Verdadera caridad

Todos hacemos actos de caridad, pero su cumplimiento no debe hacer que nuestras emociones empañen nuestros pensamientos racionales… Comprendamos realmente esta afirmación a través de un impactante relato.

Cierta vez la esposa del Rebe Zusia insistió en que necesitaba dinero para hacerse un vestido nuevo.“Me da vergüenza presentarme ante la gente en harapos”, dijo. Y cuando la esposa del Rebe Zusia decía ‘harapos’, no utilizaba el término en su acepción corriente, refiriéndose a una prenda en perfecto estado que simplemente ha pasado de moda. Se refería a una prenda raída, con múltiples remiendos.
Rebe Zusia no pudo resistirse a sus súplicas. Consiguió que alguien le prestara dinero y su mujer pudo comprarse tela para hacerse un vestido.
Durante un tiempo, reinó la paz y la armonía en el hogar del Rebe Zusia. Cierto día, empero, el Rebe Zusia notó que su esposa se veía desdichada. Le preguntó cuál era la causa de su tristeza.
“Fui al sastre para que me hiciera el vestido”, dijo, “y cuando me lo entregó suspiró profundamente, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Le pregunté por qué estaba tan deprimido y me respondió que en unas pocas semanas se casaba una de sus hijas. El sastre era muy pobre, y todos sus escasos ingresos eran utilizados para alimentar a su numerosa familia. No podía comprarle un traje de novia a su hija, y ésta estaba muy triste por eso”.
“Un día la hija del sastre entró en el taller y vio que su padre estaba terminando de hacer mi vestido. Creyó que se trataba de su traje de novia, con el que su padre la sorprendería. Pidió probarse el vestido y le quedó perfecto. Estaba desbordante de alegría hasta que su padre le dijo que el vestido no era para ella sino para una clienta. El sastre me contó que entonces la muchacha se deprimió terriblemente, y que ahora hablaba de no querer casarse, y de romper el compromiso”.
“No pude resistir el dolor del sastre”, continuó la esposa del Rebe Zusia,

Entonces le dije que le regalara el vestido a su hija. Después de todo, tú no te divorciarás de mí si no tengo un vestido nuevo, y en lo que respecta a los habitantes del pueblo, ya están acostumbrados a verme en shmates (harapos)”.
El Rebe Zusia no cabía en sí de alegría por el acto de bondad de su esposa. “Gracias a Di-s pudiste superar tus deseos personales, mi querida esposa”, le dijo. “Has hecho una de las mayores mitzvot posibles. Pero dime, ¿pagaste al sastre por su trabajo?”.
“Pagarle?”, exclamó la esposa del Rebe Zusia. ¿Por qué habría de pagarle? ¿No basta con que regale el vestido que he anhelado durante tanto tiempo? ¿Todavía he de pagarle?”.
El Rebe Zusia respondió: “Estoy seguro de que el hombre contaba con este dinero para mantener a su familia. Tú le encargaste un vestido, y cumplió admirablemente con su tarea, tal como se lo pediste. Le debes el dinero por su trabajo. El hecho de que tuvieras el impulso de hacer un acto de bondad y le regalases el vestido para su hija no significa que estés libre de la obligación de pagarle por su trabajo. Los negocios son los negocios, y la tzedaká es la Tzedaká.

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