El control demográfico: perspectiva judía

El incremento de la población mundial es uno de los problemas básicos de nuestro tiempo…

El “problema demográfico” o, como lo denomina la prensa lega, la “explosión demográfica”, ha sido objeto de la atención de los más destacados representantes de las esferas de la medicina, la economía, la ley y la religión. Aparecen con irritante insistencia informes sobre decisiones autorizadas que reflejan las perspectivas católica, protestante y judía. Este trabajo ha sido preparado en primer término con el objeto de resumir y clarificar la opinión de la Torá respecto del problema demográfico, y en segundo término como expresión de protesta en contra de aquellos que se erigieron en portavoces del pueblo judío en relación con este tema tan complejo y delicado.
La comunidad ortodoxa es castigada doblemente al no expresar-se claramente en relación con los grandes temas de la actualidad. Las verdades de nuestra Torá permanecen ocultas cómo directrices para nuestro pueblo, y muchas personas que deberían quedarse calladas se hacen pasar por profetas del judaísmo. Una profecía es válida cuando hay coincidencia absoluta entre el mensaje profético y la profecía de Moisés: nuestras enseñanzas de la Torá. Sobre la base de este criterio, llegamos a la conclusión de que el tema del control demográfico ha atraído un número desproporcionado de falsos profetas cuyas enseñanzas debilitan, en lugar de favorecer, los corazones de nuestro pueblo.

Los recientes adelantos en la esfera de la lucha contra las enfermedades han dado nuevo impulso a la reiterada pesadilla maltuciana de que la población mundial sobrepasa las posibilidades alimentarias del mundo. A menos que se tomen enérgicas medidas para corregir el desequilibrio de una tasa de mortalidad en disminución, sumada a una tasa de nacimientos en crecimiento, la humanidad se en-camina irrevocablemente hacia un hambre generalizado y catastrófico.
En las numerosas publicaciones presentadas al público lego, las matemáticas básicas de la pesadilla maltuciana no han sido puestas en tela de juicio. Desde la perspectiva histórica, las proyecciones de Malthus resultaron ser totalmente inexactas. Este no tuvo en cuenta los adelantos científicos y tecnológicos que han permitido mantener el aumento de la producción de alimentos a un nivel mayor que el del crecimiento demográfico. De hecho, en la Conferencia Mundial sobre Población, organizada con los auspicios de las Naciones Unidas en septiembre de 1965, muchos expresaron la opinión de que: “no había un problema de tasas de crecimiento excesivas en las zonas no desarrolladas y, en consecuencia, no se requería la adopción de medidas públicas o privadas’.
En un reciente simposio no hubo unanimidad en el sentido de que el mundo hace frente a una elección entre el control de la natalidad o el hambre generalizado. Muchas personas sostuvieron que “pese a las presiones impuestas a nuestra reserva de alimentos por la explosión demográfica sin precedentes, podemos alimentar bien a todos”2.

El conflicto entre la ciencia y la religión estaba antes limitado a la cuestión de la autenticidad de la Torá. En el siglo XIX el desafío de la Torá procedía de los evolucionistas. En nuestra época se destaca la metodología de las ciencias naturales. El desafío a los valores de la Torá nace de la afirmación de que los métodos de las ciencias naturales constituyen el único acceso confiable para el hombre al conocimiento de la realidad.
Aquellos que han leído las cutas personales de Charles Darwin saben que éste perdió primero la fe en Di-s como Juez y Soberano y luego Lo rechazó como Creador. De los trabajos de muchas de las figuras destacadas en la esfera del problema demográfico se desprende la convicción de que la refutación darwiniana de Di-s, el Creador, nos obliga a hacerlo a un lado como fuerza activa en los asuntos de la humanidad. En el sentido halájico, si el Di-s del Shabat no existe, el Di-s del Exodo tampoco existe.
¡Esta no es la opinión de la Torá! La dirección de la población mundial es privativa de Di-s3. La insistencia en que Di-s se equivocó al no comprender la certeza matemática de una población en crecimiento geométrico que sobrepasa los aumentos aritméticos de las reservas alimentarias, no es sino otra manifestación de la teología de blasfemia que actualmente está de moda. Inherente a nuestro concepto de un Di-s Personal está la filosofía expresada en el versículo del Salmo 145 en el que Di-s es alabado por proveer de sustento a todas Sus criaturas. La reserva de alimentos y la población mundial son esferas de interés Divino.
Sin embargo, el hombre ha sido beneficiado mediante una participación secundaria en la dirección de este mundo. Imbuído de la chispa de la Inteligencia Divina, se permite, e incluso se exige, al hombre, usar su derecho de participación para reglamentar sus propios asuntos, a condición de que no viole las reglas de la relación entre Di-s y el hombre que se formulan en la Torá. ¿Qué sucede si las proyecciones actuales resultan ser más exactas que las formuladas por Malthus? Se nos dijo que al actual ritmo del crecimiento de la población mundial en unos años se necesitarán trescientos millones de toneladas más de creal por año. ¡Esto es más cereal que el que actualmente produce toda América del Norte! ¿Qué directrices se han formulado para nuestra instrucción en esta situación aún hipotética?
El judío como ciudadano del mundo está personalmente interesado en el problema del hambre en la India y la China. Sin embargo, las leyes Noajídicas que son Torá (vocablo proveniente de horaá —instrucción) para toda la humanidad, exigen una secuencia de acciones adecuada. Antes de que un judío pueda apoyar las clínicas de control de la natalidad en las zonas superpobladas del mundo, debe insistir en que se desplieguen esfuerzos denodados para utilizar plenamente el potencial agrícola del mundo. Esto supone la aplicación de la tecnología agrícola moderna en todo el mundo, así como una distribución más eficaz y más responsable moralmente de los excedentes de alimentos. Es absurdo sostener que un indio permitirá que se lo esterilice quirúrgicamente, se haga abortar a su mujer, o se implante en ella una abrazadera plástica, un arco o espiral, al tiempo que éste se niega obstinadamente a utilizar mejor semilla de cereal, a agregar fertilizantes químicos a su tierra o a modificar su modalidad de arar a fin de reducir a un mínimo la pérdida de agua.

Es igualmente inconcebible que se insista en que la logística de la distribución de alimentos a nivel mundial presenta obstáculos insuperables. Una nación que puede transportar los hombres y el material necesario para librar una guerra moderna en Corea y Vietnam puede, con eficiencia y diligencia, superar todos los obstáculos que impidan la distribución de alimentos. Indudablemente tenemos suficiente motivación. ¿Es más inmoral permitir que una familia pierda su libertad política o permanecer pasivo cuando ésta pierde su libertad personal de tener hijos? En el simposio anteriormente mencionado2, un destacado profesor de Ciencias Políticas presentó valerosamente un pronóstico según el cual el concepto de la integridad y la dignidad de la persona, de quien dependen todos los principios democráticos quedaría inequívocamente condenada a desaparecer. Este predijo: “Inevitablemente se producirán cambios en nuestros hábitos más íntimos y nuestros modos de vida. No basta con tener una píldora. La gente debe estar dispuesta a tomarla, en muchos casos no simplemente para impedir el nacimiento de hijos no deseados, sino incluso para impedir el nacimiento de hijos profundamente deseados, e incluso anhelados. Tal vez no falte mucho para que algunas sociedades, por lo menos, se vean obligadas por circunstancias inexorables a ejercer una extraordinaria invasión de la intimidad humana: la limitación de los nacimientos por ordenanza legal, con severos castigos por infracción”.

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