Controlar la propia ira

Nuestros rabinos nos enseñaron: “¿Quién es poderoso? Aquél que controla sus pasiones”…

La tribu de Shimón no recibió una porción entera del territo­rio para sí misma, sino una parte del de Iehudá. Se cumplía así la profecía de Iaakov a su hijo Shimón: “Los dividiré en Iaakov y los esparciré en Israel”.4 Y también se cumplía la profecía de Iaakov relativa a Shimón y Leví. Leví se fugó a las ciudades de refugio (arei miklat) mientras que Shimón no recibió un lote si­no que debió vivir entre la gente de Iehudá. Los dos hermanos, Shimón y Leví, habían demostrado excesiva furia al castigar a los habitantes de Shejem y el Todopoderoso consideró que una forma de apaciguar su cólera era diseminarlos entre sus herma­nos. Los Leviim eran maestros, eruditos y recibían caridad a tra­vés de los diezmos. El ejercicio del magisterio les había enseña­do a ser humildes y a controlar sus emociones. Y la situación de Shimón era similar.

Nuestros rabinos nos enseñaron: “¿Quién es poderoso? Aquél que controla sus pasiones”. Como se lee en Mishlei5 Proverbios): “Aquel que es lento para la ira es mejor que el hombre fuerte, y aquél que domina sus pasiones es mejor que aquél que conquista una ciudad”.6 Cuando uno está enojado, incluso Di-s se empequeñece ante sus ojos.

La midá (rasgo de carácter) positiva del dominio de sí mismo se pone de manifiesto en la siguiente historia:

Los discípulos de un gran Rebe jasídico, Ray Mordejai de Nes­chitz, sabían cuánto deseaba su Rebe un talit Katán (tzftzit) de Eretz Israel. En esa época, los viajes no eran tan fáciles como en la actualidad, pero no obstante, los jasidim lo habían podido ob­tener. El único problema era que faltaba terminar de coserlo. El jasid que debía hacer ese trabajo tenía que comenzar por cortar un agujero en el centro, pero debido a un error en la forma en que se había doblado la tela, cortó dos agujeros en lugar de uno. Desesperado al ver lo que había hecho, si bien había sido algo accidental, se lo dio a su Rebe y con gran temor y nerviosismo le explicó lo ocurrido.

Para su asombro, el Rebe replicó con calma: “¿Por qué estás tan preocupado? De todos modos los dos agujeros eran necesa­rios: uno para mi cabeza, y el otro para poder observar si me enojo”.

Extraído de Ayer, hoy y siempre

Editorial Bnei Sholem

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