Dulce obediencia

Cuando era una niña, fui confinada en el campo de concentración Bergen Belsen…


La gente moría diariamente debido al frío, enfermedades, e inanición. Nuestras raciones de comida eran escasas y consistían en una rodaja de pan rancio servida con un líquido barroso al que llamaban café. Más tarde, nos servían sopa. Apenas comestible, la sopa estaba hecha de algunas verduras crudas que en los buenos tiempos se usaban como forraje para los animales del corral. Pero, muy pronto cuando el hambre pasó su factura, incluso este líquido podrido se volvió un plato gourmet a nuestros ojos.

Un día, oficiales de la Cruz Roja Internacional vinieron al campamento para realizar una inspección. Claramente indiferentes a nuestro sufrimiento, nuestros amos alemanes, deseaban de todas formas impresionar a los visitantes. Para demostrar lo bien que nos alimentaban, los alemanes trajeron barriles de caracoles cocinados. Aunque para muchos, el comer caracoles les produce repugnancia, los caracoles son una delicadeza europea. Estábamos muriendo de hambre, y cualquier cosa remotamente comestible nos parecía excelente. Pero, debido a que los caracoles no son kasher, en nuestro campamento nadie los tocó.

Mi querido esposo, Rabi Meshulem HaLevi Jungreis de bendita memoria, sobrevivió a la guerra comiendo sólo raciones magras de pan. En vano los alemanes intentaron obligarlo a que comiera comidas no kasher para que pudiera trabajar más duramente en los campos de trabajo forzado. Él se negó a violar las leyes del kashrut y emergió de la guerra pareciendo un esqueleto ambulante, pero con una poderosa presencia.

Habiendo leído historias como estas, consideremos la ironía de que judíos que viven en una sociedad en que las comidas kasher más deleitables están disponibles, en una multiplicidad de opciones, y sin embargo, optan por comer no kasher.

¿Qué nos dice esto? ¿Cómo lo entendemos?El comer en nuestra sociedad se ha convertido en un estilo de vida. Los restaurantes que frecuentamos asiduamente están relacionados a nuestras vidas comerciales y sociales. Las comidas que disfrutamos a menudo se tornan una adicción, y no podemos renunciar a ellas. Así que racionalizamos: profesamos nuestra lealtad a la fe judía y no encontramos ninguna dicotomía en complacer nuestras preferencias no kasher. “Kasher,” protestamos ruidosamente, “es sinónimo de higiene” y nos convencemos que estas leyes se instituyeron en tiempos prehistóricos y ya no son relevantes.

Kasher, sin embargo, no posee connotación alguna con la buena salud o la limpieza. Hay sólo una razón para estas leyes y es que Di-s nos ordenó que guardáramos el kashrut para poder convertirnos en una nación santa y así mantener nuestra primogenitura, que es nuestra herencia.

Cuando mi nieto Shmuli, ahora de diez años, tenía dos años, estaba con nosotros para los servicios de las Altas Fiestas en la Ciudad de Nueva York. Como en muchos elegantes hoteles, cuando preparan el cuarto durante la noche, las amas de llave ponen un chocolate en la almohada. Shmuli- que como todos los niños ama los dulces- recogió el chocolate y dijo: “¡Bobe, no es kasher!” y me entregó el bombón.

Escribo este artículo con la esperanza de que los indiferentes al kashrut puedan sondear sus almas y echar una segunda mirada a su compromiso judío. Si judíos en los campos de concentración aceptaron el dolor del hambre en lugar de consumir aquello que Di-s prohibió, si un muchachito de dos años está dispuesto a dejar su chocolate porque no es kasher, entonces ¿qué posible excusa podemos tener hoy en el mundo moderno?

Está escrito en el Libro de Génesis (25:30) que cuando Esav regresó de la caza y vio a su hermano Iaakov cocinando las lentejas, exigió: “Aliméntame de ese material rojo, rojo.” Y por esa olla de frijoles, Esav vendió su primogenitura. La pregunta que cada judío debe hacerse es: “¿Estoy dispuesto a vender por una olla de frijoles mi primogenitura—que son las Mitzvot de Di-s? ¿Vendo mi alma por esa langosta o carne de cerdo? ¿Vale la pena?”

Por la Rabanit Esther Jungreis.

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