Terrenalidad y libertad

Cuando un ladrón irrumpe en tu hogar, hay básicamente dos cosas que puedes hacer…


Cuando los jasidím cuentan historias siempre están hablando de sí mismos. El ladrón de esta historia, por supuesto, es el animal que hay en el hombre, las inclinaciones destructivas y egoístas de su corazón.
Las luchas morales de la persona pueden consistir en medidas de escapatoria de toda una vida, una batalla perpetua para ahuyentar al ladrón. O bien, la persona puede empeñarse en civilizar al animal que hay en él, a re-educarlo como un ciudadano constructivo de su corazón.
La enseñanza jasídica explica que ésta no es realmente una elección entre dos alternativas: ambas medidas deben aplicarse. Primero, debemos detener la actividad delictiva del ladrón; sólo entonces podemos proceder a reencaminar sus energías y talentos.
Y si uno todavía no ha dominado las artes de rehabilitar ladrones y sublimar impulsos animales, sus medidas preventivas deben al menos estar permeadas con una visión de, y aspiración hacia, la solución permanente.

Un ciclo dentro de otro
Estas dos opciones/etapas en el refinamiento del propio ser se reflejan en los mandamientos de la Torá respecto de Shemitá y Jovel, los años sabáticos y de jubileo.
En el capítulo 25 de Levítico se nos instruye; “Seis años sembrarás tu campo, y seis años podarás tu viñedo y recogerás su fruto; pero el séptimo año será un shabat de descanso para la tierra, un shabat para Di-s…
Cada séptimo año, todo trabajo de la tierra, deudas monetarias y escriturados términos de servidumbre de los sirvientes han de suspenderse.
El año de Shemitá (“shemita” significa “suspender”) marca un alejamiento de los intereses terrenales, un momento para restablecer las prioridades espirituales de nuestras vidas.
Este ciclo de siete años de involucración y despreocupación de lo material es parte de un ciclo mayor, de 50 años, que culmina en el año de Iovel jubileo: “Y contarás siete años sabáticos, siete veces siete años… un total de cuarenta y nueve años… Santificarás al año 50, y proclamarás libertad a lo largo de la tierra y a todos sus habitantes”.
Como con el séptimo año, en el año 50 se suspendía el trabajo de la tierra. Además, se proclamaba una libertad más extensiva: todos los sirvientes, incluso aquellos que se habían vendido a sí mismos para trabajar “de por vida”, eran puestos en libertad; todas las tierras ancestrales vendidas regresaban a sus propietarios originales1.

Ciclos de corazón
“También el mundo entero El ha puesto en sus corazones” 2.
A nivel individual también existe un ciclo de Shemitá que es parte de un ciclo mayor de jubileo.
En Levítico 23 la Torá instruye: “Y contaréis para vosotros, desde el día siguiente al Shabat, desde el día en que traéis la Ofrenda del Omer [es decir, el segundo día de Pesaj; siete shabatot completos serán: hasta el día siguiente al séptimo shabat contaréis cincuenta días…”.
El quincuagésimo día es Shavuot, la festividad que marca nuestro recibimiento de la Torá en el Monte Sinaí siete semanas y un día después de nuestro éxodo de Egipto.
Con nuestra “Cuenta del Omer” anual, re-experimentamos la travesía espiritual de la generación liberada de Egipto. Al mediodía del primer día de Pesaj nuestros antepasados eran físicamente libres de Egipto; pero más de dos siglos de sometimiento a la sociedad más pagana y degradada de la tierra aún debían ser arrancados de sus almas.
Así, la Torá describe el Éxodo como una “huida” de Egipto (“La nación huyó”3; “abandonaste Egipto con prisa”4): “porque el mal en sus almas todavía conservaba su fortaleza” y aún presentaba una siempre vigente amenaza a su integridad espiritual y moral. En consecuencia su -y nuestro- conteo de 49 días hasta Sinaí.
Como se explica en las enseñanzas de la Cabalá, el alma del hombre incluye siete emociones básicas, cada una de las cuales posee elementos de todas las siete haciendo un total de cuarenta y nueve rasgos y matices de carácter.
En cada “shabat” de su conteo el pueblo judío logró otro plano en su empeño por refinar y perfeccionar sus almas; pero la auténtica libertad del mal interior se produjo únicamente con la absoluta transformación lograda en el quincuagésimo día.
Así, tenemos un ciclo de Shemitá, cuya culminación marca un verdadero hito en la búsqueda de libertad espiritual. Pero éste sólo provoca una suspensión” de las inclinaciones negativas propias; el ladrón es mantenido a raya, pero aún representa una potencial amenaza.
Al mismo tiempo, cada ciclo de Shemitá es parte del ciclo mayor de Iovel que culmina con una “proclama de libertad a lo largo de la tierra” – la libertad del mal, en su sentido más esencial y transformador.

Tres Eras
En ello radica la más profunda significación del hecho que, históricamente, nuestra implementación de las leyes de Semita y Iovel ha variado de era en era. En suma, han habido tres períodos diferentes en cuanto a estos ciclos6.
Según la Torá, el año de jubileo ha de ser proclamado “a lo largo de la tierra y a todos sus habitantes”. Como explica el Talmud, esto significa que las leyes especiales del quincuagésimo año han de entrar en vigencia sólo cuando toda la Tierra de Israel esté poblada por el pueblo judío7.
El único período de nuestra historia en que fue así fue desde el año 2503 desde la Creación (1258 a. de la E. Común) -cuando el pueblo judío, bajo la conducción de Iehoshúa, completó su conquista y radicación en Tierra Santa- hasta que fueron expulsados de ella por los ejércitos de Babilonia 836 años después, con la destrucción del Primer Gran Templo en el año 3339 (422 a. de la E. Común).
Setenta y seis años después, con el regreso parcial de Israel a su tierra bajo la conducción de Ezra (seis años después de la construcción del Segundo Gran Templo) el conteo del Jovel se reanudó, pero esta vez sólo a fin de calcular e implementar el año sabático siete veces en cada período de 50 años. Dado que gran parte de la Tierra Santa (que incluye territorios al este del Jordán) no fue repoblada, y un enorme segmento de la nación judía quedó en exilio, el año de jubileo no podía observarse.
No obstante, se contaba un quincuagésimo año a continuación de cada siete ciclos de Shemitá, “para que los años sabáticos cayeran en su tiempo apropiado”8.
En otras palabras, después del séptimo año sabático en el año 49 del conteo de Ezra, el próximo ciclo de siete años no podía comenzar sino hasta después de proclamarse un año de jubileo teórico; así, el siguiente año sabático tuvo lugar ocho años después, en el año 57, y no siete años más tarde, en el año 56.
Con la destrucción del Segundo Gran Templo a manos de los Romanos en el año 3829 desde la creación (69 a. de la E. Común), el conteo de este Iovel también cesó.
El año sabático continúa siendo observado cada séptimo año (el año 5754 (1994), fue un año de Shemitá); pero porque nos encontramos en un estado de exilio, privados de la Presencia Divina que Se manifestaba en el Gran Templo, carecemos incluso de los “teóricos” jubileos de la era del Segundo Gran Templo. Hoy en día (como fue el caso en el período entre los dos Templos), nuestros ciclos de siete años corren consecutivamente, sin el mojón de Iovel de cada medio siglo.

Proceso, Visión y Apagón Espiritual
Aplicado al “universo en miniatura” que es el hombre, estas tres eras representan tres niveles en su búsqueda de auto-refinamiento y auto-perfección.
El modelo ideal, que definió las vidas de nuestros antepasados antes de la destrucción del Primer Templo, es uno de siete ciclos de Shemitá que producen un quincuagésimo año de jubileo.
En el nivel individual esto significa que las batallas de la persona para “suspender” lo negativo en él (las “shemitas” de su vida) se experimentan como etapas en el proceso de la transformación completa y liberación espiritual de su alma.
La Era del Segundo Gran Templo representó un estado entre exilio y redención. Mientras un gran segmento del pueblo judío vivía en Tierra Santa, muchos de estos 420 años estuvieron bajo el dominio de otras naciones.

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