¿De dónde provienen nuestras creencias sobre la vejez?

Cada fase de la vida tiene un conjunto propio de características y necesidades…

Del mismo modo el crepúsculo de nuestras vidas tiene sus ventajas inherentes. Hay momentos, por supuesto, en que la sociedad moderna nos lo hace olvidar. Estamos celebrando constantemente la imagen del joven, que ha llegado a constituirse en la imagen de todo lo que es enérgico y deseable. Esto tiene un evidente efecto desmoralizador sobre los ancianos y, por extensión, sobre la sociedad en general. Si valuamos la vitalidad física de la juventud más que la inteligencia y la sabiduría, más que la vitalidad espiritual de un alma experimentada, ¿qué está revelando eso sobre todos nuestros valores?
De modo que hay dos visiones muy divergentes sobre la vejez: “Estás viejo y gastado, por lo tanto eres inútil”, frente a “Eres sabio y experimentado, por lo tanto eres indispensable”.
La Biblia nos asegura que la vejez es una virtud y una bendición. Se nos manda a respetar a todos los ancianos, sea cual sea su saber y devoción religiosa,1 porque cada año de vida suma sabiduría y experiencia, que los jóvenes, por virtuosos que sean, no pueden tener.
Pero en muchas sociedades actuales, la vejez se ha equiparado a pasividad. La juventud, entretanto, es considerado el mejor antecedente en cualquier campo, desde los negocios al gobierno, donde una generación joven insiste en aprender de sus propios errores en lugar de apoyarse en los hombros de sus mayores. A los cincuenta años, una persona es considerada “en el punto más alto de la colina, y se le empieza a insinuar que su puesto podría ser ocupado con más eficacia por alguien con veinticinco años menos. La sociedad, en efecto, está dictando que los últimos años de una persona queden marcados por la inactividad y la declinación. A los mayores se los alienta a mudarse a colonias de retiro y hogares para ancianos; después de décadas de logros, se les encuentra poca utilidad, y de pronto se decretan inútiles sus conocimientos y talentos.
En la superficie, esta actitud moderna puede parecer al menos parcialmente justificada. ¿No es un hecho que una persona se debilita físicamente cuando avanza en años? ¿No es un hecho ineludible que el cuerpo físico de un hombre de setenta años no es el cuerpo físico de alguien de treinta?
¿Pero acaso el valor de una persona ha de medirse por su vigor físico? El tema va más allá de cómo tratamos a los ancianos; nuestra actitud ante ellos refleja nuestro concepto mismo de “valor”. Si el vigor físico de una persona se ha desvanecido mientras que su sabiduría y perspicacia han crecido, lo consideramos una mejora o una declinación?
Es cierto que si las prioridades de una persona en la vida son materiales, entonces el debilitamiento físico del cuerpo significa también un deterioro del espíritu: un descenso al aburrimiento, la futilidad y la desesperación. Pero cuando uno considera al cuerpo como un accesorio del alma, la verdad es la opuesta: el crecimiento espiritual de la vejez revigoriza el cuerpo. Y los últimos años nos permiten reordenar positivamente nuestras prioridades, lo que es difícil de hacer durante los años medios, cuando la busca de ganancias materiales está en su pico.
La idea del retiro está arraigada en la idea social de que la vida está compuesta de períodos productivos y no productivos. Los primeros veinte o treinta años de la vida son vistos como un momento en que una persona se está preparando para una vida productiva. Los siguientes treinta a cuarenta años son los de la realización de sus energías creativas; empieza a devolver lo que han invertido en él sus padres ahora pasivos, y, a su vez, empieza a invertir en la generación más joven, todavía pasiva. Por último, mientras entra en sus últimos años, deja atrás su período de logros “reales”. Si se siente poseído de un impulso creativo todavía, se le aconseja que bus-que algún pasatiempo inofensivo para llenar su tiempo. De hecho, el tiempo se ha vuelto algo que debe ser llenado. En cierto sentido, ha recorrido un círculo completo que lo devuelve a la infancia: una vez más es el recipiente pasivo en un mundo conformado por la iniciativa de los otros.
El momento de disfrutar pasivamente de los frutos del trabajo tiene realmente su momento y lugar: el otro mundo. El hecho mismo de que Di-s le haya dado a una persona un solo día extra de vida corporal significa que ese hombre o mujer no ha concluido su misión en la vida, que todavía tiene mucho que lograr en este mundo.
Un adulto trabajador puede recordar con nostalgia la infancia como un momento libre de responsabilidad y trabajo. Pero cuando crecemos desdeñamos esa “libertad”, y queremos hacer algo real y creativo. De modo similar, la promesa de un “feliz retiro” es un mito cruel, pues conocemos la verdadera felicidad sólo cuando estamos contribuyendo creativamente con nuestro mundo. El estado físico debilitado de la vejez, en consecuencia, no es una sentencia de inactividad, sino un desafío a encontrar modos nuevos, y superiores, de realización.

Un anciano que a duras penas podía caminar pidió a un grupo de jóvenes que lo ayudara a cargar sus paquetes. A cambio los jóvenes empezaron a burlarse de él: “Los viejos como tú deberían quedarse en su casa “, dijo uno de ellos. “Son inútiles, y una carga para nosotros.
Los jóvenes eran músicos, y unos pocos días después fueron al bosque en busca de un lugar tranquilo donde tocar. Cuando iban caminando, oyeron desde un claro una voz hermosa cantando una hechizante melodía. Desde la distancia vieron al fin al cantante, sentado solo sobre una piedra, cantándole a los cielos. Se acercaron, y vieron que no era otro que el anciano.

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