Enfermedad, ¿lo cotidiano?

La voz hebrea Jolé (enfermo), tiene la misma raíz que la palabra “común” y “arena”: ”Jol”…

Se muestra con ello que el hombre, en su realidad oculta, sabe que estar enfermo no es otra cosa que el trote de lo cotidiano, las múltiples facetas que sin conexión, sin embargo, forman lo cotidiano. Tal como los granos de arena que se esparcen, los que no parecen ser capaces de constituir una unidad con sentido, lo que da lugar a la expresión “tan suelto como la arena”.

Frente a este concepto de “Jol”, de lo ‘común’, se encuentra en hebreo, como opuesto, el concepto de “Kadosh”, que significa ‘sagrado’. Así como la arena está suelta, constituyendo la multiplicidad; lo “sagrado” liga, conformando justamente la unidad, lo sano.
Y siempre ambos se enfrentan. Son los dos polos de una dualidad, formando en conjunto una paradoja.

Entonces, estar enfermo es como ser “lo común”. Estar sano es “lo sagrado” que se enfrenta a lo ordinario, como aquello que liga y junta.

Lo común es la norma para la vida de lo manifiesto. Sobre la base de esta forma se mide, se construye, se adapta. A pesar de esto, queda como suelto, inconexo, insatisfactorio, como “arena”, insípido, monótono, despertando desgano. Podría decirse que así también es la enfermedad.

Lo sagrado despierta en el hombre el sentimiento de lo extraordinario. Estremece, hace sentir el halo de la eternidad. Eleva por sobre lo normativo hacia lo libre, lo que alivia. Es también la alegría de estar sano, de estar íntegro.

“Kadosh” no sólo significa ‘sagrado’. También es la voz que expresa el concepto de “estar aislado”, para lo que está opuesto a lo común, para lo no mensurable, para lo que no obedece a la norma. En lo sagrado todo es bueno, todo está en su lugar. En lo sagrado no existe “de esto” o “de aquello”, no existe la limitación, no hay fronteras, y por ello tampoco hay miedo. ¿Acaso no es la estrechez la causa del miedo? ¿Y no es lo estrecho consecuencia de poner barreras? ¿Y no es el poner barreras consecuencia de “esto o aquello”? En lo sagrado existe la entrega total, la confianza del niño, la fe desinteresada. Allí no se mide, no se adapta. Lo sagrado es justamente distinto a todo lo demás. También es la alegría de lo diferente.

¿Cómo se relaciona pues el estar sano con el estar enfermo? ¿Es entonces el estar enfermo realmente esa norma, esa cotidianeidad, esa mediocridad, el modus, este ser moderno? ¿Cuál es entonces el sentido de lo cotidiano? Pues con este interrogante también tocamos el tema del sentido de la realidad, de lo que se manifiesta. ¿Es esa realidad de lo manifiesto tan seca como la arena, tan monótona, tan carente de sentido?
Se puede responder a estos interrogantes analizando la voz hebrea ”Jol” (común), aún más allá de su significado lingüístico. Esta palabra ”Jol” también es empleada para designar a los seis días de la semana, los seis días de la Creación.
Nadie pretendería afirmar que esos seis días de la Creación fueran aburridos, monótonos. Por lo contrario: justamente producen el milagro del camino. Y es al final del camino donde el hombre está a la imagen de Dios. Los seis días de la Creación encuentran su conclusión, pero también —como se dice— su coronación en el séptimo día, día del “descanso”, del silencio, de la ausencia de la ruidosa actividad. El séptimo día, y por eso se flama el “día sagrado”, concluye el camino. El “caminar” (acción) se convierte en quietud. Entonces actúa la realidad del silencio, de lo oculto, de lo inconmensurable.

Así, existe el camino, el movimiento, el movimiento de los seis días, del devenir de la evolución; alcanzando luego el objetivo, el hogar, la tranquilidad, lo íntegro del séptimo día.

Estos seis días y este séptimo día tienen su correspondencia en las dos realidades del hombre. Los seis días son la realidad de lo manifiesto, de lo que se desarrolla, de lo que actúa; y el séptimo día es la realidad de lo oculto, de lo silencioso. De allí se dirige las fuerzas y el camino que se manifiesta. De allí parte el espíritu con su mensaje al hombre para su actividad cotidiana. De allí se construye en lo cotidiano. De allí se escribe y se habla, de allí se hace en lo cotidiano.

Por este motivo, la semana de los seis días se orienta totalmente hacia ese séptimo día.

Este “orientarse hacia” significa ‘huir’. Es la nostalgia de los seis días por el séptimo. Es el anhelo del hombre por lo especial, por lo sagrado. Entonces los seis días obtienen un sentido. La evolución tiene su meta en un opuesto.
El séptimo día está visto, en la mística, también como “la novia”, “la hermosa”, “la maravillosa”, a la que se ha esperado, en la que se ha depositado la esperanza. Allí, al comienzo del séptimo día, esta “novia” es recibida con gran alegría. El hombre se re-une con ella. Es la unión mística de las dos realidades, de la oculta y de la manifiesta, que también se expresa en la correspondencia de lo masculino y de lo femenino. Así es la unión de los seis días con el día del descanso, la unión del andar con el estar en casa. Es la unión de quien busca con aquel quien se ha encontrado, de lo causal con lo acausal, de lo normativo con lo libre. Esta unión es la liberación de miedo y de compulsividad.

De esta manera, ‘lo común”, es decir también la enfermedad, adquiere un sentido completamente distinto. Estar enfermo sólo provoca susto y es mortífero cuando se lo deja solo, cuando queda abandonado solamente a sí mismo, o sea cuando es contemplado aisladamente. Entonces es algo desesperante, no tiene salida. Así también lo cotidiano es carente de sentido, mortífero, sin esperanzas cuando se lo ve como único, cuando también el séptimo día es cotidiano. Es decir, cuando solamente se conoce y reconoce una sola realidad, la de lo mensurable, de lo calculable, de lo captable estadísticamente. Entonces no se ven ni se oyen, dentro de uno mismo ni en el mundo, las muchas señales provenientes de la otra realidad.

Por ello, el mundo enfocado científicamente es tan monótono, despierta tamo desgano. Pese a todo lo que pueda ofrecer de distracción, pese a toda la seguridad social y económica que pretende ofrecer, el desgano subsiste. Puede incluso aumentar hasta la agresión haciéndose destructivo.

Y ya no es solamente destructivo y agresivo hacia afuera, lo es igualmente hacia adentro. Porque dentro y fuera es siempre el mismo hombre. Y esta destructividad hacia adentro no se manifiesta solamente en las neurosis como tanto gusta afirmarlo en el mundo actual, con esa dosis de cínico placer, sino se manifiesta en ese desgano general, en ese aburrimiento, monotonía, en ese sentirse enfermo y miserable de tantos.

Estar enfermo es aislar el kadosh del Jol. Es separarlos seis días de la creación del séptimo día de descanso. Creación es alegría, o sea cuando se sabe de la unión de ambas realidades. Es la espera del novio por la novia, y la nostalgia de la novia por el novio. El Cantar de los Cantares, que refleja esa relación, se lee, acorde a la vieja Tradición judía, en el pasaje del sexto al séptimo día.

Los Sabios ven en la Biblia, en las dos últimas palabras del sexto día, y en las dos primeras palabras del séptimo día, las cuatro letras del tetragrama del nombre Señor. Las primeras dos letras del Tetragramatón, como letras iniciales de las dos últimas palabras del sexto día; y las dos últimas letras del mismo, como letras iniciales de las dos primeras palabras del séptimo día. Incluso, Dios mismo liga el sexto con el séptimo día, o sea Dios une ambas realidades. Sería una ruptura de Su unidad si se separaran ambas realidades.

En el hombre, esta ruptura de la unidad es su “estar enfermo”, o sea también un “estar quebrado”. Necesita entonces la curación, necesita la conexión con la tranquilidad del “estar en casa”, necesita la unión de ambas realidades. El enfermo se siente solo, abandonado, porque busca justamente esa otra realidad, y no sabe que ella está aquí, y que también lo espera a él tal como él la espera a ella.

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