La Torá: Instrucción para la vida

La respuesta del Rebe ante una carta que le pregunta: ¿Dónde están el honor, la justicia y la equidad? Describe sobre los vaticinios explícitos de la Torá y lo innecesario y peligroso de idear filosofías ajenas a la Torá.


B”H, 25 de Siván de 5740 (1980) (*)

¡Shalom uBrajá!

Por la presente acuso haber recibido su carta (sin fecha) con el adjunto, en el que me escribe usted acerca de la situación en Israel y la de nuestros hermanos judíos en general, etc, y formula varios interrogantes respecto de la humillante realidad de estos tiempos. Para emplear sus propios términos, “¿dónde están el honor, la justicia y la equidad?”.

Tras pedir disculpas, me sorprenden sobremanera las dudas que abriga y la búsqueda e investigación acerca de esta cuestión. ¿A qué se asemeja esto? A una persona que marcha un camino que une la ciudad capital, sede del rey, con un desierto plagado de víboras, serpientes y escorpiones, y sed por falta de agua. Obviamente, esta persona anhela y aguarda con ansiedad cuándo llegará el feliz momento de arribar a una ciudad civilizada y, lo que es más, a la ciudad capital, la suma de la belleza. A lo largo del camino se alzan postes indicadores que señalan la dirección que lleva desde el desierto hasta la capital… Si, pese a los claros y sencillos carteles, el caminante se empecinará por marchar precisamente en la dirección que lo aleja de la capital y lo acerca al desierto… ¿De qué puede quejarse el hombre viviente, a quien se le ha concedido la libertad de elección, cuyo camino está bien señalizado, que tiene la posibilidad de marchar en la dirección correcta y tiene entonces garantizado arribar al destino anhelado? Lo que es más, se le ha dicho explícitamente que la mencionada senda no tiene sustituto… no hay otro modo de llegar a la capital fuera del camino señalizado, y todo intento de hallar caminos alternativos, diferentes y extraños, desde un principio está condenado a resultar infructuoso y desgraciado.

Para explicarlo con más sencillez en nuestra Torá, la Torá de Vida, de instrucción para la vida, hay una sección, Parshat Bejukotái, que comienza con “Si por Mis decretos marcharéis y Mis Mitzvot observaréis y cumpliréis, Yo daré…“ (20) — todas las bendiciones enumeradas en aquella sección. Y aunque de la afirmación se sobreentiende la negación, también ello fue enunciado explícitamente: “Y si no Me escuchareis… y anduviereis conmigo con indiferencia…” (21). Es Torá de la Verdad lo que nos fuera entregado hace miles de años, cuando Israel se constituyó en pueblo con la entrega de la Torá sobre el Monte Sinaí en el desierto de Sinaí. De allí fueron a una tierra habitada, y “a causa de nuestras transgresiones fuimos expatriados de nuestra tierra” (22), y volvimos al desierto de los pueblos. Y a pesar de que se ve a ojos vista cómo se han cumplido lisa y llanamente los versículos enunciados en aquella sección, hay, no obstante, quienes inventan de tanto en tanto sistemas de vida diversos y extraños haciendo de ellos una avodá zará, un culto ajeno, “ajeno” en su sentido más literal: ajeno al espíritu del pueblo de Israel, a la existencia del pueblo de Israel y a la esencia del pueblo de Israel. Y cuando se producen los resultados naturales de un sistema que es ajeno, maligno y peligroso para el pueblo de Israel, en lugar de apelar a la solución sencilla que nos fuera legada desde el momento en que nos constituyéramos en pueblo, suplantan un sistema extraño por oro sistema extraño, a la usanza del pueblo de Israel, “un pueblo de dura cerviz” (23), con una tozudez fuera de lugar.

La oscuridad de la diáspora se ha intensificado tanto que se pregunta: “¿Dónde están la justicia y la equidad, y cuándo cumplirá el pueblo judío el rol de ser la luz para los pueblos, etc.?”

Aún no hemos aprendido la lección de todas las vicisitudes de nuestro pueblo como resultado de los sistemas y actitudes contrarias a la Torá y sus Mitzvot – que son nuestra vida y la longitud de nuestros días – desde la época de quienes rendían culto al becerro inmediatamente después de la Entrega de la Torá, quienes rendían culto al Baal tras la conquista liderada por Iehoshúa bin Nun, y todos los sistemas extraños que se alzaron en los días de Diáspora y cuyo común denominador es que todos se cimientan en el lema “la Casa de Israel es como todos los pueblos”.

Huelga decir que mi intención no es el mero discurso, y menos aún sermonear, sino ofrecerle una respuesta práctica, en base al dicho de nuestros Sabios que “lo principal es la acción”; que para el judío, miembro del pueblo elegido —incluyéndolo a usted — sobre el cual proclamara Di-s “Y seréis para Mí cosa preciada entre todos los pueblos… y vosotros seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa“, no hay lugar para la depresión y menos aún para la desesperanza, Di-s libre. Sólo que es su principal y vital deber, y también su privilegio, aprovechar cada instante y cada posibilidad que tiene para fortalecer y preservar al pueblo judío y al individuo judío por intermedio de vigorizar y cumplir la ordenanza de “por Mis decretos marcharéis y Mis Mitzvot observaréis y cumpliréis” — en términos simples: el cumplimiento de las Mitzvot prácticas en la vida cotidiana — e influir sobre este cumplimiento; y cuanto antes, mejor. No hay necesidad de fundar nuevos partidos y elaborar programas, sistemas, filosofías innovadoras, investigaciones y pesquisas, y cosas similares, pues todo está preparado de antemano, desde el momento de la entrega de la Torá. Para emplear una expresión conocida: “como una mesa tendida ante ellos”.

Confío en que tomará estas palabras conforme el espíritu en que fueron escritas, y que Di-s le de éxito y reporte buenas noticia en todo lo dicho.

Con bendición,

Referencias:

(*) Shaaréi Emuná, pág. 172; Likutéi Sijot Vol. XXII, pág. 333.
(20) Levítico 26:3.
(21) Ibíd. 14 y 21.
(22) Liturgia de Musaf de las festividades.
(23) Éxodo 34:9.

Fuente: Libro Cuestiones de Fe y Ciencia. Una colección de Cartas del Lubavitcher Rebe. Capitulo 19 – Pág. 102-105. Año 2005. Editorial Kehot Lubavitch Sudamericana.
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