¿Cómo aliviamos nuestro dolor?

El dolor es una experiencia solitaria. Aun así, debemos esforzarnos por reconocer que nuestro dolor es, de algún modo, el modo que usa Di-s para comunicarse con nosotros…

Es muy difícil librarse solos de la garra viciosa del dolor, pues el dolor mismo puede tenernos de rehenes, limitando nuestra actividad y visión a un punto donde somos casi impotentes. Es esencial, entonces, acudir a la familia o los amigos para obtener una perspectiva más amplia.
La liberación del dolor empieza con el movimiento: apartándonos y distrayéndonos de la situación dolorosa, apartándonos de la causa que produjo esos síntomas dolorosos, de modo que podamos empezar a curarnos. Este movimiento puede ser tan simple como encontrar un nuevo amigo, leer un nuevo libro, involucrarse en un proyecto, o tomar una clase: cualquier cosa que ayude a alterar nuestra perspectiva solitaria y miope sobre nosotros mismos y el mundo.

Para algunos, empezar a salir del dolor exige un fuerte impulso. No habría que esperar hasta tocar el duro fondo. Aquí es donde los verdaderos amigos juegan un papel vital. Cuando alguien a quien queremos está sufriendo dolor, debemos estar a su lado, no importa qué necesite. Puede decir que quiere estar solo, que quiere elaborar por si mismo sus problemas, y esto hay que respetarlo. Pero debemos ayudarlo también a reconocer que necesita ampliar su perspectiva, y no limitarla más. Encontremos un modo de pasar tiempo con él, de hablar con él, de compartir pensamientos. Lo más importante es quererlo y ayudarlo a ayudarse.

Otro componente en el alivio del dolor es, paradójicamente, aceptarlo con alegría. Uno debe estar dispuesto a liberar su bien interior haciendo las paces con el alma y con Di-s. Y debe recordar que el dolor es una oportunidad para crecer; una oportunidad para revisar la conducta, de detenerse y examinar en la vida atareada la fuente de ese dolor. Es preciso reconocer que el dolor puede purificarnos, así como una madre desinfecta la herida de su hijo con alcohol. Claro que ella no quiere causar más dolor, pero sabe que es necesario para curar adecuadamente la herida.

Es importante ver el dolor como una prueba para verificar cuánto nos consume la comodidad material en contraste con el crecimiento espiritual. Cuando reconocemos nuestro verdadero objetivo en la vida, y lo procuramos con una firme voluntad, los obstáculos se vuelven estímulos; en lugar de sentirnos frustrados, recurrimos a nuestras reservas de vigor y decisión. De este modo, el dolor y el sufrimiento ponen a prueba nuestro verdadero compromiso con Di-s.

Aun así, no podemos dejar de preguntar: ¿Por qué tiene que haber sufrimiento? ¿No podría Di-s haber permitido que creciéramos sin el dolor?
Nuestra fe en Di-s determina que el hecho mismo de que no haya respuesta para esta pregunta es en sí mismo prueba de que no necesitamos responder la pregunta para poder consumar nuestro propósito en la vida. La clave para vérselas con el dolor y el sufrimiento es dejar de buscar una respuesta que satisfaga nuestras mentes. Después de todo, fue Di-s quien nos creó a nosotros, y no al revés. ¿Cómo podemos presumir de querer entender todos los caminos de Di-s? Así que cuando nos preguntemos: ¿Por qué Di-s permite este sufrimiento? o ¿Por qué Di-s permite la tragedia y la destrucción?, en última instancia nuestra única respuesta más genuina es: Sólo Di-s lo sabe.

Esta confianza no debe ser confundida con la resignación. En cambio, debemos ver en el dolor un impulso para redoblar nuestros esfuerzos por comportarnos correctamente, por alentar a otros a hacer lo mismo, y por aliviar el sufrimiento de nuestro prójimo en cada oportunidad. Reconociendo que el dolor sirve a un propósito más profundo, lo exponemos como lo que es: un desafío que debe enfrentarse con intensa decisión.
En lugar de dejarnos quebrar por el dolor, debemos demostrar nuestra completa fe en Di-s continuando la vida con un firme compromiso con la bondad, desafiando con ello a Di-s a ponerse a la altura de Sus promesas de ser justo. La fe en Di-s es nuestro modo de circundar el dolor. Le prueba a Di-s que, aunque podemos no comprender del todo nuestro dolor, lo reconocemos como parte de un bien mayor. Y pese a nuestros desconciertos, a nuestra confusión, pese a nuestro dolor, seguimos absolutamente confiados en que la bondad prevalecerá.

La fe verdadera no vacila. Un momento de crisis o de gran dolor es el momento de la plegaria y de la fe absoluta. Resignándonos a nuestro dolor, básicamente estamos renunciando a la bondad de Di-s. Al abandonar a Di-s, sólo estamos abandonándonos a nosotros mismos, pues el alma (nuestra línea de contacto con Di-s) es el único elemento eterno de nuestra vida. No importa cuánto dolor podamos sentir en el cuerpo, el alma sigue intacta y dinámica, siempre lista a reforzar su conexión con Di-s. Pero debemos hacer nuestra parte reforzándonos a nosotros mismos y nuestro compromiso de vivir una vida Divina. En última instancia, la mejor respuesta al dolor y el sufrimiento es la acción.
El dolor y el sufrimiento revelan el misterio inaccesible de Di-s. Y es al hombre o la mujer sufriente a quien le ha sido dado el derecho, como a ningún otro, de alzarse frente a Di-s, de desafiar a Di-s, y de crecer en el proceso.

Un maestro cercano al Rebe fue a pedirle consejo una vez. Su profundo dolor emocional como sobreviviente del Holocausto le impedía cumplir con sus responsabilidades docentes. “No hay palabras para consolarte’, le dijo el Rebe, «pero no puedes permitir que el Holocausto continúe en tu vida”. Aconsejó al hombre con palabras que había aprendido de su suegro, el Rebe anterior: “Somos obreros del día, y nuestra tarea es irradiar luz. No debemos gastar nuestras energías combatiendo la oscuridad. Sólo necesitamos crear día, y la noche se desvanecerá.”

1 comentario

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario