¿Dejá vu o he estado alli?

Todos hemos tenido esa sensación familiar, de volver a vivir una experiencia o evento del pasado. Es un sentimiento raro, como sentirse arrastrado en una maquinación de tiempo o en una “montaña rusa” cronológica. Un momento de “déjà vu” nos desorienta, más que el despertarse en una escena poco familiar. Cuando nos encontramos cambiados de sitio, perdemos nuestro sentido de dirección y equilibrio. Y nos toma un momento recobrar lo familiar. Pero una vez que hemos recobrado nuestro equilibrio emocional, hay una cierta alegría, una alegría que sigue al “déjà vu”.

Un cliché recientemente acuñado intenta prever el desalojo psicológico anticipándoselo, trivializándolo, y despidiéndolo. “He estado allí, he hecho eso” desdeña el valor de la repetición, como si todas las experiencias deben ser nuevas – completamente desconectadas de cualquier experiencia anterior, pues entonces no tendríamos ninguna presión, ningún contexto para nuestras sensaciones.

“He estado allí, he hecho eso” nos distancia de lo familiar, y así lo trivializa, declarándolo muy familiar. Expresa que sólo vale la pena apreciar la nueva experiencia. El quitar la importancia del volver a vivir, de ir atrás donde hemos estado, garantiza que la nueva experiencia que buscamos pronto será también un cliché.

Cuando pensamos en nuestras vidas en términos del déjà vu, pareciera que nos esforzamos en evitar y crear un modelo, una estructura, una serie de hábitos. Si reproducimos un momento en nuestras vidas, perdemos por ese momento el quienes somos porque cualquier cosa que estaba entre el deja vu y ahora, no existía- y aquéllas “inexistentes” experiencias son quiénes somos ahora. (En cierto sentido, el déjà vu nos da una oportunidad para cambiar el pasado.) Pero si rechazamos la repetición, si nos negamos a permitir que una experiencia se vuelva un hábito, nos desestabilizamos. Terminamos agotándonos en el mismo fastidio que estamos tan desesperados de evitar.

En ninguna otra parte encontramos la paradoja del déjà vu más poderosamente que en la Plegaria. Por un lado, la oración puede reducirse, en esencia, a una persecución del déjà vu. Si pensamos acerca de nuestras experiencias más poderosas vividas mientras rezamos, ¿acaso no queremos repetirlas cada vez que oramos? Ciertamente todos hemos tenido lo que se llama una epifanía, un encuentro con lo Divino, una revelación espiritual. Y ciertamente, ese encuentro nos traspasó entonces y todavía nos transforma. ¿Y no perseguimos esa misma sensación, la misma revelación, cada vez que oramos? ¿No queremos ser trasladados de nuevo, experimentar un déjà vu espiritual?

Y más aun, la Plegaria debe ser una actividad de repetición, una recitación de lo familiar para que podamos compartir, podamos incluir a otros, y así construir una comunidad. El servicio de la oración proporciona una forma – pero no una fórmula – para el infinito, una manera de habituarse a lo trascendente, y comunicarse a través de niveles de entendimiento y madurez. Igualmente, las formas pueden tornarse de rutinas saludables a hábitos embotados. Y cuando la oración se vuelve un ejercicio trivial, cuando evoca en nosotros un resistente “he estado allí, he hecho eso“ se vuelve la cáscara de sí misma, una burla sin sustancia del déjà vu transformativo.

Así que cuando llega el momento para orar, debemos preguntarnos, si queremos un déjà vu o un “he estado allí, he hecho eso”. Y de acuerdo a cómo contestamos esa pregunta, será como nos acercamos a las Plegarias, y determinará cuál tipo de Tefilá será.

(Adaptado del L’Chaim)

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