Dos hombres sabios y un tonto

Luego del fallecimiento del santo Rabí Uri de Strelisk, apodado el ‘Saraf’, uno de sus discípulos llegó hasta el santo maestro Rabí Bunem de Peshisja en busca de consuelo.

“¿Cuál era el objetivo primordial de tu Rebe?” preguntó Rabí Bunem a este nuevo alumno. “Estimular en nosotros el sentido de la humildad” respondió el Jasid. “Él no toleraba la arrogancia. De hecho, quién deseaba ser su discípulo, aunque se tratara de un filántropo o un erudito acaudalado, no obstante, se le solicitaba que cargara dos barriles grandes de agua desde el mercado, a fin de recordarle que era simplemente un ser humano y así alojar dentro de él el sentido de la humildad”. Rabí Bunem pareció estar un poco perturbado por este enfoque. Le dijo al nuevo discípulo: “Déjame contarte una historia”.
‘Había una vez un rey que apresó a tres de sus súbditos y los envió a una oscura celda. Dos de los prisioneros eran hombres sabios, el tercero- un gran tonto. Cada mañana, bajaban comida al calabozo para alimentar a los reclusos, pero debido a la oscuridad reinante, el tonto no podía entender qué le daban. Cuando le daban una cuchara, él creía que era un tazón, etc. Por eso, nunca supo cómo utilizar los recipientes apropiadamente ni cómo llevar comida a la boca.
Uno de los hombres astutos le enseñaba a este pobre compañero, cada mañana, cómo utilizar el utensilio que le habían entregado. Cada día les daban a los prisioneros distintos tipos de recipientes, y en un orden diferente y el hombre inteligente tenía que guiarlo. Sin embargo, el otro sabio permanecía pasivo, nunca instruía o guiaba al tonto.
Una vez, el primer sabio perdió la paciencia y preguntó a su compañero de prisión: “¿Por qué no tratas de ayudar al tonto a comer? ¿Por qué debo ser yo el único que se interesa por él?” El hombre astuto dijo: “El método que estás empleando para resolver el problema nunca ofrecerá una solución definitiva. Cambian el sistema todos los días. De este modo, cada vez tienes que enseñarle todo de nuevo. Estoy contemplando cómo hacer una grieta en la pared, de manera que los rayos del sol entren a nuestra oscura celda, y luego el tonto podrá, automáticamente, ver por su cuenta…”
Rabí Bunem explicó que hay dos maneras de tratar la arrogancia. Una es encontrar el modo de dominar una inclinación negativa, ya sea haciendo que la persona egotista acarree barriles de agua en público o utilizando cualquier otro método. Pero, de esta manera no se ha eliminado la causa del problema. La persona sigue sentada en la oscuridad, luchando con sus obstáculos internos. El estilo del Rabí Bunem era tratar de inundar al alma humana con una luz, una perspectiva, con un modo de mirar el mundo, que permitiera a la persona ver, de forma independiente, cómo ordenar su vida.

(Gentileza de Rab. Pini Baumgarten)

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