Shabat en casa

Al ubicarme en el avión con destino a Chicago, eché una mirada a los pasajeros…


A pesar de compartir con ellos nuestra herencia, eran desconocidos. Vivo en New York, donde los extraños rara vez se saludan, aunque reciten las mismas Plegarias.
El avión se ubicó en la pista y me preparé para el despegue. Sin suerte. El piloto anunció que el vuelo estaba demorado 3 horas a causa de fuertes tormentas que azotaban Chicago. Miré el reloj alterada. Nunca viajo los viernes por la tarde por temor a no llegar a tiempo, pero en verano, cuando Shabat comienza a las 20 hs, creí que arribaría en horario. Me equivoqué.
Observé a mis correligionarios. Dos Kipot estaban examinando sus relojes. El Jasid estaba hablando por teléfono.
Media hora antes de llegar, el piloto anunció que el aeropuerto de Chicago estaba cerrado y aterrizaríamos en Milwaukee hasta poder continuar. Mi estómago se hundió. Faltaba una hora para el encendido de las Velas. No podría lograrlo. Como muchos Judíos observantes que trabajan en el mundo secular, viví situaciones cerca del límite, pero nunca había violado el Shabat.
En ese momento, las kipot y las faldas largas estaban en la parte posterior del avión. El Shabat estaba uniendo a los extraños.
Un hombre joven me dijo que íbamos a bajar en Milwaukee. El Jasid se había comunicado con el Rabino de Jabad, que se ofreció a hospedar a todos los pasajeros en Shabat. “Venga con nosotros”, sugirió. Asentí con mi cabeza, aunque alicaída, pues había planeado pasar ese fin de semana con mis padres desde hacía meses.
Mi compañero de asiento, no- Judío, notando mi desesperación, me preguntó qué era lo que estaba mal. Cuando le conté la historia, preguntó:
“Déjeme entender”. “¿Ud. se baja del avión en una ciudad desconocida, y va a pasar el Sábado con extraños?”
Por primera vez ese día, me di cuenta de lo afortunada que era.
Cuando el avión aterrizó, el piloto anunció que un grupo de personas desembarcaría por motivos religiosos.
Rápidamente me percaté de que estaba entre amigos. Al intentar llevar mis bolsos, una mujer insistió en ayudarme. Al subir a los taxis para dirigirnos a la casa del Rabino, el Jasid no me permitió pagar. Al llegar, el Rabino con su esposa estaban afuera para recibirnos como si fuésemos parientes.
El sol estaba ocultándose cuando ingresamos en la casa, donde una larga mesa de Shabat estaba tendida con un mantel blanco, vajilla y radiantes vasos de Kidush. Al encender las Velas de Shabat, una ola de paz acarició mi rostro. Con todo lo que había sufrido, sentía la calidez que provoca la noción de que el mundo se para con el primer destello de las Luces del Shabat.
Durante el tradicional banquete, el Rabino nos hechizó con relatos del Baal Shem Tov y nos informó que nuestro desvío hacia Milwaukee no fue por motivos meteorológicos sino guiados por la Divina Providencia.
Prolongamos la cena, disfrutando de nuestro santuario espiritual después de un día estresante. Compartimos nuestra decepción por la parada inesperada. La mayoría del grupo estaba viajando a Chicago para la boda de un amigo. El Jasid y su esposa no llegaron a un Bar Mitzvá.
Meditamos sobre las casualidades. Yo había compartido un campamento con mi compañera de habitación, una pareja había hecho negocios con mi padre, otro había estudiado en la Ieshivá con mi primo, el Jasid trabajaba en el pueblo donde nací, y yo había celebrado un Purim con el hijo de mis anfitriones en Crown Heights.
Exhaustos, nos retiramos a descansar.
A la mañana siguiente, luego de la Tefilá, llegó el almuerzo donde intercambiamos historias sobre nuestras carreras y sueños. Nos auto-llamamos los “15 de Milwaukee”. El sábado por la noche, regresamos a la rutina. Antes de comenzar el tramo final de nuestro viaje, llamé a mi marido para contarle lo que había vivido.
“¿Con quién y cómo pasaste el Shabat?” Preguntó preocupado.
Pensé en cómo explicarle quiénes eran estos extraños que me dieron lecciones objetivas sobre la hospitalidad y la fuerza que posee el Shabat para unir a los judíos.
Me di cuenta de la verdad: A kilómetros de distancia de mis padres, mi marido y mi hogar, hice lo que me propuse cuando fiché mi pasaje: Pasar el Shabat en familia.

Dina Yellin, The Jewish Week.

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