La responsabilidad y la necesidad de compartir

Si no me ayudo, ¿quién lo hará por mí? Y si sólo me ayudo a mí, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?…(Etica de los Padres, 1:14)

Vivimos en un estado de emergencia, donde rugen los fuegos de la confusión. Cuando hay un incendio, todos son responsables por ayudar al prójimo. El Rebe

Cuando el Rebe era niño en Rusia, hubo un pogrom en su ciudad natal, Nikolayev. Su madre lo llevó a él y a sus hermanos a un escondite. Allí había muchas otras mujeres y niños, y algunos de los niños estaban tan aterrorizados que empezaron a llorar en voz alta. Las madres se preocuparon, pues silos llantos de los niños eran oídos, serían descubiertos todos. El Rebe, que tenía sólo cinco años, calmó a los niños que lloraban, uno por uno, con una caricia o un susurro.

¿POR QUÉ SENTIMOS LA NECESIDAD DE SER RESPONSABLES?

Todos llegamos a un punto en nuestras vidas en que comprendemos que si no tomamos responsabilidades por nosotros mismos, nadie lo hará. También aprendemos a ser responsables de nuestras familias y amigos, y respecto de aquellos en la sociedad que han tenido menos suerte que nosotros. ¿Pero hasta dónde deben llegar estas responsabilidades, y cómo deberíamos priorizarlas? Más importante aún, ¿por qué sentimos la necesidad de ser responsables?
La respuesta está en el hecho de que Di-s nos creo por una razón: para llevar adelante activamente una vida virtuosa y perfeccionar este mundo imperfecto. Con ese fin, la responsabilidad es una necesidad humana básica, lo mismo que la comida o el oxígeno; no podemos realizar o justificar nuestra existencia sin ella.
De modo que la responsabilidad no es algo que debamos aceptar de mala gana, por culpa o sentido del deber; es un componente necesario y saludable de nuestras vidas. Podemos elegir ignorar la necesidad interior de responsabilidad personal, y desviarnos para satisfacer nuestras propias necesidades. Pero, igual que el hambre, nos perseguirá. Nos hablará a través de la conciencia, a través de la ansiedad, a través de nuestro sentimiento de desorientación. Y, como sucede con el hambre, cuando es satisfecha, nuestros cuerpos y almas se sentirán incomparablemente fortalecidos, permitiéndonos llevar una vida más significativa.
Nuestra primera responsabilidad es para con nosotros mismos, pues no podemos esperar civilizar el mundo si nuestra vida no ha sido domada. Somos todos responsables de nuestra propia conducta; no podemos culpar a nadie más por nuestras decisiones o acciones. No podemos culpar a nuestros padres o nuestros maestros, a nuestros empleados o nuestros líderes. Ni podemos culpar a Di-s por hacer la vida tan difícil. No importa lo intimidante que pueda parecer cualquier obstáculo, Di-s no lo habría puesto en nuestro camino
sin darnos al mismo tiempo la capacidad de superarlo.’ En consecuencia, es nuestra responsabilidad hacerlo.
Esta independencia es la más grande manifestación de dignidad humana. Yo, y nadie más, soy responsable de lo que hago con mi vida. Por supuesto, hay gente que siempre necesitará que se ocupen de ella: los niños, obviamente, y adultos con mala salud o incapacidades. Pero también debemos reconocer que cada persona, desde un niño especial a un adulto discapacitado, tiene profundos recursos interiores que deben ser cultivados en plenitud. De modo que somos responsables del bienestar de todos y de la sociedad como un todo. A todos se nos ha dado una alternativa: ver la vida como es realmente, con cada ser humano conectado con otro y con otro, todos unidos en un amplio destino cósmico, o ser consumidos por el autointerés.

Un reverenciado rabino una vez viajó para
visitar a un rabino más joven que era conocido por su devoción religiosa. El rabino más viejo quedó muy impresionado con la total inmersión del joven en la plegaria y el estudio, y le preguntó el secreto de su piedad inconmovible. El joven respondió que concentrándose profundamente en sus estudios, podía ignorar toda influencia externa que pudiera distraerlo. De hecho, el viejo había notado que muchos de los aldeanos vecinos estaban dedicados a actividades muy contrarias a la piedad. Le dijo al joven: «Cuando hace mucho frío, hay dos modos de calentarse. Uno es ponerse un abrigo de piel, el otro es encender un fuego. La diferencia es que el abrigo de piel calienta sólo a la persona que lo usa, mientras que e/ fuego calienta a todos los que se acercan.

Cada uno de nosotros ha recibido talentos y capacidades distintas, y es nuestra responsabilidad compartirlos de un modo positivo. Un líder debe dirigir, un maestro debe enseñar, un escritor debe escribir. Una habilidad que uno da por sentada puede llenar una necesidad indispensable para algún otro, o puede tener un impacto mayor del que podríamos haber imaginado. Es obligación nuestra preguntarnos regularmente cómo podemos usar nuestras capacidades peculiares para mejorar nuestro mundo.
Es cierto, puede parecer posible apartar la vista, aislarse, uno y su familia, de las influencias que pueden considerarse daninas o corruptoras. Pero esa no es una conducta responsable; es simple proteccionismo. Cuando vemos a alguien necesitado, debemos responder. Cuando vemos una injusticia, debemos alzar la voz. Cuando vemos imperfección, debemos hacer todo lo posible por ayudar a perfeccionar la situación.
Esto no significa que debamos vernos como salvadores, lanzándonos a rescatar a la gente de sí misma. Simplemente significa reconocer que no somos individuos aislados; que somos parte de una comunidad mayor, y en consecuencia responsables de los otros. Significa encender un fuego en lugar de ponerse un abrigo de piel.
No importa lo impresentable que pueda ser una persona, somos responsables de ella y debemos hacer todo lo que esté en nuestro poder por ayudarla a crecer. Tenemos una responsabilidad especial con los encarcelados, por ejemplo, por ayudarlos y darles toda oportunidad posible de hacer cosas y crecer y rehabilitarse.
A veces veremos los efectos de nuestra ayuda, pero a menudo no los veremos; no importa. Podemos sentirnos frustrados e impotentes, como si nos hubieran pedido que vaciáramos el mar de a cucharadas. Pero no es sólo el resultado lo que cuenta; es el esfuerzo, y la sinceridad detrás del esfuerzo, lo que satisface la necesidad innata de ser responsable. Y en última instancia, todo esfuerzo da frutos.

¿QUÉ SIGNIFICA LA RESPONSABILIDAD EN EL MUNDO DE HOY?

Todos estamos en deuda: con la familia que nos crió, con los amigos que nos guiaron, con los educadores que nos enseñaron, y con las naciones que nos protegieron. Es obvio que debemos saldar estas deudas haciendo todo lo que podamos por mejorar la sociedad. Pensemos por un momento en lo diferente que sería nuestra vida si nadie hubiera ejercido la responsabilidad de cuidarnos y educarnos.
Nunca antes ha habido una necesidad tan urgente de extender la mano, de escuchar el clamor de los necesitados. Esta es una generación crítica, con tanta gente a la que le falta dirección en sus vidas y sus relaciones. Y aun así muchos de nosotros estamos tentados de decir: ¿Cómo puedo llegar a pensar en los problemas ajenos, cuando tengo tantos propios?

Una noche, cuando un rabino estaba profundamente absorto en sus estudios, su hijo menor se cayó de la cuna. Aun cuando el rabino estaba en el cuarto contiguo, no oyó nada. Pero el padre del
rabino, que también estaba estudiando, en su cuarto del piso superior, oyó llorar al bebé. Bajó, devolvió al bebé a la cuna, y lo acunó hasta que se durmió. El rabino mientras tanto seguía absorto en sus estudios.
Después, el anciano amonestó a su hijo: «Sea cual fuere la importancia de tus asuntos> nunca debes dejar de oír el llanto de un niño.

Uno nunca debe dudar de su capacidad de ayudar. “¿Qué puedo lograr realmente?”, nos preguntamos. “¿Quién me escuchará a mí?” Toda persona sin excepción ha recibido capacidades para iluminar su rincón del mundo.
Como la historia sigue mostrándonos, la humanidad es un continuum: algo que sucede en el rincón más alejado del planeta eventualmente afectará nuestra vida. En generaciones anteriores, estábam

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