La continuidad del judaísmo

“Un judío hoy es quien tiene nietos judíos”. Por supuesto, la definición es sólo metafórica…

“Un judío hoy”, escribió alguien, es quien tiene nietos judíos”. Las palabras pican, quizás más que otras en nuestros dolorosos debates sobre la identidad judía.
Por supuesto, la definición es sólo metafórica. Algunos judíos están incapacitados, desde el punto de vista biológico de tener niños; otros han elegido no tenerlos. Muchos se han casado fuera de la grey mosaica; otros no están casados por elección, o por destino. Y muchos prefieren ahora, abiertamente, relaciones con miembros de su propio sexo. Raro es, de hecho, el judío que hoy puede albergar la certeza de tener nietos judíos.
No es novedad alguna que los “estilos alternos de vida”, la asimilación, los desafíos a la autoridad judía tradicional y los cambios demográficos han desolado en su conjunto a la familia judía. Ahora uno oye el argumento de que el énfasis judío tradicional en la familia es obsoleto porque excluye de la vida judía a un número significativo de judíos. Algunas feministas afirman que el núcleo familiar tradicional es una institución patriarcal y represiva cuya ideología ha ayudado a excluir a las mujeres de la participación plena en la vida institucional judía.
Los homosexuales reclaman la validación de su estilo de vida .Los solteros frecuentemente se sienten heridos y condescendidos por una comunidad que los ve como insatisfechos y adultos no plenos mientras sigan sin casarse.
El otro lado argumenta que la familia es el fundamento de la vida judía y el garante de la supervivencia judía; que el primer precepto es “sed fructíferos y multiplicáos”; y que los ataques a la familia judía no emanan de una profundidad de auténtico compromiso y comprensión judíos sino de una ética demasiado occidental de autogratificación y narcisismo. Ser judío no es algo a definirse por cualquier cosa que haga sentir a uno bien y justificado. Los estilos de vida de los judíos no deberían determinar el estilo judío de vida.
Mi objetivo aquí no es enfrascarme directamente en la óptica judía acerca de la homosexualidad (a la que la Torá se opone), en los desafíos del feminismo, o en los problemas de los solteros en la comunidad judía. Pero estas preguntas han despertado en mí una pregunta subyacente más profunda: Más allá de todo el palabrerío usual, ¿por qué es tan importante la familia en el judaísmo?
Definir a un judío como alguien que tiene nietos judíos —con toda su ironía— me llega como algo conceptualmente profundo. Define al judío en términos de familia — pero no de familia inmediata. Valida no solamente la autorreproducción biológica, sino una continuidad espiritual más allá de lo inmediato y a través del tiempo. El judío no se define por cuán judío él o ella pueden “sentirse”, por cuántas mitzvot (preceptos) pueden cumplir, o por cuánto dinero aportan a las causas de la comunidad, sino por su capacidad de encarnar (literalmente, en hijos) y transmitir judaísmo con tanta vitalidad que esos hijos escogen seguir siendo judíos y pueden, a su vez, pasar esa chispa a sus propios hijos.
“Tres es una jazaká (certeza)”, dice la tradición judía. En otras palabras, sólo cuando algo se ha repetido tres veces, tiene el elemento de certeza, de durabilidad; uno puede confiar en su estabilidad. Los nietos son la tercera generación; confirman el judaísmo de la primera. La transmisión requiere una próxima generación biológica, pero eso no basta; la biología es modelada por la espiritualidad, el ser es impelido hacia el otro, la ceguera del presente hacia una visión del futuro.
Esto no pretende argumentar que la simple supervivencia es todo lo que implica ser judío. Que sólo de eso se trata. No obstante, más allá de todas las razones obvias para nuestro énfasis contemporáneo en la “supervivencia” (la aniquilación de la población judía durante el Holocausto, las continuas amenazas a Israel, la declinante tasa de natalidad y el matrimonio mixto), el judaísmo parece peculiarmente obsesionado con este tema y con la idea de familia desde el principio. ¿Por qué?

Interés de Nuestro Di-s con la Historia

El Libro de Génesis, por ejemplo, es un libro por entero sobre familias, esposas estériles, rivalidades de hermanos, destrucciones por diluvio y fuego — amenazas constantes al proceso de transmisión y continuidad. Estos temas se narran en parte para desmitificar a la naturaleza como una fuerza controladora autónoma y acentuar la idea, entonces revolucionaria, de que un Di-s Unico ejerce el control de ambos, naturaleza e historia.
Y la historia es significativa en el pensamiento judío precisamente porque Di-s se involucra pasionalmente en ella, y no de un modo estático, sin emociones y histórico como el dios de los griegos. Así como Di-s, el modelo máximo, Se involucra intensamente con las reyertas de familias desde Caín y Abel hasta los conflictos entre la familia de naciones, así también se involucran hondamente —de hecho, se definen— las heroínas y héroes bíblicos por los problemas de sus propias familias. Las familias son el gran escenario de la pugna espiritual; tanto entonces como ahora, son los paradigmas de la conexión íntima y la ambivalencia intensa. A diferencia de los héroes griegos, los héroes bíblicos no logran identidad y gloria en el combate solitario lejos de sus familias; sus problemas son hondamente domésticos.
No es accidente alguno que la prueba crítica de Abraham fuera precisamente la ordenanza de sacrificar a su hijo… y no ser tentado en el desierto o tener que sacrificarse a sí mismo. Pues el hijo no era suyo solamente, y la crisis no era sólo personal; era colectiva. El llamado a Abraham era para que se volviera una gran nación; no se trataba un pacto privado con una única persona. El judaísmo, a diferencia de otras religiones, no aboga ni promete “salvación” a los individuos. El pacto no se hizo con Avraham solamente, sino con todos sus descendientes, la familia que habría de desarrollarse en la nación que Moshé condujo a Sinaí. Y la revelación Divina en Sinaí, nuevamente, fue colectiva, a todo un pueblo, no a individuos.
¿Es esta obsesión con la familia un resabio de tribalismos primitivos? ¿Es el foco en la supervivencia un resultado de la mentalidad de desierto y las tribulaciones del exilio? ¿Y qué tiene todo esto que ver con nuestra necesidad moderna de individualismo y autodefinición?
La familia es central en el judaísmo, creo, porque es central a las ideas judías de Di-s, la Creación, el pacto, y la historia. La familia biológica nos recuerda que nosotros, como el mundo, somos creados; no somos inevitables, necesariamente autónomos. Somos un efecto del deseo de un otro y, en el mejor de los casos, el deseo de alguien de dar a otro. Tenemos una historia. La creación del mundo, también, es un algo a partir de la nada, un acto de fe y esperanza.
Rehusarse a dar a luz a la generación siguiente es rehusarse a continuar la creación de Di-s, y por lo tanto también es rehusarse a vivir en la historia, y así también es negar el pacto. Porque el pacto es colectivo e histórico. La Torá es una guía y herencia para un pueblo que habría de viajar no apenas en el espacio a la Tierra Prometida, sino en el tiempo, a través de las turbulencias de la historia. La historia — el alboroto físico de este mundo, sus pasiones, sus tentaciones. “La Torá”, como dice el libro de Deuteronomio en un pasaje famoso, “no está en el Cielo”.
“Cada descenso”, dicen los místicos judíos, “es con el objeto de un ascenso”. El descenso del alma al incoherente mundo físico, las andanzas de la gente a través del curso de la historia, permiten un gran florecimiento espiritual, y así es que el Talmud comparó al pueblo judío con la aceituna: sólo cuando es prensada, rinde su aceite.
Este mundo, relaciones humanas diarias, son la escena de la acción Divina, tanto por Di-s como por Israel. El mundo no es una alegoría; la espiritualidad no está en alguna otra parte. El judío está abocado a santificar este mundo físico y tiempo histórico mundano. Es por eso que la memoria es tan importante para los judíos.

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