El invitado incomodo

Ser un invitado puede ser incómodo. Claro, es divertido no tener que lavar los platos. O cocinar. O limpiar. O hacer un lavado, sacar la basura, o poner a dormir a los chicos, o tomar cualquier responsabilidad relacionada con el dueño de casa.
Ser un invitado en casa de alguien difiere de ser un invitado en un hotel. Allí, pagamos por las atenciones recibidas. Estando en un hotel, no sentimos ninguna culpa o gratitud. Ni tenemos que moderar nuestras demandas. En un hotel, pagamos por lo que consumimos.

Siendo invitados, nos comportamos de lo mejor. No caminamos descalzos, no dejamos el diario tirado, no abrimos el refrigerador; incluso cuando el anfitrión nos da permiso.
Preguntamos antes de tomar un libro, avisamos cuando salimos o regresamos, preguntamos antes de usar el teléfono, pedimos permiso para revisar el e mail y así sucesivamente.

Como invitados, somos dependientes de otros. Somos materialmente dependientes – por una cama, la comida, etc. También somos dependientes en un sentido emocional o espiritual. Podemos ser invitados, pero mal recibidos. El anfitrión puede proporcionar comida, un cuarto, y demás, pero hacernos sentir como intrusos. Otros crean una atmósfera de seguridad, de inclusión, de pertenencia – casi nos sentimos como parte de la familia.
Pero no importa cuán agradablemente nos alojemos, vivimos tentativamente. Un invitado tiene un alquiler temporal, su estadía es transitoria. No hay nada más eventual que un invitado.

Ser invitado en la casa de otro es similar a la estadía del alma en un cuerpo. El alojamiento del alma es temporal. Tiene un cuarto metafórico, pero en cierto sentido el cuerpo no es su casa. El alma no puede sentirse completamente cómoda en el cuerpo. Después de todo, tiene que compartirlo con el alma animal. El lado egoísta y material demanda primero los recursos del cuerpo. Pertenece al animal que habita en nosotros y está sujeto a los impulsos del físico.

Incluso podríamos decir que Di-s es un invitado en este mundo. Aquellos que viven aquí no siempre actúan según Su Voluntad. Su Presencia no siempre se siente. La Presencia Divina en este mundo se parece muy a menudo a un invitado a la mesa de la cena – está invitado a comer, puede participar de la conversación, pero no puede ser el centro de atención.
Pero todo cambiará cuando llegue el Mashíaj. Entonces nos transformaremos en una casa para el alma y el mundo en una morada para Di-s. El cuarto de huéspedes dejará de parecerse a uno de hotel y será como parte de la casa. El alma se sentirá satisfecha dentro del cuerpo y Hashem se pondrá cómodo en Su mundo.

Quizás es por eso que los Sabios dicen que Hajnasat Orjim – recibir a los invitados – es más importante que recibir la Presencia Divina. El verdadero Hajnasat Orjim – un rasgo que heredamos de Abraham – más que hacer que el invitado se sienta en casa, transforma nuestra casa en Su casa.

(Adaptado del L’Chaim)

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