¿Cómo fue tu día?

Si hiciéramos una lista de todas las cosas que hicimos hoy, podría quedar así: nos levantamos, hicimos ejercicio, nos duchamos, tomamos el desayuno, hicimos un llamado, leímos el diario, miramos el pronóstico del clima, nos vestimos, fuimos a trabajar, tuvimos unos momentos agradables con unos colegas y unos momentos desagradables con otros, salimos a almorzar, tuvimos unas reuniones productivas y algunas improductivas, volvimos a casa, cenamos, trabajamos un poco en unos papeles, charlamos con la familia, leímos una revista, y nos fuimos a dormir. A lo largo de esta rutina, tuvimos cientos de encuentros triviales, y quizás uno o dos importantes…

La vida está hecha de incontables fragmentos como esos. El valor de un día puede no parecer muy grande, pero sumando las piezas día tras día, año tras año, terminamos con toda una vida dividida en millones de fragmentos, sin ningún hilo conductor ¿Qué tiene esto de malo? Los seres humanos naturalmente aborrecen la fragmentación, que destruye nuestra paz mental y crea tensión y ansiedad. Lo que es peor, estas actividades triviales están destinadas a cubrir los muy pocos hechos realmente importantes de nuestras vidas.

Con el tiempo, los fragmentos se acumulan y empiezan a asfixiar nuestra alma. Mientras que nuestro yo interior ansía la concentración, el objetivo y la dirección, cualquier experiencia pasajera perturba su curso firme. ¿Puede sorprender que después de cuarenta o cincuenta años de arrastrarse a lo largo de esos días inconexos, nos despertemos de pronto y nos preguntemos:
¿Qué he hecho con mi vida? ”.
Todos queremos vivir una vida con sentido, y todos consideramos preciosas nuestras vidas.

¿No se desprende de ahí, entonces, que cada día es precioso también, y cada minuto? Después de todo, constantemente nos esforzamos por dejar nuestra marca en la humanidad, por contribuir con algo valioso a nuestro mundo. Nunca sabemos cuándo puede presentarse una oportunidad de hacerlo. ¿No deberíamos estar preparados en todo momento?

Podemos tener las mejores intenciones y las más altas aspiraciones de lograr grandes cosas, pero cuando nuestro día está lleno con la actividad cotidiana, simplemente no tenemos espacio para nada más. Con tantas horas dedicadas a ganarse la vida, a comer y dormir, a cumplir con las obligaciones sociales,

¿cuánto tiempo nos queda para satisfacer las verdaderas necesidades, para perseguir los objetivos más altos? En medio del clamor de la vida caótica, ¿cómo oír la voz del alma?
Obviamente, es imposible eliminar las necesidades cotidianas básicas: hay que comer y dormir y ganarse la vida. De modo que la única opción es encontrar un hilo que una todas las actividades cotidianas y cosa todos los fragmentos.

Este hilo es la misión que Di-s nos ha pedido que cumplamos: refinarnos a nosotros y cada aspecto de nuestra vida, desde el intelecto y las emociones hasta las actividades más mundanas. Esa concentración tiene un resultado doble: todo en la vida se conjuga en dirección a un fin, eliminando la fragmentación; y hasta la más pequeña actividad queda imbuida de verdadero sentido, ya que todo lo que hacemos tiene un propósito Divino.

¿Cómo nos volvemos Divinos? Conectándonos con nuestra alma. ¿Y cómo nos conectamos con el alma? Dándole tiempo. En lugar de reconocer esporádicamente al alma, en ciertos momentos y lugares, la reconocemos todo el tiempo, en todas partes. Santificamos todo momento de la vida: no sólo cuando estamos estudiando o rezando o haciendo acciones de caridad, sino mientras estamos comiendo y durmiendo, en casa o en el trabajo, mientras viajamos o estamos de vacaciones. En lugar de hacer de memoria las actividades diarias, descubrimos lo Divino que hay dentro de cada una de ellas.

¿Cómo se vive un día pleno de sentido?
Cuando nos despertamos por la mañana, mientras estamos todavía en la cama, pensemos por un momento: ¿Qué significa estar despierto y vivo? Empecemos cada día con una plegaria; agradezcamos a Di-s por el nuevo día. Reconozcamos nuestra alma y la vibración y fortaleza que nos da. Pensemos qué nos gustaría lograr como para que ese día tenga sentido. Practiquemos de hacer esto cada mañana, y empezaremos a ver nuestra vida bajo una luz nueva y más intensa.

Pero concentrarse en el alma es una actividad que dura todo el día, no para confinaría a los primeros momentos del despertar. Es preciso crear espacios durante el día en que podamos estar a solas con nuestra alma y con Di-s. Estudiemos algo importante, usando nuestro intelecto para pensar en Di-s, y contemplemos el propósito de nuestra existencia. A medida que la jornada se va haciendo más frenética, volvamos a ese momento de calma cuando nos despertamos, cuando cristalizaron nuestros pensamientos y deseos. Tratemos de recuperar esa concentración, y apliquémosla al momento presente, creando una isla de finalidad en un mar de azar.

Deberíamos terminar el día tal como lo empezamos. Cuando nos preparamos para el sueño, revisemos el día y veamos cómo usamos sus oportunidades. Reconozcamos que Di-s nos ha puesto aquí con un propósito, y que todas nuestras actividades deberían expresar ese propósito. Vayamos a dormir con la resolución de que por bueno (o por no tan bueno) que haya sido ese día, el siguiente será mejor. Si lo hacemos así, tendremos un sueño más tranquilo y el despertar tendrá más sentido.

Al conectarnos con el alma como primera acción de la mañana y última de la noche, instilamos un sentido nuevo a cada actividad que queda en medio. En lugar de actuar empujados por la minada de hechos triviales que pueblan cada día, empezamos a controlarlos. En lugar de ver cientos de fragmentos aislados, vemos un cuadro general y las muchas piezas de que está compuesto.

Descubrimos la santidad y lo sagrado en todo lo que hacemos. Cuando comemos, no estamos solamente satisfaciendo nuestra hambre o consumando un deseo, sino dándole al cuerpo y al alma el alimento que necesita para ayudarnos a volvernos una persona mejor. Cuando llevamos adelante un negocio, no estamos apenas trabajando para sobrevivir, sino usando nuestras habilidades para ayudar a refinar el mundo enseñando a otros y poniendo un ejemplo de virtud. Cuando visitamos a la familia y a amigos, no estamos sólo pasando el tiempo sino tratando de inspirarnos mutuamente para sacar plena ventaja de nuestras distintas capacidades. Hasta dormir toma una nueva dimensión; en lugar de verlo como un fragmento más de la vida, una porción lamentablemente grande del día a la que debemos renunciar, el sueño se vuelve una oportunidad de rejuvenecer el alma devolviéndola a un Sitio separado de las preocupaciones materiales, para que vuelva renovada para un nuevo día significativo.

¿Cómo habría que administrar el tiempo dentro de la jornada?

Sin dudas, el mundo material y las necesidades cotidianas nos distraen de la tarea de vivir con sentido. Es por eso que es tan importante conectarse con el alma por la mañana. Antes de que el día comience, todavía no estamos comprometidos en ninguna actividad física. Y es sólo físicamente que estamos limitados por el tiempo y el espacio; mentalmente, no hay tales limitaciones. Entonces, durante esos primeros momentos del día, que son nuestros y sólo nuestros, podemos superar esos límites y concentrarnos plenamente en cuestiones espirituales. Y esto nos da la oportunidad de planear la administración del tiempo todo a lo largo del día.

Hemos sido condicionados a ver el paso del tiempo como un adversario. Siempre estamos corriendo a una cita o tratando de cumplir con un plazo Pero el tiempo no es sino otra de las creaciones de Di-s, y como tal tiene una vida propia. Cuando desperdiciamos un momento, lo hemos matado en cierto sentido, dejando escapar una oportunidad irremplazable. Pero cuando usamos el momento como se debe, llenándolo de finalidad y productividad, vive para siempre.

Esta es la clave de la administración del tiempo: ver el valor de cada momento. Esto no sólo nos hará tratar de modo más precioso cada momento, sino que seremos más pacientes con nosotros mismos y con los otros, al reconocer que hay millones de momentos en el camino de cada realización que valga la pena.

No se pueden agregar más minutos al día, pero sí se puede utilizar cada uno del modo más pleno. ¿Cómo se hace esto? Concentrándose totalmente en la actividad en que nos hallamos en un momento dado, ignorando todo lo que vino antes y lo que habrá después. ¿Y cómo se logra esa concentración? Reconociendo que todo lo que hacemos es importante para Di-s, y es una pieza vital del cuadro más amplio de la vida.

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