El peculiar lenguaje de los sueños

Este análisis intentará describir la óptica bíblica y rabínica acerca de los sueños en cuanto a su validez, sus causas y sus derivaciones…

“El pináculo del conocimiento humano es saber que nosotros no podemos conocerlo a Él”. En esta cita, el Zohar —-el libro más sagrado del misticismo judío— nos cuenta que el epítome del conocimiento humano acerca de Di-s consiste en que el hombre logre tomar conciencia de que siempre se sentirá desconcertado en cuanto a la esencia de Di-s. Si esta capacidad de sentirse desconcertado es la cumbre de nuestro conocimiento, entonces, esta verdad es un triste comentario acerca de la sapiencia del hombre moderno. Sin hacer caso omiso a los méritos de nuestra educación universal y sofisticada, ciertamente hemos perdido la capacidad de sentirnos desconcertados. En nuestro mundo moderno se supone que todo debe ser conocido — si no por nosotros mismos, pues entonces por algún especialista cuya tarea es saber lo que nosotros no sabemos. De hecho, sentirse desconcertado resulta avergonzante; se lo toma como una señal de inferioridad intelectual. Hasta los niños rara vez se muestran desconcertados, o al menos intentan disimular que lo están; y a medida que crecemos, perdemos gradualmente la capacidad de sentirnos sorprendidos. Tener la respuesta correcta parece ser de suma importancia; formular la pregunta correcta aparece insignificante en la comparación. Esta disposición es probablemente una razón por la cual los sueños, uno de los fenómenos más desconcertantes de nuestras vidas cotidianas, son tan poca causa de asombro. Todos soñamos, pero casi nunca comprendemos nuestros sueños. No obstante, actuamos como si nada extraño sucediera en nuestro sueño, al menos en comparación con la lógica y premeditada actividad de nuestras mentes cuando estamos despiertos.

Cuando estamos despiertos somos seres racionales y activos, ávidos por hacer un esfuerzo para lograr lo que queremos y dispuestos a defendernos de cualquier ataque. Actuamos, observamos,
vemos cosas — quizás no como ellas son, pero al menos de una manera que nos permite usarlas y manipularlas. Pero también somos más bien poco imaginativos, y rara vez —salvo de niños, o si somos poetas— nuestra imaginación va más allá de duplicar las historias y tramas que forman parte de nuestra experiencia real. En suma, somos efectivos pero de alguna manera embotados. Llamamos “realidad” al campo de nuestra observación diurna, y nos enorgullecemos de nuestra perspectiva inteligente y realista acerca de ello.

Cuando estamos dormidos nos trasladamos dramáticamente a otra forma de existencia. Concebimos historias que nunca sucedieron y para las cuales a veces ni siquiera hay un precedente en la realidad. A veces somos el héroe, otras el villano.
A veces vemos las más hermosas escenas y somos entusiastas; otras, nos vemos arrojados al terror extremo. Pero cualquiera sea el papel que jugamos en un sueño, somos el autor; es nuestro sueño — nosotros hemos inventado la trama.

La mayoría de nuestros sueños comparten una característica: no siguen las leyes de la lógica que rige nuestro pensamiento cuando estamos despiertos. Las condiciones de tiempo y espacio se descuidan a conveniencia. La gente que en realidad está muerta, repentinamente está viva; los sucesos que observamos en el presente han sucedido hace muchos años atrás. Soñamos con dos acciones que ocurren simultáneamente, cuando en la realidad no es posible que sucedan a la vez.

Prestamos la más mínima atención a las leyes de espacio. Nos resulta sencillo trasladarnos a un lugar distante en un santiamén, estar en dos lugares a la vez, convertir a dos personas en una, o ver que una persona llegue repentinamente a ser otra. De hecho, en nuestros sueños somos los creadores de un mundo donde tiempo y espacio, los planos que limitan todas las actividades de nuestro cuerpo, no tienen potestad.
Otra cosa extraña acerca de nuestros sueños es que pensamos en sucesos y en individuos en los que no habíamos pensado hacía años, y respecto de los cuales, en nuestro estado de vigilia, podríamos no pensar nunca. Sin embargo, estos aparecen en nuestros sueños como amigos frecuentes. Parecería que en nuestra vida durmiente explotáramos los vastos depósitos de la experiencia y memoria cuya existencia desconocemos en el período diurno.
Pero pese a todas estas extrañas cualidades, durante un sueño la experiencia es convincentemente real — por lo menos tan real como cualquier experiencia que tenemos durante nuestra vigilia. El sueño es una experiencia presente y real — a tal grado que nos vemos forzados a preguntar: ¿qué es la realidad? ¿cómo sabemos que lo que soñamos es irreal y que lo que experimentamos durante nuestra vigilia es genuino? Como un filósofo y poeta lo expresó tan precisamente: “anoche soñé que era una mariposa, y ahora no sé si soy un hombre que soñó ser una mariposa, o una mariposa que ahora sueña ser un hombre”.

Para complicar las cosas, no solamente estas excitantes y vividas experiencias de la noche desaparecen cuando despertamos, sino que estamos doblemente incapacitados por el hecho de que tenemos la más grande dificultad en recordarlas. Nos olvidamos tan completamente que ni siquiera recordamos haber vivido en ese otro mundo.
Recordamos vagamente algunos sueños no bien despertamos, pero su memoria se desvanece rápidamente.
Quizás el más sorprendente de todos estos factores es la similitud de los productos de nuestros sueños con la creación más vieja del hombre — la mitología.
En nuestro pensamiento racional y despierto, no nos vemos sorprendidos por la mitología. Aunque no respetable como parte de nuestra religión, concedemos a los mitos del mundo el crédito de ser parte de una tradición venerable — una expresión infantil de los pensamientos del hombre antes de que él se viera iluminado por la ciencia. Mantenemos a los mitos a cierta distancia; ellos pertenecen a un mundo totalmente ajeno a nuestro propio pensamiento.
Y con todo, aunque los mitos y las fábulas, como tales, no son parte de la tradición judía, ciertas enseñanzas judías sí incorporan un estilo similar al de los mitos — la parte de la Torá Oral conocida como Midrash.

Moshé, y los Sabios que lo siguieron, conservaron cuidadosamente no sólo la Torá Escrita, sino también su aspecto oral. Ellos la estudiaron y la transmitieron de una generación a la próxima. Llegó el momento, sin embargo, cuando los Sabios sintieron que la Torá Oral ya no podría ser preservada por la memoria solamente. Las persecuciones y las aflicciones que el pueblo judío sufrió a manos de los romanos afectaron su paz mental y sus facultades de concentración. La Torá Oral corrió el peligro de ser olvidada. Por eso, los Sabios hicieron uso de una regla que los autorizaba a tomar medidas de emergencia para asegurar la supervivencia de la Torá. Los Sabios avanzaron y escribieron las halajot, las leyes religiosas.
Surgió un problema, sin embargo, en cuanto a cómo registrar las Divinas enseñanzas éticas y morales que Di-s había dado a conocer a Moshé. Estas contenían principios ideológicos y morales profundos que, de ser escritos, podrían ser absorbidos por estudiantes de carácter impuro. Los Sabios temían que si alguien que no estuviera imbuido con el Temor al Cielo estudiara las verdades éticas de la Torá, distorsionaría su significado, aun si fuera un sabio. Y si los futuros estudiantes de los Midrashím fueran también hombres toscos, seguramente deducirían de ellos principios erróneos.
Los Sabios decidieron volcar las enseñanzas morales de la Torá por escrito, pero por vías de un código. Si alguien quisiera leer los Midrashím sin conocer su código, su verdadero significado lo eludiría. Los Sabios disfrazaron estas enseñanzas en historias, acertijos, parábolas y refranes enigmáticos.
Ininteligible al profano, éstas sólo podrían ser descifradas por un círculo limitado de estudiantes de la Torá cuyos maestros les hubieran transmitido las claves. Estos eruditos, a su vez, revelaron a sus discípulos que el texto literal de los Midrashím era sólo una vestimenta exterior.

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