.

Un día en particular, todo el jeder, todos los chicos, estaban en un humor apático, perezoso y triste. Recitábamos, o debiera decir cantábamos mecánicamente, los primeros versos de Vaigash con gran monotonía. Estábamos simplemente holgazaneando las palabras en hebreo y en idish. Así que seguimos leyendo mecánicamente: “Entonces Iehudá se acercó a él (a Iosef)…. Mi amo les ha preguntado a sus sirvientes: “¿Tienen padre o hermano?” Y nosotros le respondimos: “Tenemos un padre anciano y un joven muchacho de su vejez…” Permítanme usar la interpretación del Targum Ierushalmi, de las palabras ieled zekunim (“un joven muchacho de su vejez”), un muchacho talentoso, un niño capaz, luminoso. “Tenemos un padre viejo y también un pequeño muchacho talentoso.”

El chico, leyendo mecánicamente, terminó el recitado de la pregunta: ¿El haiesh lashem av? ¿Tienen un padre? y la contestación: El iesh lanu av zaken veieled zekunim katan, “Tenemos un padre anciano y un joven muchacho de su vejez. Entonces algo extraño pasó. El melamed (maestro), que estaba medio dormido mientras el muchacho holgazaneaba con las palabras, saltó y se levantó con un extraño y enigmático brillo en sus ojos, señalando al niño a detenerse. Entonces el melamed se dirigió a mí con la palabra rusa podrabin, que significa “asistente del rabino”. Siempre que se entusiasmaba se dirigía a mí con este título. Había cierto cinismo o sarcasmo cuando usaba ese término, porque este jasid de Jabad nunca pudo perdonarme por haber nacido en la casa de Brisk, representante de la élite de la oposición al Jasidismo. Aunque debo decir que no puedo aceptar la responsabilidad por este hecho, ya que fue un accidente de nacimiento.

Entonces él me dijo: “¿Qué tipo de pregunta le hizo Iosef a sus hermanos, el haiesh lashem av? ¿Tienen un padre? ¡Claro que tenían un padre, todos tenemos un padre! La única persona que no tuvo ningún padre fue el primer hombre de la creación, Adám. Pero cualquiera que nace en este mundo tiene un padre. ¿Qué tipo de una pregunta era ésta?”

Yo empecé, “Iosef… “. Yo intenté contestar, pero él no me dejó. Iosef, dije finalmente, quiso averiguar si el padre estaba aún con vida. “¿Tienen todavía un padre,” significando, está vivo, no muerto?

En ese caso, el melamed vociferó, él debió de haber expresado la pregunta diferente: “¿Su padre todavía está vivo?”

Discutir con el melamed era inútil. Él empezó a hablar. Él ya no estaba dirigiéndose a los muchachos. La impresión que daba era que le estaba hablando a algún misterioso visitante, un invitado que había entrado al jeder, en ese cuarto frío. Y siguió hablando. Iosef no pensó preguntarles a sus hermanos sobre avot disgalim. Descubrí luego que éste era un término de Jabad para la paternidad abierta, visible. Él estaba preguntándoles por avot discasin, sobre la paternidad misteriosa, oculta e invisible. En lenguaje moderno, yo diría que él quiso expresar la idea que Iosef estaba inquiriendo sobre la paternidad existencial, no la paternidad biológica. Iosef, concluyó el melamed, estaba ansioso saber si ellos se sentían comprometidos con sus raíces, a sus orígenes. ¿Ellos estaban conscientes de sus orígenes? Iosef les preguntó a los hermanos: ¿Están arraigados a su padre? ¿Lo miran de la misma manera que las ramas o las flores miran a las raíces del árbol? ¿Miran a su padre como el dador, como el cimentador de su existencia? ¿Como el proveedor y sustentor de su existencia? ¿O son una banda de burdos pastores que se olvidan de sus orígenes y viajan vagando de lugar en lugar, de pastura en pastura?

De repente, dejó de dirigirse al extraño visitante y empezó a hablarnos a nosotros. Levantando su voz, preguntó: “¿Son ustedes recatados y humildes? ¿Reconocen que el padre viejo representa una antigua tradición?

“¿Creen que el padre es capaz de contarles algo nuevo, algo excitante? ¿Algo desafiante? ¿Algo que no supieran antes? ¿O son insolentes, arrogantes, vanidosos y niegas su dependencia a su padre, a su fuente?”

“El haiesh lashem av? ¡¿Tienen un padre?!” exclamó el melamed, apuntando a mi compañero. Yo tenía un compañero que era considerado un niño prodigio en el pueblo. Él era el prodigio y yo tenía fama de “lento”. Su nombre era Isaac. El melamed le preguntó: “¿Quién sabe más? ¿Usted sabe más porque lee el Talmud, o su padre, Iaakov, el herrero, sabe más aunque apenas pueda leer hebreo? ¿Está orgulloso de su padre? Si un judío se somete a la supremacía de su padre, entonces, ipso facto, se somete a la supremacía del Padre Universal, el Creador del mundo.”

Ésta es la experiencia que viví con el melamed. Nunca me olvidaré de ella.

Narrado por el Rabino Iosef B. Soloveichik en una conferencia en la Sinagoga de Lincoln Square, Nueva York, el 28 de mayo de 1975.

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