Di-s, Creador y La creación del universo

Di-s, Creador y Supervisor del mundo…

La Torá (Biblia) comienza con la descripción de la Creación divina del cielo y la tierra a partir de la nada. Sin embar¬go, el mundo estaba todavía vacío, carente de forma y desor¬denado. Por ello, durante los primeros seis días, Di-s diseñó y construyó cada cosa del universo ubicando a cada una en el lugar más apropiado para su función. El orden seguido fue el siguiente:
Primer Día — Creación de la luz y la oscuridad.
Segundo Día — Creación de los cielos al separar las aguas celestiales de las terrenales.
Tercer Día — acumulación de las aguas para otorgar visibi¬lidad a la tierra firme y creación de los árboles y la vegeta¬ción.
Cuarto Día — Creación y ubicación del sol, la luna y las estrellas en el cielo.
Quinto Día — Creación de la vida marina y las aves.
Sexto Día — Creación de los reptiles, los animales y el hombre.
En el Séptimo Día, Di-s “descansó” de Su obra y santificó ese día como Shabat, día de descanso.

Creación

La Creación del universo constituye el más extraordinario de los fenómenos ya que acaece a partir de la nada. Di-s así Lo dis¬pone y cada cosa cobra repentinamente vida. Este fue el más es¬pectacular de los milagros y el más ajeno a nuestra experiencia o imaginación. De ello extraemos que, a excepción de Di-s, na¬da tiene existencia de por sí, y la continuidad de la existencia de todas las cosas depende exclusivamente de la voluntad de Di-s.
Un hereje discrepaba en cierta oportunidad con un rabino: El mundo ha existido siempre y nadie lo ha creado”, decía el here¬je. Entonces, el rabino le pidió que saliera por unos instantes de la habitación. Al regresar encontró un hermoso cuadro sobre la pared. Admirado, el hereje preguntó quién lo había pintado, a lo cual el rabino contestó que al derramar pintura sobre la tela el cuadro había por sí mismo cobrado forma.
Al oír esto el hereje soltó una risa burlona y dijo: “Eso es im¬posible. Con sólo mirar su perfecto diseño, cualquiera puede asegurar que alguien lo pintó con esmero y con un fin determinado”.
Entonces el rabino respondió: “Lo mismo vale para el mundo. Si miramos atentamente veremos cómo cada parte existe e interactúa con las demás de manera tan perfecta que nos llevaría a decir que es la obra de un Creador omnisciente”.1
En general, damos por sentado nuestro sentido de la vista. Sin embargo, no actuaríamos así si consideráramos las distintas par¬tes del ojo que posibilitan la visión, a saber, la pupila, que actúa de persiana permitiendo la entrada de luz; el cristalino, que ajusta la luz en la retina, la cual a su vez transmite el mensaje de los objetos al cerebro vía el nervio óptico; los bastoncillos y co¬nos de la retina, responsables de la visión en blanco y negro y en colores; la córnea, que protege al ojo de eventual daño y, finalmente, los conductos lagrimales que ayudan en la remoción de partículas extrañas al ojo. El cerebro recibe la imagen inver¬tida y debe enderezarla antes de que se imprima. Y todas estas partes y operaciones tienen lugar instantáneamente para que el hombre pueda ver y apreciar el mundo que lo rodea. Así, aquél que eventualmente queda ciego, reconocerá plenamente la maravilla de la visión ya que es consciente de lo que deja de percibir.
Y lo mismo se aplica, por supuesto, a los demás sentidos co¬mo el oído, el gusto, el olfato o el tacto así como los procesos de pensar, comer y respirar entre otros.
La naturaleza y en especial el ser humano son evidencia plena del hecho de haber sido creados por un Ser superior.
Si bien en nuestra época la así llamada “teoría de la evolución ,que sugiere que el mundo se ha desarrollado en forma au¬tónoma, ha ganado relativa popularidad, muchos científicos en realidad la han puesto en duda o simplemente la han descartado. El problema es que deben explicar de dónde proviene la materia original así como el origen de la primera célula y átomos. Asimismo los evolucionistas deben explicar los procesos de re¬producción, respiración y excreción. Al rechazar la idea de un Creador, atribuyen el desarrollo de todo aquello animado o ina¬nimado en el universo a un hecho puramente casual.
El gran maestro y sabio de la Torá, Rabí Akiva, enseñó que así como la presencia de la casa es prueba fehaciente de la existen¬cia de un constructor, y la prenda lo es del tejedor, así también la presencia del mundo testifica el hecho de que Di-s, el Crea¬dor, Lo ha formado.2 En rigor de verdad, es científicamente lógico y comprensible aceptar el hecho de que un Creador, un Ser más allá del entendimiento humano, es y continúa siendo la causa de todo lo que existe. La composición y el funcionamiento que observamos en los reinos vegetal y animal nos muestran un diseño de gran complejidad y orientado a un fin determinado.
Ante esta realidad, la teoría de la evolución, que atribuye esto a la pura casualidad, queda automáticamente refutada.
Hasta un niño puede percibir, a través de su pura y simple “emuná” (fe) cosas que escapan a un no-creyente. Un gentil cierta vez preguntó a un niño judío cómo sabía que Di-s existe. Y el niño replicó: “Vivo cerca del mar. Cuando voy allí y observo huellas en la arena, sé que alguien ha estado ahí. De igual mo¬do, toda vez que levanto la vista y veo el sol, la luna, las estrellas y las maravillas de la naturaleza, sé que Di-s está ahí. Esas son algunas de Sus huellas en el universo”.

El orgullo como causa de la Caída

El Talmud nos cuenta que tanto el sol como la luna fueron originalmente creados de igual tamaño. No obstante, los ángeles se presentaron ante Hashem (Di-s) y en representación de la luna se quejaron argumentando que tal disposición era injusta e impráctica. Sus palabras fueron: “¿Es posible que dos reyes gobiernen un país y compartan una corona?”.
A lo cual Hashem respondió: “¿Están diciendo que ambos no pueden ser del mismo tamaño? Pues bien, entonces, como uno de los dos debe estar subordinado al otro, será la luna la de me¬nor tamaño y poder. El sol seguirá ardiendo con la misma intensidad como al momento de su creación, irradiando luz y calor durante todo el día. La luna, en vez, proporcionará sólo una reducida cantidad de luz en las tinieblas de la noche”.
Al oír esto, los ángeles de sintieron molestos y hablando en nombre de la luna, protestaron: “¿Es por el hecho de haber formulado una protesta racional, que debe recibir un castigo y volverse más pequeña?”.
Entonces Hashem, demostrando su eterna conmiseración los consoló diciendo: “La rodearé de innumerables estrellas luminosas que con sus destellos aumentarán su resplandor”. No la dejaré sola. Pero, por reclamar un lugar superior para sí, su luz será opacada”.
¿Cuántos de nosotros, sin ser verdaderamente conscientes de ello, pasamos la existencia persiguiendo gloria y honores? ¿Cuán seguido buscamos ser los primeros, ser superiores a to¬dos los demás sin reparar en el hecho de que ese afán egoísta de superioridad generalmente conduce a una amarga desilusión? En lugar de tratar de obtener nuestro ascenso a expensas del otro, deberíamos estar satisfechos con los logros alcanzados
¿Por qué el hombre fue creado un viernes a la tarde y no con anterioridad? Para que, en caso de volverse arrogante, tuviera siempre presente que aun el mosquito lo antecedió en la obra de la Creación.

Shabat

Hashem creó en seis días el mundo con toda su belleza y perfección. Sin embargo, faltaba un ingrediente esencial: el Shabat. Durante la semana, el hombre se debe al mundo materia], es es¬clavo de sus presiones y carece, por lo tanto, de cierta libertad. En Shabat, en cambio, el hombre gobierna a la manera de un rey su propio destino y puede, más que en ningún otro momento, vivir la experiencia de ser judío.
Es entonces cuando puede separarse de todo lo mundano y volcarse a Di-s. El Shabat es mucho más que un mero día de des¬canso dentro de la agitada semana laboral: es un símbolo de nuestra creencia en la divina Creación. En Shabat, el proceso de creación cesó totalmente. Por lo tanto, emulamos a Di-s con nuestra observancia del Shabat. Es interesante señalar que el mundo entero guarda la semana de siete días, lo cual testimonia que el mundo entero reconoce que Di-s creó el mundo en siete días. La semana entera gira en torno al Shabat.
En el relato de la Creación, la Torá nos dice que “Di-s terminó toda la obra en el séptimo día”. Y los comentaristas hacen una pregunta obvia: “Sj Di-s descansó el séptimo día, ¿cómo pudo haber terminado ese mismo día? Si no hizo obra alguna en Shabat, obviamente debió finalizar el sexto día. La respuesta que dan es que en Shabat Di-s creó “el descanso”, añadió el séptimo día, esta dimensión de tranquilidad y armonía. El mundo cesó en el proceso de cambio y pudo de ese modo participar y ser bendecido con la serenidad de Di-s. Ello explica por qué el concepto de paz es tan importante en Shabat.

Extraído de Ayer, hoy y siempre Editorial Bnei Sholem


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