¿Qué significa creer en Di-s?

Incluso el ateo más honrado estará de acuerdo que un ser original debe haber precedido el universo…

Incluso el ateo más honrado estará de acuerdo que una primera causa, un ser original, debe de haber precedido el universo. Esta causa original o la fuente es eso que le dio una lección de humildad a Einstein, aunque él lo describió incorrectamente como una experiencia religiosa. Las preguntas de fe empiezan con cómo nosotros entendemos esta Primera Causa, su naturaleza, y su relación con nosotros y el universo.
La declaración, “yo creo que hay un Di-s” carece de sentido. La fe no es la habilidad de imaginar lo que no existe. La fe es hallar la relevancia en lo que es trascendente. Creer en Di-s, entonces, no significa que usted es de la opinión que Él existe, sino que usted ha encontrado la relevancia en Él. Cuando una persona dice: “yo creo en Di-s” lo que realmente quiere expresar es “Di-s es significativo en mi vida.”
Discutiendo nuestra relación con Di-s, la pregunta que nosotros necesitamos formular primero es: ¿A quién le importa? ¿De qué manera Él es relevante?
Para algunas personas, Di-s es relevante porque se preocupan por los orígenes de la existencia. Para otros, Di-s es pertinente pues se preocupan por la vida después de la vida, y la fe es un requisito previo para llegar al cielo. Finalmente, para otros, Di-s es relevante porque creen que la vida tiene un propósito.
En el Judaísmo en general, y en el Jasidismo en particular, el interés en Di-s proviene de la convicción en que la vida tiene un significado. La pregunta recurrente en el pensamiento Jasídico es: ¿Por qué un alma es enviada a este mundo a sufrir en un cuerpo físico, durante 80, 90 años? Nosotros sabemos que hay un propósito, ese Di-s es el autor de ese propósito, y nosotros queremos saberlo y entenderlo.
El Jasidut Jabad enseña que la mente es la capacidad del alma de descubrir la lógica, el corazón es la capacidad del alma de responder negativamente o positivamente. Las funciones respectivas de la mente, el corazón y alma están a menudo confundidas.
Aquel que vive exclusivamente de acuerdo a su corazón, confía en lo que siente. El que vive exclusivamente de acuerdo a su mente, confía sólo en lo que concuerda. Pero ninguno de éstos le dice la verdad. La mente demanda que se confíe en la lógica, el corazón exige que se confíe en las emociones. Todavía ambos pueden estar equivocados. Ellos no revelan la verdad inherente. Para eso, nos volvemos al alma, la neshama. Porque el alma es una parte de lo Divino—y ésa es la verdad. Cuando nosotros tenemos fe, cuando encontramos relevancia en Di-s, estamos confiando en ese instinto del alma que nos dice que Di-s es el propósito de la vida.
En términos pragmáticos, la mente, el corazón y el alma deben cada uno cumplir su función: cuando sabemos todo lo que se puede saber, cuando llegamos al borde del conocimiento, y la lógica misma nos dice que hemos alcanzado sus límites exteriores y no puede manejar lo que está más allá de este punto, entra a jugar la fe. Donde la mente ya no es adecuada, el alma responde a la verdad. Ésta es la fe.
Esta fe, esta respuesta del alma, es necesaria en el cumplimiento de esa categoría de mitzvot conocidas como jukim, las leyes supra-racionales, leyes que no subscriben para razonar.
Si alguien tiene dificultades con estos preceptos particulares, es una indicación de que puede estar confiando en la mente y corazón a expensas de su propia capacidad de reaccionar a la verdad—la expresión de su alma. Cuando un judío cumple una mitzva antes de intelectualizarla totalmente, está permitiendo a su neshama responder a la verdad.
Es una habilidad que a menudo necesita ser cultivada. El sexto Rebe de Lubavitch, Rabi Iosef Itzjak Schneerson (1880-1950), relata en sus memorias que una vez, cuando era pequeño, pidió a su padre que le explicara por qué nosotros seguimos una costumbre particular cuando recitamos la Plegaria de Modé Ani al despertarse por la mañana. En lugar de darle la respuesta, el padre del Rebe lo llevó a un anciano, un judío simple, y le preguntó: “¿Por qué usted dice Mode Aní de esta manera particular”? El hombre respondió, “Porque así es como mi padre me enseñó a hacerlo”. El padre del Rebe podría fácilmente haberle dado el motivo racional de la costumbre. En cambio, lo vio como una oportunidad de ejercer su habilidad de responder con la fe.
A esto se debe que en Jabad Lubavitch es usual invitar a un judío—incluso a aquel que declara no creer—a realizar una mitzva, antes de entablar una discusión acerca de la fe. Porque en la consideración de la existencia del alma, asumimos que no tenemos que convencer a las personas del propósito Divino de la vida. Nosotros apenas tenemos que conseguir que empiecen, y con cada mitzva que ellos realizan, su neshama se afirma más, y se contestan sus preguntas. Por vía de la analogía, si el instinto maternal de una mujer parece estar ausente, usted no discute con ella acerca de la filosofía de la maternidad. Simplemente ponga un bebé en su regazo y su instinto maternal emergerá.
La relevancia que nosotros encontramos en Él diferirá de persona en persona. Siendo que Él es todo, las personas experimentarán a Di-s de toda manera posible. Él es el Di-s de Abraham e Itzjak, de Benevolencia y Poderío. Y también es verdad, cuando Di-s dice, “Yo soy conocido según Mis hechos”. Algunos lo conocerán como un Di-s que premia, otros como un Di-s que castiga, Quién proporciona, Quién ahorra, Quién ilumina, Quién inspira, y así sucesivamente.
Al principio, Di-s Se reveló como el creador, maestro, rey- todos papeles muy impersonales. En la Halajá (la ley de Torá) Di-s revela Sus leyes, pero no permite mostrar Sus “sentimientos personales”. Después, en la Cabalá, Di-s se hace vulnerable; Él comparte detalles íntimos. Él se humaniza en una relación bi -direccional. Así que el que se dedica a la Halajá tiene gran respeto por la sabiduría de los Preceptos, mientras el místico ve a Di-s tomarse las mitzvot como algo personal. Cuando Di-s dice, “no destruyas los árboles de fruta” si fuéramos sensibles no sólo oiríamos un mandato, sino veríamos algo sobre Di-s. La Cabalá revela ese algo. Las Halajot son los detalles; la Cabalá lee entre las líneas.
La Cabalá nos da una perspectiva muy diferente de la conducta “antropomórfica” de Di-s. Nos recuerda que la Torá viene a enseñarnos sobre Di-s, y que las expresiones como “Di-s habló,” “la mano de Di-s” “el enojo de Di-s” necesitan ser consideradas desde la perspectiva de la Torá o de Di-s. Nosotros no somos el punto de referencia para la conducta de Di-s; Di-s debe servir como una referencia para nuestra conducta. Él creó el mundo. El discurso, la mano, el enojo, los celos- son todas Sus creaciones, éstos son todos derechos Divinos. Nuestro discurso, nuestra mano, nuestro enojo, nuestros celos- son sólo metáforas para lo real, no al revés. Cuando nosotros leemos que: “Di-s levanta Su mano” y raja el mar, necesitamos medir nuestra propia mano contra eso. Cuando nosotros la levantamos, ¿qué pasa? Nada. Aprendemos entonces, que nosotros realmente no somos tan poderosos como Di-s. Cuando leemos que Di-s se enfada y castiga porque Él creó un mundo con un propósito Divino, y ese propósito es frustrado, no-sotros debemos medir nuestro propio enojo contra eso. ¿Qué hemos creado? Nada. Por consiguiente, no podemos enfadarnos ni castigar como Di-s hace. Considerar el enojo de Di-s y otros atributos de esta manera nos trae a un humilde reconocimiento. Sólo cuando nuestro enojo o celos son una expresión de indignación moral, reflejan de verdad, calidades Divinas. Sólo entonces, podemos ejercer tales expresiones. Cualquier verdad que hay en nosotros, es en extensión lo que nosotros encarnamos de lo que Él nos dice sobre Sí.

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