Los idiomas

¿Alguna vez pensó en los distintos tipos y relevancias que se encuentran en la transmisión de ideas de un ser humano a otro?
Ahhh… los idiomas…

Nuestra sagrada Torá nos fue entregada por Di-s, en “Lashón Hakodesh” (“El idioma sagrado”, el hebreo). A diferencia de los demás idiomas, cuya aparición sobre la faz de la tierra fue posterior, el hebreo fue el primer idioma. Con él creó Di-s al mundo y todo lo que éste contiene. Para crearlo, Di-s no precisó hacer nada más que ….“hablar”!
Dijo: ¡Iehí or!”(”Que sea la luz”) y ésta fue creada. Este mismo “idioma” fue utilizado por Adam Harishón, el primer hombre, y por toda su descendencia, durante siglos, hasta la época de la torre de Babel. Cuando se comenzó a construir dicha torre, el Creador confundió a sus albañiles, mezclando sus idiomas para interrumpir su trabajo. Cuando Moisés entregó la Torá al pueblo de Israel, la explicó en setenta idiomas, para que ésta sea comprensible para todos. Cuando Israel atravesó el río Jordán, previo a su entrada a Israel, escribieron el último de los Cinco libros de Moisés (Deuteronomio—Devarim), sobre doce piedras, en los setenta idiomas. Sin embargo, los judíos siempre la estudiaron en su idioma original, el hebreo.

Los idiomas, sufrieron, gradualmente, cambios, debidos a la influencia de lenguas externas, producto del desarrollo económico, social, político, y un sin fin de causas más. Por ejemplo: El inglés consta, según estudios diversos, de aproximadamente 700.000 palabras. Un conocido profesor hizo leer, cierta vez, un fragmento en Inglés. De cada dos palabras, una provenía de otro idioma, y ¡en todo el fragmento había palabras de 21 idiomas diferentes!
Originalmente, los idiomas se dividen en tres ramificaciones:
Las semitas: El hebreo o Lashón Hakodesh, el Sidonita (de Sidón), el árabe y el arameo. Estos son los idiomas más antiguos y su origen es común.
Los yemitas: el antiguo egipcio, el chino, y algunos idiomas africanos.
Los Indo-europeos: el inglés, alemán, escandinavo, los idiomas eslavos (ruso, etc,) y el indio.
Se nota fácilmente que esta división parte de los tres hijos de Noaj (Noé) que se llamaban Shem (de ahí semitas), Jam (de ahí Yamitas) y Yafet.
Esta investigación sobre las lenguas e idiomas, nos conduce ante una de las más extraordinarias maravillas de la creación: el hombre.
Sólo él tiene el privilegio de hablar, de ahí su denominación como “medaber” (“que habla”)
En la Torá el mundo se divide en cuatro reinos y no, como se hace habitualmente, en tres. “Domem” (el reino inerte), que comprende la tierra, las piedras, los minerales, etc. “Tzomeaj” (creciente), refiriéndose al reino vegetal. “Jai” (vivo), el reino animal, y, finalmente, “medaber”, el ser humano. Hay muchas criaturas “inteligentes” a quienes el Creador concedió dones especiales para conducir su propia existencia.

La hormiga, por ejemplo, tiene una construcción social y un orden de vida fuera de lo común. Tiene sus propios ejércitos, pastores, etc. Las aves, construyen solas sus hogares y saben orientarse perfectamente para volver a ellos, desde las distancias más lejanas; a algunos es hasta posible “enseñarles” a bailar y hacer piruetas, como el oso, o hasta decir alguna palabra como al loro, pero no por ello dejan de ser siempre seres “mudos”.
Y aquí es donde radica la diferencia fundamental entre la persona y los demás seres de la Creación.
El Talmud, en el Tratado de Kidushin, expresa que el hombre debe saber,(y por supuesto llevar ese conocimiento a la práctica) que todo el mundo fue creado tan solo para servirle, y el hombre fue creado sólo para servir a su Creador. Por ello, la Creación toda precede al hombre. Cuando él fue creado se encontró frente a un mundo completo, con todos los elementos que pudiera necesitar, tal como un Rey invita a su súbdito, y lo recibe con la mesa tendida.
Para que el hombre pueda llevar a la práctica su cometido, fue divinamente agraciado con un cerebro y el don del habla.
¿Cuál es la finalidad del hombre? Ennoblecer al mundo y lograr que éste se conduzca sobre las bases Divinas de rectitud, hermandad y justicia, según las leyes que el mismo Creador entregó a Su pueblo, contenidas en la Torá.
No sólo el pueblo judío recibió mandamientos (Mitzvot) de Di-s, sino que ya a los hijos de Noaj, la humanidad toda, les entregó siete preceptos, bases fundamentales, para el logro de este cometido. Estos son: 1- La prohibición de la idolatría (o sea que sirvan a Un Unico Di-s), 2- No derramar sangre (asesinato), 3- I.a prohibición de cometer adulterio (o sea llevar una vida moral sana) 4- El deber de juzgar (o sea justicia equitativa), 5- La prohibición de comer carne de un animal vivo, 6- La prohibición de robar y 7- La prohibición de maldecir a Di-s.
A nosotros, los hijos de Israel, nos ordenó Di-s otras seiscientos seis Mitzvot más, lo que hace un total de 613.

Entre éstas hay muchas que están ligadas estrechamente al poder del habla. Estudiar la Torá, decir las Tefilot (oraciones), la prohibición de calumniar, el chisme, no jurar en vano ni en falso, no dar malos consejos, etc.
Pero cuando utilizamos este magnífico regalo del Creador, en una forma indigna, nos colocamos en una posición inferior a los animales.
Ellos no mienten, ni dicen calumnias ni juran en vano.
Por último, un ejemplo muy acertado de nuestros Jajamim (sabios) que dicen: La lengua se parece al mar. Así como el mar se eleva a grandes alturas y puede provocar inmensas tragedias. Así también la lengua puede hacer precipitar la destrucción de países, del mundo entero.
Cuando la persona se ocupa de cosas vanas y falsas, pierde su preciado e irrecuperable tiempo. Hablando de cosas pasajeras provoca una pérdida imposible de reponer. En cambio, cuando utiliza la lengua para temas con contenido y en especial, si están relacionados con nuestra sagrada Torá, el “árbol de la vida”, ésta se llena de vida real y provechosa. Si con el habla impone paz entre un ser humano y su semejante, éste lo conduce a una vida dichosa, una vida eterna.

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