Tres enseñanzas

Aprendiendo Torá… El Zorro y el viñedo… El elixir de la vida… Tres simpáticos relatos plenos de significado

*Seguramente habrán oído hablar sobre los dos grandes sabios de Israel, Hilel y Shamai. Mientras que Shamai era, por naturaleza, muy precipitado, Hilel tenía mucha paciencia!Muchos años después, vivieron otros dos grandes Sabios, Rav y Shmuel; cuyas características eran muy similares a las de los mencionados Sabios. Rav tenía un carácter similar al de Shamai, en cuanto Shmuel era idéntico a Hilel en lo que a paciencia se refiere.
Cierto día, un persa se acercó a Rav y le dijo:
-Si me enseñas el ABC de tu Torá, aceptaré con gusto tu fe.
Rav tomó un rollo de la Torá en sus manos, lo abrió , y mostrándole la letra Alef, le dijo; -Di Alef.
-Y quién me asegura que esta letra es realmente una Alef -replicó el Persa – Quizás tú me estás mintiendo…-Rav no prestó atención a las incisivas palabras del Persa y continuó con su “lección”. Mostrándole una Bet le dijo: -Di Bet.
Nuevamente, el Persa repitió obstinadamente su pregunta anterior, esta vez respecto a la letra Bet:
- ¿Por qué he de creerte que esta letra es una Bet? ¿Y si me mientes?
La obstinación del persa colmó la paciencia de Rav, y éste cerrando el rollo que tenía delante suyo le dijo:
-Así nunca llegarás a estudiar la Torá. Vete y no vuelvas más.

El Persa fue entonces a visitar a Shmuel.
Cuando estuvo frente a él le dijo:
-Enséname tu Torá para que pueda abrazar vuestra fe.
Shmuel, al igual que Rav, tomó en sus manos un rollo de la Torá, dispuesto a ensenarle el abecedario hebreo.
-Esta es una Alef. Di Alef.
Nuevamente el Persa argumentó a las palabras de Shmuel, tal como lo había hecho con Rav:
- ¿Quién me dice que esta letra que tu llamas Alef, es realmente una Alef?
No le hizo caso Shmuel, y continuó con la próxima letra.
-Esta es una Bet. Di Bet.
- ¿Cómo puedo creerte que esta es una Bet? ¿Puedes demostrármelo?
Shmuel no se inmutó. Tranquilamente se aproximó más al Persa y lo tomó por la oreja. Dándole un fuerte tirón.
-El persa gritó de dolor:
- ¡Mi oreja! ¡Mi oreja!
Tranquilo, Shmuel le preguntó:
-Quién puede atestiguar de que en realidad se trata de tu oreja?
Vamos, cualquiera puede, sin dificultad alguna, ver que se trata de mi oreja -objetó el Persa.

-En ese caso -replicó Shmuel- lo mismo se aplica a nuestro caso. Cualquiera que conozca la Torá, puede ver que ésta es una Alef y ésta otra es una Bet. Si no quieres creerme, pregunta a cualquiera que estudia la Torá y él te asegurará de que te estoy diciendo la verdad.El Persa se convenció de que lo que Shmuel le decía era la verdad, tomó dedicadamente sus “lecciones” y paulatinamente se convirtió en un judío bueno y devoto.

*Un día, un zorro pasó junto a un viñedo rodeado por un grueso muro de piedra.
El viñedo presentaba una apariencia realmente tentadora. Lástima que la pared que lo rodeaba era tan alta.
Caminó alrededor del muro, buscando un pasadizo hasta que encontró uno que le pareció apropiado. Trató de hacer pasar su cuerpo por el hueco, pero era en vano. Este era demasiado chico. O mejor dicho, el zorro era demasiado gordo.
Trató y trató, pero sus esfuerzos no dieron resultado. Estaba decidido a entrar, y a lograrlo a cualquier precio.
Finalmente se le ocurrió lo que podía ser la única solución. Tendría que ayunar hasta que fuera lo suficientemente delgado como para hacer pasar su cuerpo por el minúsculo orificio.
Ayunó un día, pero aún no podía pasar. Ayunó un segundo día, pero continuaba demasiado gordo. Ayunó un tercer día y. . . por fin, podía pasar. Con un poco de esfuerzo, se arrastró por el orificio hasta que logró salir por el otro lado. ¡Ya estaba adentro!
La boca se le hacía agua y los ojos le brillaban al ver los jugosos racimos que colgaban, esperando que él, el “Señor” Zorro se sentara para devorarlos, sin que nadie pudiera detenerlo, hasta saciarse.
Comió, comió y comió, sin pensar en cómo haría para salir.
Cuando hubo comido bastante y decidió que era hora de marcharse, se dio cuenta de que no podía pasar por el agujero.
Bueno, no había otra salida que repetir nuevamente el ayuno.
Así, el glotón zorro se vio obligado a ayunar, hasta que su cuerpo quedó lo suficientemente delgado como para salir, y recuperar su libertad.
Cuando hubo salido del viñedo, se dio vuelta y volviendo la mirada, dijo:
- ¡Oh hermoso viñedo, con tus magníficos árboles y tentadores frutos! ¡Qué agradable eres de mirar y que tentador eres para los ojos! Pero, ¿de qué me Sirves? Yo estaba tan hambriento cuando llegué hasta ti, y ahora me voy, más flaco y hambriento.
-Del mismo modo -dijo el Sabio Rey Salomón- todos llegan al mundo desprovistos de todo. No traen nada consigo. Así vuelve el hombre, después de morir, al Creador. No puede llevar nada de lo que haya adquirido y acumulado durante su existencia. Debe regresar sin nada, tal como llegó.
Lo único que sí lleva consigo cuando regresa son Sus buenas acciones y su devoción.
*Cierto vendedor ambulante, andando por las calles y mercados de la ciudad, llevaba una bolsa sobre su hombro, al tiempo que gritaba:
- ¿Quién quiere comprar el Elixir de la Vida? ¡Vengan a comprar esta maravillosa medicina que otorga nueva vida a quien la utiliza!
Rabí Ianai escuchó las palabras del vendedor y se le acercó:
-Por favor, véndeme un poco de tu fabuloso elixir.
Cuando el vendedor reconoció a su ilustre cliente le dijo, algo confuso:
-Perdón Rabí, pero no es para gente como usted que correteo mis productos. Por favor, no insista en que le venda nada.
Rabí Ianai insistió:
-No me moveré de este lugar hasta que me vendas tu “Elixir de la vida”!
El vendedor notó que no tenía escapatoria alguna, y extrajo de su bolsa un libro de los Salmos, citando los siguientes pasajes:
-”Venid, hijos, y acudid a Mí, pues os ensenaré a temer a Di-s:. ¿Qué hombre desea y ama la vida para llegar a ver el bien? Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar con falsedad. Aléjate del mal y haz el bien. Busca la paz y persíguela”

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