Ruidos

El Kohén Gadol representa a la totalidad de Israel, incluyendo a aquellos cuya conexión con Di-s sigue siendo un ruidoso reto..

Y harás la toga [sacerdotal] totalmente de lana azul… Y pon sobre su dobladillo granadas de lana azul, púrpura y escarlata, y campanillas de oro entre [o: dentro de] todo su entorno… Y estará sobre Aharón cuando sirva. Y su sonido se oirá cuando ingresa al Santo ante Di-s… no sea que muera.
— Éxodo 28:31-35

Un hombre rico invitó cierta vez a un pordiosero a compartir su comida.
El anfitrión se sentó serenamente en su silla e introdujo su servilleta de lino bajo su mentón.
El invitado, encontrando su cuerpo sostenido por la lujosa seda en lugar del usual rígido banco, dejó escapar un suspiro de placer sorprendido; con mucha bulla y chirridos se internó en la silla, decidido a hacer justicia a la opulenta oportunidad.
La sopa llegó y prosiguió su camino casual por la garganta del rico.
Del otro lado de la mesa, un ataque frontal a pleno era lanzado contra la delicada sopera de porcelana; la pesada cuchara de plata tintineó y arrebató, llevando cada dorada y preciosa gota humeante a una boca audiblemente ávida.
El siguiente ataque a la fuente de filete no fue menos apasionado.
Mientras el adinerado hombre ingería silenciosamente sus bien cortados bocadillos de carne, su compañero de cena, hecho un remolino de ruidosos cuchillos y mandíbulas crujientes, lanzaba admirados y sucesivos ‘~oh!’ y ‘jah!’ todo el tiempo de su festejo.
En la cocina, el cocinero comentó al cantinero: “¡Por fin un hombre que aprecia la refinada cuisine! El patrón puede ser indiferente a las cosas finas de la vida, pero su invitado… ¡Qué pasión! ¡Cuán metido está, qué veneración a la calidad! ¡Este es un hombre con sentido de lo sublime…!”
“Te equivocas”, le dijo el cantinero. “En verdad, lo cierto es todo lo contrario. La serenidad del hombre rico indica la profundidad de su involucración con su cena, mientras que la ruidosa excitación del pobre sólo resalta cuán ajeno le es todo esto. Para el rico, el lujo es la esencia misma de la vida; de modo que él no exclama por ello más que lo que tú saltas de alegría por encontrarte vivo a la mañana. Pero para el pobre, ésta es una experiencia de otro mundo; para él, la vida no es más que una patata hervida. Todo ese ruido que oyes es la fricción entre su personalidad habitual y la consentida, “traga-comida”, que intenta asumir’’.

El ruido es el sonido de la resistencia.
Considérense los sonidos emitidos por un tronco ardiendo, una pila de paja quemándose, y una lámpara de aceite encendida.
En cada caso, la materia sucumbe a la energía encerrada en su interior.
El tronco ofrece la mayor resistencia, expresando su reluctancia por separarse de su forma exterior con un ruidoso crujido y explosiones súbitas.
La paja, no tan física como el burdo tronco, protesta con un cuchicheado siseo. Y el aceite en la lámpara, la substancia más fina de las tres, arde silenciosamente, soltando libremente la esencia que guarda en su interior.
Así, el Profeta Elías experimentó la inmanencia de Di-s como “una pequeña queda voz”. En su personalidad refinada, la materialidad del cuerpo no se resistió a la espiritualidad del alma; de modo que la realidad Divina no fue percibida en medio de una tormenta que quebranta las normas, sino con la misma manera tranquila con que la persona es consciente de la vida que hay dentro de ella.
Y con todo, a Aharón se le ordenó vestir una toga con campanillas cosidas en su dobladillo, de modo que “su sonido se oiga cuando ingresa al Santo ante Di-s”.

Pues el Kohén Gadol (Sumo Sacerdote) representa en su servicio al Omnipotente a la totalidad de Israel, incluyendo a aquellos cuya conexión con Di-s sigue siendo un ruidoso reto — la pugna por trascender su ser exterior amarrado a lo terrenal y hacer emerger su genuina identidad interior.
Una vez se preguntó a Rabí Israel Baal Shem Tov: “¿Por qué algunos de tus discípulos arman tanto alboroto mientras rezan? Gritan, agitan sus brazos, se arrojan virtualmente por la sala. ¿Es ésta la manera apropiada de unirse al Omnipotente?”
El fundador del jasidismo contestó: “¿Jamás has visto tú a un hombre ahogándose? Grita, agita sus brazos, lucha con las olas que amenazan llevárselo para sí. A lo largo del día, la persona se ve empantanada por las demandas de su existencia material; la plegaria es el intento de librarse de las envolventes aguas que amenazan con extinguir la propia vida espiritual”.
Es cierto, un servicio a Di-s ruidoso es indicio de que la persona todavía “no está allí”.
De haber triunfado en trascender lo mundano, su empeño por acercarse al Omnipotente sería sereno; su alma pujaría a lo alto con una llama silenciosa, sin fricción.
Su ruidosa pugna refleja el hecho de que su ser y prioridades espirituales todavía no se han convertido en el asiento de su identidad, de que su ser “natural” aún se encuentra en la externalidad material de la vida.
No obstante, ésta es una señal saludable: él no ha sucumbido.
Se esfuerza por librarse del burdo envoltorio de su ser material, deseando vehementemente elevarse por encima de su ser según su definición actual.
De modo que las campanillas sobre la toga del Kohen Gadol son una parte imprescindible de su servicio Divino. “Su sonido se oirá cuando ingresa al Santo ante Di-s”, ordena la Torá, “no sea que muera”.
De rechazar al humilde “dobladillo” de la nación que él representa, estaría violando la esencia misma de su misión.
Si su servicio al Omnipotente no corporizara también las pugnas de sus hermanos imperfectos, no tendría lugar en el Santuario interior de Di-s.

Extraído y editado de “El Rebe Enseña” Kehot Lubavitch Sudamericana

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