Falta de inspiración

El lunes pasado me desperté como todos los días, salvo que esa mañana, no estaba inspirada. Empecé el día con mi cronograma usual -que a menudo encuentro rico en desafíos y sorpresas- absolutamente apática. Todo se me hacía tedioso, incluso irrelevante…

Busqué el significado y la inspiración que asocio generalmente a las obligaciones multifacéticas de mi vida, pero no encontré ninguno. Había sido substituida por un mar de monotonía y sin sentidos.

La hora pico de los chicos había pasado. Ahora llegaba el momento de relajar mi mente insulsa sobre una taza de café humeante. Inclusive el aroma del café recién molido, siempre tan penetrante, esta mañana no me afectaba.

El día mejoraba para mí.

Intenté rezar apasionadamente, pedirte guía y dirección, ayuda para encontrar el sentido que me faltaba. Incluso probé quejarme Contigo por todo el sufrimiento y dificultades que hay en Tu mundo. Pero no vino nada. En su lugar, las palabras salieron automáticamente, en un monótono, insípidas como mi café de la mañana.

En la oficina hice lo de siempre, organizar el trabajo, actualizar los datos en la computadora, devolver llamadas telefónicas, preparar los próximos programas educativos de adultos y programar mi agenda. Todo sin emoción. Dejaba pasar las horas, esperando volver a casa.

Manejé la corta distancia de la oficina a mi casa. Intentando ahogar los pensamientos en mi mente, puse bien alto mi cassette preferido de música judía. Te canté una alabanza, Te agradecí la vida. ¿Por qué? ¿Por qué eran los desafíos de la vida tan difíciles? ¿Por qué había tanto dolor? ¿Cuál era todo el propósito? ¿Estás realmente disfrutando mirarnos constantemente repetir nuestras equivocaciones para enfrentarlas una y otra vez? ¿No hay una manera mejor?

Sabía que mi alma estaba triste ese lunes.

Ni mi humor mejoró cuando recordé que era lunes y tenía que dar mi clase semanal de Torá a una numerosa audiencia. El grupo había crecido, iban unas cincuenta o sesenta mujeres. ¿Cómo podría brindarles inspiración, cuando no podía encontrar ninguna para mí misma?

La tarde siguió su curso. Estaba agotada. Lo único que quería era acurrucarme en mi cama y permitir que el sueño me alcance.

En su lugar, debidamente, me puse lápiz labial, me peiné, elegí un saco que combinaba con lo que tenía puesto y salí.

Ensayé una sonrisa de bienvenida en mi cara, pero por dentro estaba desolada.

Para mi sorpresa, la clase se desarrollaba bien. Nos sumergíamos en los textos originales y aplicábamos sus enseñanzas a nuestra vida cotidiana. Las preguntas de la audiencia eran interesantes. De alguna manera, mi boca, mi lengua y mi mente trabajaban en equipo, encontrando las palabras y los medios correctos para contestarlas. Las participantes, para mi alivio, se fueron “iluminadas e inspiradas”.

Mientras abría de nuevo la puerta de entrada de mi casa, me preguntaba por cambio de mi humor. ¿Qué “me había vuelto a conectar”? ¿En qué momento la inspiración sustituyó la apatía?

Sabía que no habían sido las palabras que había dicho, porque no había nada novedoso en ellas.

Entonces, ¿Qué hizo -que lo que durante el día no pude alcanzar, con mis rezos, ni con mi estudio de Torá o mis rituales y rutinas diarias- que esta sala, llena de mujeres, pudo desbloquear? Rodeada por esas mujeres, mirándome para que las inspire, me forzaron a representar un papel, a actuar inspirada, a encontrar un sentido y un propósito que no podía percibir.

Y mientras me permitía a mí misma actuar inspiradamente, me sorprendí realmente sintiéndola. El acto se convirtió en vivencia; la pasión llegó a ser verdadera. Y, en el proceso, la conexión se restableció.

Aprendí algo esencial sobre la inspiración en ese desapasionado lunes.

Esperar sentado a que aparezca la inspiración, como uno espera que aparezca el sol de entre la niebla de un día nublado.

Permítase buscarla, actuarla y vivenciarla y… ¡emergerá! Encuentre algo que pueda mostrarse apasionado y la descubrirá.

Escuche atento la voz que emerge. Puede incluso llegar a escuchar hablar su propia alma.

Chana Waisberg

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