El Principio del Placer

Idolatría es la deificación de un objeto o fuerza de la realidad creada…


Cierta vez, una mujer no-judía que estaba muy enferma, juró: “Si esta mujer se recupera de su enfermedad, irá y adorará a cada ídolo en el mundo”. Se recuperó, y procedió a adorar cada ídolo en el mundo. Cuando llegó a Peor, preguntó a sus sacerdotes: “¿Cómo se adora a éste?” Le dijeron ellos: “Uno come verduras y bebe cerveza, y luego defeca ante el ídolo”. Dijo ella: “Prefiero que esta mujer regrese a su enfermedad antes que adorar a un ídolo de semejante manera”.
– Talmud, Sanhedrín 64a
Idolatría es la deificación de un objeto o fuerza de la realidad creada. El hombre antiguo adoró al sol porque lo mantenía caliente, iluminaba su camino y nutría sus cosechas; la luna, el viento, la tierra, el agua y los árboles también eran dioses, a ser agradecidos e implorados por los regalos y favores que conferían al hombre. Esto era como agradecer al martillo por construir una casa o a la guadaña por la cosecha del año, en lugar de agradecer al Creador y productor de estas herramientas.
No obstante, cada idolatría tiene una cierta medida de lógica, no importa cuán desacertada; el hombre venera una (presunta) fuente de vida y nutrición[1].
Cada idolatría – a excepción de la de Baal Peor, que es la práctica pagana de adorar el propio excremento. Aquí la persona está venerando el desperdicio, aquello que se ha dejado de lado y ha sido rechazado después de que todo nutriente potencial fuera extraído de una substancia.
El pueblo de Israel estaba en Shitím, la última de sus 42 escalas en su travesía por el desierto, cuando un importante número de ellos se unió a los Moavitas y Midianitas en la veneración del Baal Peor. Los judíos estaban en la etapa final de su largo viaje de una generación de duración desde Sinaí hasta la Tierra Santa -desde el escenario de la revelación de la voluntad de Di-s al hombre al lugar de su máxima concreción- y con todo sucumbió a la forma más irracional y repugnante de idolatría existente sobre la faz de la tierra.
En verdad, sin embargo, fue precisamente su proximidad a la Tierra Santa lo que lo hizo susceptible a la idolatría de Peor.
La transición de ser un pueblo que viaja por el desierto a uno radicado en su tierra fue la transición desde una vida totalmente espiritual a una de involucración con el mundo material.
En el desierto, el pueblo de Israel era nutrido por el milagroso “pan del cielo” y el “manantial de Miriam”, mientras “las nubes de gloria” los resguarnecían y preservaron sus ropas[2], permitiéndoles procurar la sabiduría Divina de la Torá y unirse a Di-s libres de toda preocupación material. Pero una vez que cruzaron el Jordán, el “pan del cielo” fue reemplazado por el pan de la tierra, el pan para el que hay que desembolsar mucha labor corporal: arar, sembrar, cosechar y abocarse a las numerosas otras labores requeridas para lograr nutrición del suelo físico.
Una vez que cruzaron el Jordán, su idilio espiritual fue reemplazado por los pormenores mundanos de la vida física: el comercio, la política, la guerra, la diplomacia, y así sucesivamente.
A ello se debe que la generación del Exodo desdeñara la tierra, prefiriendo su asilo espiritual en el desierto a las pruebas y desafíos de un estado nacional[3].
Su fracaso fue no apreciar que el propósito de la vida sobre la tierra no es escapar al mundo material; de haber sido éste el caso, la Torá se habría entregado a los ángeles supernos, quienes pueden superar en espiritualidad al más espiritual de los hombres[4]. Más bien, la razón de que Di-s los sacara de Egipto y les diera la Torá era que ellos entraran a la tierra de Canaan, la conquistaran y se radicaran en ella, y procedieran a convertirla en una “Tierra Santa”, una tierra receptiva a la santidad de Di-s. En las palabras del Midrash: “Di-s deseó una morada dentro del mundo físico”[5].
“Esto es lo que es todo el hombre”, escribe Rabí Shneur Zalman de Liadí en su Tania. “[Este es] el propósito de su creación y el de la creación de todos los Mundos, tanto espirituales como físicos: que Di-s tenga un lugar de morada dentro del mundo físico”[6].
Ahora, una nueva generación había tomado el lugar de aquellos, una generación criada con la misión de entrar a la tierra y cumplir el deseo Divino de una morada dentro de la existencia física. Era esta generación la que, en vísperas de la concreción de su misión de santificar lo físico, cayó presa de la idolatría de Peor.
Materia Vaciada
Era un caluroso día de julio en el verano [boreal] de 1866. Los hijos de Rabí Shmuel de Lubavitch, Shalom DovBer[7] de 5 años y su hermano Zalman Aharón, acababan de regresar a casa del jeder -la escuela tradicional judía- y estaban jugando en el jardín que rodeaba su hogar.
En el jardín se alzaba una enredadera que ofrecía su protección del calor del sol. El lugar había sido acondicionado como estudio, y Rabí Shmuel solía sentarse allí en los calurosos días estivales.
Los niños discutían qué significaba ser judío. Zalman Aharón, mayor en un año y cuatro meses, sostenía que los judíos son un “pueblo sabio y entendedor”[8] que puede estudiar, y estudia, mucha Torá, tanto sus leyes exotéricas como sus secretos místicos, y reza con devoción y deveikut (apego a Di-s).
Dijo el pequeño Shalom DovBer: “Pero eso es cierto sólo de aquellos judíos que estudian y rezan. ¿Qué pasa con los judíos que son incapaces de estudiar y que no rezan con deveikut? ¿Cuál es su distinción?” Zalman Aharón no supo qué contestar.
La hermana de los niños, Devorá Leá, corrió a contar a su padre acerca de su discusión. Rabí Shmuel los llamó, y envió al joven Shalom DovBer a que trajera a Ben-Tzión, un sirviente en el hogar del Rebe.
Ben-Tzión era un judío simple que leía hebreo con muchas faltas y apenas entendía las plegarias más rudimentarias. Cuando el sirviente llegó, el Rebe le preguntó: “¿Ben-Tzión, comiste hoy?” “Sí”, contestó éste. “¿Comiste bien?” “¿Qué significa ‘bien’?”, preguntó Ben-Tzión. “Gracias a Di-s, no quedé hambriento”. “¿Y por qué comiste?” “Para poder vivir”. “¿Pero por qué vivir?” “Para ser un judío y hacer lo que Di-s quiere”, suspiró el sirviente.
“Puedes ir”, dijo el Rebe. “Tráiganme a Iván, el carrero”.
Iván era un gentil que se había criado entre judíos desde su temprana niñez y hablaba un Idish perfecto. Cuando el carrero llegó, el Rebe le preguntó: “¿Comiste hoy?” “Sí”. “¿Comiste bien?” “Sí”. “¿Y por qué comes?” “Para poder vivir”. “¿Pero por qué vivir?” “Para echar un trago de vodka y dar un mordisco a la comida”, contestó el carrero[9].
Es parte de la naturaleza de nuestro ser físico que cada acto físico constructivo esté acompañado por una sensación de placer. Comer es crucial al sustento de la vida, por lo que el consumo de alimento es una actividad placentera. El cuerpo requiere de descanso, de modo que deseamos y disfrutamos el sueño. El más profundo de los placeres físicos es aquel derivado del más Divino de los actos físicos, el acto de procreación, con el que el hombre emula a su Creador[10].
El placer, entonces, es el subproducto de aquel acto que conlleva un fin determinado. Comer, dormir y procrear tienen, todos, un propósito: mantener y perpetuar una vida física que sirva a la voluntad Divina; es para asistir e impulsar este propósito que estos actos son placenteros.
El placer divorciado de su propósito -placer en aras del placer per se- es un placer corrupto, una subversión de su función y utilidad.
El acto físico tiene significado y validez sólo en la medida en que sirve al propósito Divino para la Creación; cuando el placer asociado al acto se convierte en un fin en sí mismo, es un acto hueco, un acto vaciado de su alma y vitalidad Divina.
Este es el significado más profundo de la idolatría de Baal Peor. Los adoradores de Peor consagraban sus desechos corporales: para ellos, sólo la materia, incluso aquella que ha sido vaciada de todo potencial vital, era su objeto de veneración. El pensamiento mismo de semejante “veneración” podría resultar repulsi

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