Invierno

“Y no había todavía ninguna planta en la tierra, y ninguna hierba del campo había crecido, porque Di-s no había hecho llover sobre la tierra, y no había todavía un hombre para trabajarla

Y se levantó una niebla, y dio de beber a la superficie de la tierra”

Genesis 2:5–6

En la tierra de Israel, las lluvias se limitan a la mitad del año de Tishrei a Nisan (más o menos, de octubre a marzo). Por lo tanto, este período de seis meses se le conoce por el Talmud como la “Temporada de lluvias” (Iemot Hagueshamim), mientras que los seis meses desde Nisan a Tishrei (abril-septiembre) se denominan “Temporada del sol” (Iemot Hajamá) .

El calendario es más que una medida de tiempo, es también un ciclo que marca nuestra vida interior y nuestra relación con el Creador. Este ciclo espiritual se compone de dos partes básicas: una temporada de sol, y una temporada de lluvias.

Tanto la lluvia como la luz del sol son indispensables para nuestra supervivencia y la de la tierra. De hecho, hay cierta similitud en la manera en la que estas dos fuentes de alimentación se nos son dadas. La lluvia baja a la tierra desde arriba, como así también la luz del sol. En ambos casos parecemos ser receptores pasivos de una lluvia de bendiciones del Cielo.

Pero examinándolo más de cerca, podemos darnos cuenta que hay una diferencia significativa. Mientras que la luz del sol en un regalo unilateral de arriba, la lluvia se origina de la humedad que emerge de la tierra, formando nubes y devolviéndonos aguas vivientes. Entonces, la tierra no es en realidad un beneficiario pasivo de la lluvia que cae del cielo, sino que es ella quien la genera en primer lugar, elevando columnas de humedad de los océanos y lagos.

Obviamente la tierra no puede hacer esto por sí sola. Es el sol el que hace los patrones climáticos, que los lleva a través de la atmósfera y los impulsa hacia la tierra. En otras palabras, el sol es la fuerza detrás de la luz solar y la lluvia. El sol le da vida a la Tierra de dos formas: a) dándole alimento que la tierra simplemente absorbe de su benevolente proveedor, como los rayos de luz y calor b) nutrición, como ser la lluvia, que la tierra genera por sí misma, con el sol actuando como catalizador que despierta su potencial de auto-nutrición y ayuda a su realización.

Todo lo anterior también se aplica al mundo en miniatura que es el alma del hombre. Aquí, también, hay luz solar y lluvia, y el alma depende del sol, pero se diferencia en su relación con estos dos proveedores de su alimentación.

Al final, todo lo que poseemos, incluso nuestra capacidad de iniciar y crear, se nos concede desde Arriba. Sin embargo, Di-s sostiene nuestra vida interior de dos maneras: a) con el otorgamiento directo y unilateral de iluminación y experiencia (luz solar) y b), permitiéndonos y ayudándonos a gravitar hacia arriba en nuestra propia búsqueda de la verdad y el sentido de la vida, y con ello generar una alimentación espiritual de nuestra propia creación (lluvia).

Ambos regalos son cruciales para la vida espiritual del alma. Por un lado, reconocemos nuestras limitaciones. Entendemos que si hay algo absoluto y trascendente en nuestras vidas, debemos abrirnos a una verdad más elevada, una vedad a la que podemos solamente relacionarnos como receptores pasivos, ya que está más allá de lo que podemos generar por nosotros mismos.

Al mismo tiempo, la naturaleza humana dicta que nos identificamos más con algo que hemos logrado nosotros mismos: de que algo que se gana es más apreciado que un regalo, que una idea concebida independientemente es más significativa que una enseñanza de un maestro.

¿Lo real o lo ideal? ¿Mio o tuyo? Necesitamos los dos. De hecho, la tensión entre estas dos necesidades es crucial para nuestro crecimiento en todas las áreas, intelectual, emocional o espiritual.

Temporadas del alma

En el ciclo del año judío, los seis meses desde Nisan a Tishrei, es la Temporada del Sol, y de Tishrei a Nisan, de la lluvia.

Durante la temporada del sol, celebramos y volvemos a experimentar los grandiosos actos unilaterales de participación Divina en nuestro destino: El Éxodo de Pesaj, la entrega de la Torá en Shavuot…

La temporada de lluvias, por otro lado, se caracteriza por la iniciativa del hombre. El mes de Tishrei, que es el mes de Rosh Hashaná, Iom Kipur y los Diez Días de Arrepentimiento, es un momento de Teshuvá, de búsqueda del alma y de mejora personal. En la “temporada de lluvias” también están las Festividades de Janucá y Sucot. A diferencia de las Festividades bíblicas, que son ordenadas unilateralmente por Di-s, estas fueron humanamente iniciadas.

Otra festividad de invierno es el Año Nuevo del Jasidismo, que se celebra el 19 de Kislev. Las enseñanzas del jasidismo enfatizan la necesidad de apreciación intelectual y experiencia emocional en nuestro cumplimiento de los mandamientos Divinos (en contraposición a la mera observancia mecánica). Por lo tanto, el Jasidismo pertenece a la zona de “lluvias” de nuestras vidas espirituales.

A veces más, a veces menos

El calendario Judío se basa en el ciclo lunar, con el comienzo de cada mes en el primer o segundo día de la luna nueva. Debido a que la luna completa su órbita de la tierra cada 29,5 días, el mes judío alterna entre 29 y 30 días. Un mes de 30 días es llamado “Malé” (completo), mientras que el de 29 días es llamado “Jaser” (carente).

En términos generales, los meses siguen un patrón establecido: Nisan siempre es completo: Nisan siempre es completo, Yiar siempre es carente, Sivan completo, Tamuz carente, etc. Sin embargo, dos meses, Jeshvan y Kislev, no son así. Hay años es los que ambos son completos, otros en los que son incompletos y a veces uno sí y otro no.

En otras palabras, los meses del verano son siempre iguales, mientras que los de la temporada de lluvias son sujeto de cambio y fluctuaciones

En esto también, nuestro calendario refleja las dinámicas de las temporadas en el alma. El aspecto de la “luz solar” en nuestra vida espiritual es invariable Cuando nos entregamos a una verdad superior, también rendimos nuestras debilidades humanas e inconsistencias. Nos entregamos a lo que es infinito, perfecto e inequívoco, y lo que recibimos también es infinito, perfecto e inequívoco.

Pero cuando nos volvemos a nuestro ser de “lluvia”, nuestras iniciativas y logros están sujetas a las subidas y caídas de un ser imperfecto. Ésta es una temporada con meses fluctuantes, a veces falta, a veces está completo, reflejando la naturaleza vacilante de todo lo humano.

En ésto radica la debilidad de nuestra temporada de lluvias, así como su fuerza. Por todos los criterios objetivos, esto es la mitad inferior de nuestro ciclo interno, plagado por la inestabilidad y las deficiencias del estado humano. Pero también es nuestra mitad más flexible, en el que la falta puede ser transformada en una ganancia y una vulnerabilidad explotada como una fuente de bendición.

De las enseñanzas del Rebe de Lubavitch
Cortesía de MeaningfulLife.com

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