Techar: cuerpo… y alma

…“Cualquiera que caiga de mi tejado ciertamente ya tiene destinado dañarse de todos modos. ¿No está todo preordenado desde el Cielo? Seguramente merecía todo lo que le sucedióAsí que, ¿por qué molestarme en construir una cerca?”…

Cuando edifiques una nueva casa, construirás una cerca a tu tejado; no sea que pongas sangre sobre tu hogar, si aquel que está cayendo caiga de él.
— Deuteronomio 21.8

¿Por qué la curiosa redacción de “si aquel que está cayendo caiga de él?” ¿La Torá no podía haber declarado simplemente “por si alguna persona ha de caer del techo?”
Rashi explica: La persona podría argumentar: “Cualquiera que caiga de mi tejado ciertamente ya tiene destinado dañarse de todos modos. ¿No está todo preordenado desde el Cielo? Seguramente merecía todo lo que le sucedió. Así que, ¿por qué molestarme en construir una cerca?”
Dice la Torá: Es cierto. Cualquiera que cae de tu tejado ya ha sido marcado como un individuo “cayendo”. Pero ese es su problema, involucrando su cuenta privada con Di-s. Tu tarea es asegurar que no haya sangre en tus manos, que no sirvas como instrumento de su caída.

…y alma

Espiritualmente hablando, también es obligatorio que uno “cerque su tejado”. Cuando la persona construye un edificio de erudición y logro, siempre existe el riesgo de que su “tejado” se alce demasiado, que su orgullo por sus logros se apodere de lo mejor de él. Por lo tanto, debe hacer todo lo que está en su poder para contener su ego, impedir el desarrollo de sentimientos de superioridad e importancia personal.
La ordenanza de erigir un parapeto se aplica no solamente al hogar convencional; como señala el Midrash, también al sitio más sagrado sobre la tierra, el Gran Templo de Jerusalén, se le requería por ley de la Torá tener cercado su tejado. No solamente los logros materiales de uno deben resguardarse del efecto nocivo del orgullo; también los empeños más piadosos y excelsos pueden abastecer a la persona de arrogancia, a menos que el hombre adhiera firmemente a las directivas y los parámetros apropiados.

El orgullo no solamente es nocivo para la propia integridad; también es pernicioso respecto de las responsabilidades que uno tiene hacia otros. La erudición y progreso personal jamás deben ser meros fines en sí mismos. Es menester compartir los logros con sus semejantes. Pero todo intento de educar y enseñar al semejante debe mantenerse puro del más tenue rastro de arrogancia: en el instante en que los demás perciban que te consideras mejor que ellos, dejarán de prestar atención a tu ejemplo y enseñanza. Y si tu tejado “alzado” repele siquiera a una única alma impidiéndole emular tus características positivas, su sangre espiritual está en tus manos.
También aquí la persona podría argumentar: “Quienquiera rechaza el mensaje a causa de las imperfecciones del mensajero, ya es de todos modos un caso espiritualmente perdido. ¿No han dicho acaso nuestros Sabios: ‘Acepta la verdad, no importa quién la exprese?’ Si alguien pierde su inspiración a causa de mi personalidad, ese es su problema
Dice la Torá: La estatura espiritual de tu semejante, sus concepciones erróneas — nada de eso es tu problema. Tu responsabilidad es hacer todo lo que puedas para mejorarlo, para alzar también a “aquel que está cayendo”. Si tu ego resulta un obstáculo, ese es tu problema. Lucha con él, restríngelo, y conquístalo.
Basado en Sijot del Rebe

Extraído de El Rebe Enseña de Editorial Lubavitch Sudamericana

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