Conciencia y resposabilidad

Solamente dos veces en la Torá hallamos la destrucción Celestial de una población entera: el Diluvio, y Sodoma y Gomorra.

Tan descarriados y tan pecaminosos como varios pueblos o culturas pueden haber sido, sólo en estos dos incidentes ellos fueron considerados completamente incorregibles y más allá de cualquier esperanza de cambio. Donde existe siquiera la más débil posibilidad de cambio, no hay destrucción. “Pues Yo no deseo la muerte de un pecador, es la palabra de Di-s, más bien que él se arrepienta de sus caminos y viva” (Ezequiel 18:32). La destrucción de una población entera ocurrió solamente cuando su condición era tal que excluyó cualquier posibilidad de corrección.

¿Qué había en torno de estas dos poblaciones que las volvió tan totalmente incorregibles?

El Midrash declara que a pesar de que la generación del Diluvio era moralmente corrupta, su ruina fue sellada solamente a causa del robo. El Midrash prosigue explicando que ésta era una singular clase de robo, porque ellos practicaban un robo de menos que una prutá (la moneda más pequeña), menos que la cantidad que podía legalmente ser considerada robo, y la cual consecuentemente no se solucionaba apelando a la ley.

El pueblo de Sodoma y Gomorra tuvo un comportamiento similar. En vez de hallar una excusa técnica para ponerlos más allá del alcance de la ley, simplemente cambiaron las leyes para obrar de acuerdo con su comportamiento, y alterando las leyes para acomodarlas a su desenfreno, legalizaron todo mal.

El común denominador de ambas poblaciones era que ellos se convencieron a sí mismos que sus acciones no eran malas. La generación del Diluvio logró esto evadiendo la ley, y los sodomitas alterando la ley. Ambos, por consiguiente, creían que no habían violado ninguna ley, y donde no hay conciencia de delito, no hay posibilidad de teshuvá, de corregir las acciones de uno.

Pecado per se no garantiza el último de los castigos, porque puede haber una conciencia que uno ha pecado y ha abandonado su camino. Es sólo cuando uno se engaña a sí mismo, creyendo que el mal es correcto, cuando no hay posibilidad de cambio. “Por esto Yo los juzgaré a ustedes duramente, por decir ‘Yo no he pecado” (Jeremías 2:35).

Dentro de todos nosotros hay una poderosa tendencia a racionalizar nuestro comportamiento. El ietzer hará (inclinación malvada) es astuto, y nos provee de una abundancia de argumentos que suenan lógicos para justificar lo que estamos haciendo. Una persona puede tornarse bastante depravada sin estar consciente de su desviación.

Mientras leemos la historia de nuestro pueblo, tal como está registrada en las Escrituras, somos golpeados con la preponderancia de la decadencia de midot (rasgos de carácter), y la repetida exhortación por los profetas de hacer justicia, para proteger los derechos de los pobres, las viudas, y los huérfanos. Nuestra sensibilidad es ofendida por la desenfrenada corrupción. ¿Cómo pudo haber sucedido esto?

La respuesta se halla en las Escrituras. Había neviei sheker, falsos profetas, quienes distorsionaban la palabra de Di-s para satisfacer la avidez de aquellos que ocupaban cargos de autoridad, buscando apaciguarlos por sus propios actos inicuos. A pesar de que había muchos profetas verdaderos, las personas escuchaban lo que querían escuchar, y hacían oídos sordos a quienes les decían lo que necesitaban escuchar.

En toda época nosotros somos vulnerables a las influencias de neviei shekei; ya sean éstas personas quienes, bajo la apariencia de ser líderes espirituales, realmente desvían a las personas de la espiritualidad sancionando el desenfreno, o ya sean éstas racionalizaciones internas que nos dicen que lo que estamos haciendo es correcto.

Es de lo más difícil salir fuera de uno mismo y ser objetivo. Nuestras emociones pueden distorsionar cabalmente un autoanálisis. La única salvación puede provenir de verdaderos maestros, verdaderos líderes, y verdaderos amigos, quienes no están motivados por una búsqueda de popularidad o un deseo de personal de congraciarse. Estas serían personas que no vacilarían en llamarnos para exigir esfuerzo cuando nuestras acciones requieren una reprimenda, quienes no serían detenidas por el riesgo de perder nuestro favor. Tales individuos pueden despertarnos a la verdad acerca de nosotros mismos, y permitirnos ver aspectos de nuestro comportamiento que están mal, y rasgos que necesitan corrección o mejoramiento.

Existen tales individuos que pueden ayudarnos, pero solamente si nosotros les permitimos.

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