Homosexualidad La visión del Rebe de Lubavitch

En este punto llevemos nuestra atención a un fenómeno que afecta a personas de nuestra sociedad, el problema de individuos que expresan inclinación hacia una forma particular de relación física en la que la gratificación libidinal se busca en miembros del propio sexo.

En la sociedad democrática en la que vivimos, la cuestión de cómo encarar esa desviación ha estado preocupando a muchos ciudadanos así como a varios dirigentes comunitarios o políticos.El primer criterio que debe invocarse para encontrar una solución a ese problema no es pedir que se ventilen argumentos políticos y luego reclamar un consenso, sino evaluar si esa práctica es buena o destructiva, y actuar en consecuencia para corregir y remediar lo negativo.

1) En una relación normal, se engendran niños y se crea una nueva generación, hasta el fin de los tiempos. El rasgo anormal no trae resultados positivos ni descendencia.

2) Ese rasgo es autodebilitador, provoca la disipación de las fuerzas del individuo implicado; es puramente egoísta y nadie más recibe nada de él.

3) Otra realidad muy importante: los individuos que practican esa forma de relación están llenos de complejos de ser extraños y raros; sienten que están realizando un acto anormal. Tanto en el caso de los hombres que tienen esas relaciones, como en el caso de las mujeres, saben que esa tendencia no es sana. Miran el mundo que los rodea y saben que su práctica es anormal.

Excepto por algunas pocas sectas en que se practica esa desviación, todo el mundo se conduce de una manera normal. Además, ambas partes implicadas en esa llamada relación saben que lo que los trajo al mundo fue sólo la forma normal de relaciones de familia.

4) También es importante señalar que quienes piensen que esa forma de conducta es permisible y continúan practicándola, al final verán que provoca una debilidad excesiva y las enfermedades más terribles, como actualmente se está comenzando a descubrir.

Cuando uno conoce la verdad de que ese rasgo es destructivo, y es lo suficientemente honesto para reconocer ese hecho, se dará cuenta de que no es diferente a un niño que nace con la tendencia a arrancarse los cabellos o a golpearse la cabeza contra la pared; pero hay una diferencia muy trágica en el hecho de que ese rasgo, cuando se lo practica, es mucho más devastador, porque destruye el alma y el cuerpo.

Están aquellos que argumentan que un acto que trae placer y gratificación es, o debe ser, bueno. Esa racionalización es análoga a tomar un veneno mortal recubierto de azúcar. Aparece alguien y dice:
“Veo azúcar; no hay veneno en esta píldora de azúcar”. Para demostrar sus palabras, la prueba y jura que es dulce! Puede aparecer otro que diga: “No me importa si hay veneno en el azúcar siempre que pueda disfrutar el placer momentáneo de la dulzura. ¡No me importan cuáles puedan ser las consecuencias!”

Ciertamente, ellos mismos llegarán a quejarse amargamente de quienes los engañaron, y también contra quienes vieron lo que estaba ocurriendo y no hicieron todo lo que era posible para evitarlo.

No tiene importancia real la razón por la que el individuo elija esa forma de relación. Incluso alguien que nació con esa inclinación y en su juventud no fue educado para corregirla (sin importar de quién sea la culpa) y que ahora es adulto, también debe ser motivado para que se eduque ahora, porque sigue siendo igual de destructivo, igual de anormal.

Un punto importante a subrayar es que en lo dicho no hay insulto ni una actitud derogatoria, se trata de curar una enfermedad. Cuando una persona está enferma y alguien se ofrece para ayudarlo a ponerse bien, en esa actitud no hay ninguna falta de respeto, en absoluto.

Al mismo tiempo, debe tenerse en mente que los argumentos vehementes y vociferantes presentados por un paciente, de que en realidad está bien y que esa condición es un instinto saludable, o por lo menos no destructivo, no cambia la severidad de la “enfermedad”. De hecho, esa actitud de parte del individuo indica lo seria que es la enfermedad para esa persona, lo profundo que ha penetrado en su cuerpo y psique, y lo peligrosa que realmente es para él. Así que para curar a la persona y salvar su vida, es necesario emprender una acción especial. De nuevo, aquí no hay insulto en absoluto, ni falta de respeto, sólo un verdadero deseo de ayudar.

Si el individuo afirma que nació con esa naturaleza, entonces más razón aún para asegurarle que no existe intención de menospreciarlo, pero es necesario intentarlo todo para remediar la situación. Y el hecho de apellidar a esa desviación con algún término griego, o de calificarla de “estilo de vida alternativo” no influirá en lo más mínimo en la seriedad del problema.

Es necesario responder a la pregunta: ¿Es que ese tipo de relación contribuye a la civilización humana? ¿Beneficia, por lo menos, al individuo? ¿Es todo realmente satisfactorio después del acto? o ¿Sólo proporciona satisfacción momentánea? Y además (y este punto debe seguirse a fondo): ¿Es que todas sus afirmaciones sobre el “gran placer” y la “satisfacción” derivados de esa relación, son realmente ciertas? ¿O es que la persona ha dicho eso durante tanto tiempo que ahora no está dispuesta a admitir que se equivoca, o está avergonzado de admitirlo?

En el mundo de bondad y justicia de Di-os, cuando uno llega a purificar y ser purificado, recibe la ayuda de Arriba. A pesar de las equivocadas conductas del pasado, todo el mundo tiene la capacidad de cambiar. La gente que abre los ojos y se da cuenta de su error al final aceptará la verdad voluntariamente.

Toda sociedad civilizada adopta esa triste tendencia como una perversión, y aunque en el pasado había tribus paganas y sectas que incluían esas prácticas en sus rituales idolátricos, la historia ha mostrado que su memoria se ha perdido y sus costumbres se han desvanecido.

En padres, educadores y consejeros reposa una responsabilidad especial de educar a los afligidos por ese problema, y su deber es no dejarlo pasar y, al mismo tiempo, adoptar una actitud de amor y cuidado extendiendo una mano de ayuda.

El gobierno debe ver la verdad, no se trata de “derechos” humanos sino de enfermedad humana.
En años recientes todo ese tema se ha convertido en una causa célebre en muchos países, y ciertas personas bien intencionadas han planteado el asunto desde un punto de vista equivocado.
Se presentaron proyectos de ley (y se aprobaron) para proteger los “derechos” de las personas que profesan esos “estilos de vida desviados”. Esas leyes sobre “derechos” parecen suponer (erróneamente) que ese rasgo particular verdaderamente representa y refleja la existencia esencial y el ser real de esas personas. De allí que haya que proteger sus “derechos humanos”. No obstante una lógica humana muy simple reconoce que esa forma de relación es anormal y debe rectificarse. No es cuestión de “derechos”; es una cuestión de curar enfermedades.

Es evidente que en tales asuntos no deberíamos sostener debates políticos, sino juzgar las cosas según su impacto sobre la salud física, moral y psicológica de los individuos y de la sociedad: ¿Es perjudicial o no?
Es claro que el abordaje a adoptar por la sociedad y por el gobierno debe ser ofrecer una mano de ayuda a aquellos que están afectados por ese problema, y, ciertamente, no agravarlo.
La clave del asunto es: aquí no estamos tratando de los inalienables derechos humanos de libertad de elección, no estamos tratando del derecho innato, sagrado y democrático de libre voluntad; aquí estamos tratando con un asunto de anormalidad. En lenguaje simple: ¡una enfermedad! Y el hecho de que el paciente proclame que él está sano no hace que la enfermedad sea menos peligrosa.

En ese caso, una ley que proclame que es necesario proteger y apoyar los “derechos” de esas personas debe verse como lo que realmente es: privar del derecho de ser verdaderamente protegido (también de sí mismo); es privar a esa gente de la ayuda tan vitalmente necesaria. En términos físicos simples, les traerá más dolor y sufrimiento a ellos, a sus seres queridos y a toda la sociedad.

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