De las profundidades del corazón

El Baal Shem Tov sentía un profundo amor por todos los judíos. Jóvenes y ancianos, estudiosos e iletrados…


Rabi Israel invitaba a gente pobre y simple a comer en su mesa para Shabat y las Festividades. Sus alumnos más eruditos- que también estaban presentes- no podían entender por qué el Baal Shem Tov daba tanta atención a los ignorantes.
Sabiendo cómo se sentían, el Baal Shem Tov les dijo: “¿Ustedes se sorprenden por la atención que presto a las personas simples? Es verdad que no han estudiado tanto como ustedes; algunos de ellos no saben el significado de las oraciones que recitan cada día. Pero sus corazones son de oro. Ellos aman a la humanidad y a todas las criaturas de Di-s. Son humildes y honrados. ¡Cómo los envidio!”
Los estudiantes escuchaban a su maestro y no podían creer lo que oían. El Baal Shem Tov los miró seriamente y dijo: “Les mostraré que no he exagerado.”

Durante la tercer comida del Shabat, era la costumbre del Baal Shem Tov enseñar los secretos más profundos de la Torá a sus discípulos. La gente simple, que no podía entender los misterios de la Torá, entraba en un cuarto contiguo dónde recitaba los Salmos del Rey David como mejor podía.
En esta ocasión, el Baal Shem Tov cerró sus ojos, poniéndose profundamente absorto. De repente su cara se iluminó con gran alegría. Cuando abrió sus ojos, todos sus discípulos pudieron sentir su felicidad. El Baal Shem Tov se volvió al estudiante sentado a su derecha. “Coloca tu mano derecha sobre el hombro de tu vecino”. Y pidió al próximo hacer lo mismo, y al próximo, hasta que todos formaron una cadena. Entonces les indicó que cantaran una melodía que sólo entonaban en las ocasiones más solemnes. “¡Canten como nunca hayan cantado antes!” los instruyó. Cuando cantaron, sentían en sus corazones que se elevaban más y más.
Cuando terminaron de cantar, el Baal Shem Tov completó el círculo poniendo sus manos en los hombros de los estudiantes a su lado. “Cierren vuestros ojos y concéntrese” les dijo.
De repente los discípulos oyeron canciones, melodías entrelazadas con súplicas conmovedoras, referentes al alma. Una voz cantó: “¡Oh!, Amo del Mundo… ” Los refranes de Di-s son puros… Otro cantó “Taierer Tate (Estimado Padre)… ” Pruébame, Di-s, purifica mi corazón. ” Un tercero introdujo su versículo con un lamento espontáneo, “hartziguer Tate (Padre compasivo); Un cuarto exclamó, “Oy, ziser gevald Foter in himel (Él más dulce Padre en el Cielo)…”
Los discípulos que oyeron estas canciones de los Salmos temblaban. Sus ojos estaban cerrados pero lágrimas rodaban por sus mejillas; las melodías sacudieron sus corazones. Cada uno de los discípulos deseó fervorosamente que Di-s lo ayudara a poder servirlo de esa manera.

El círculo de discípulos que se había unido con el Baal Shem Tov en esta excursión espiritual estaba fascinado. Perdieron todo sentido del tiempo y lugar; lágrimas fluyeron de sus ojos cerrados y sus corazones estaban llenos de éxtasis.

De repente, el cantar se detuvo, pues su maestro había quitado sus brazos y había y roto la cadena. Un instantáneo silencio cayó sobre el grupo. El Baal Shem Tov cayó entonces en una meditación profunda durante un tiempo prolongado y luego dijo: “Las canciones que oyeron eran las melodías de los judíos simples que dicen los Salmos con sinceridad, de la profundidad del corazón y con fe.
El Baal Shem Tov explicó cuánto Di-s disfruta escuchando los Salmos, sobre todo cuando vienen de los puros corazones de las personas simples, honradas y humildes.
“¡Estuvieron escuchando brevemente los Salmos recitados por los iehudim simples que se hallan en el cuarto contiguo, como los ángeles en el cielo los oyen!”

Después, el Maguid de Mezrich que había estado presente, dijo a su discípulo, Rabi Shneur Zalman de Liadi: “Mi alma casi salía de mi cuerpo. Sentí semejante anhelo de unirme a Di-s, como nunca antes había sentido.
Mis botas se empaparon con lágrimas de arrepentimiento que surgían de las profundidades del corazón.”

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