Iud Bet Tamuz – El niño en la cárcel

Las palabras de mi padre se grabaron en mi mente y en mi corazón…

Eran las dos de la tarde de un día de verano del año 1891. En la pequeña, pero conocida aldea de Lubavitch de Rusia Blanca, las calles estaban llenas de campesinos, de vagones y de caballos. Era día de mercado. Un niño de once años, Iosef Itzjak (único hijo del conocido Rabí Shalom Dov Ber de Lubavitch, el Rebe Rashab) caminaba hacia su casa en compañía de un amigo. En el camino se encontró con Reb Dovid, el carnicero, que corría hacia el mercado con un becerro a cuestas, una pequeña oveja en sus brazos y un canasto de gallinas.
Iosef apreciaba mucho a Reb Dovid, que era honesto, leal, aunque simple y sin educación. Nunca se quejaba de su desesperante pobreza. El carnicero, también apodado “Reb Dovid el dientudo” por la forma en que sus blancos dientes resaltaban al sonreir, aceptaba con agrado los trabajos más pesados aún en los fuertes calores del verano o en el frío más riguroso del invierno, con tal de poder ganarse la vida en forma honesta. Reb Dovid había olvidado la mayor parte de la instrucción rudimentaria que había recibido en el Jeider, pero todas las mañanas estaba entre los primeros del grupo que se reunía para recitar los Tehilim (salmos), y rezar con el despuntar del sol.
La cara de Reb Dovid se iluminó al ver a Iosef Itzjak, el hijo del Rebe. Sus dientes brillaron en una sonrisa al tiempo que le decía al niño: “Espero con la ayuda de Di-s, ganar bien en el mercado”. No había terminado de decir estas palabras cuando un policía se acercó corriendo y le propinó a Reb Dovid un golpe en la cara, haciendo sangrar su nariz. Iosef se sintió enfurecido por el ataque sin causa. “¡Borracho sucio!” le gritó, empujándolo con toda la fuerza de su joven cuerpo. El policía ordenó el arresto del niño, acusándolo falsamente, de haberle arrancado una medalla de su chaqueta y de impedirle el cumplimiento de sus obligaciones. Antes de que el niño pudiera decir palabra, uno de los asistentes del policía, un aldeano medio borracho, lo había tomado del cuello del saco, y lo arrastró a través de las calles hasta la estación de policía.
El mercado estaba en su apogeo. Los gritos de los mercaderes surcaban el aire. En la marea de gente, de carros, de caballos y otros animales, nadie vio cuando Iosef Itzjak era empujado a través de las tumultuosas calles. Llegaron a la estación de policía y Iosef fue entregado a la custodia del oficial de guardia con el informe del “crimen” cometido. El oficial miró al niño con desprecio, y le dio una cachetada, lo agarró de la oreja y lo arrastró hasta la celda oscura en donde lo encerró.
Un gran temor se apoderó del niño, y fuertes retorcijones en su estómago le recordaron que hacía bastante tiempo que no comía. Pensó: ¡Heme aquí en prisión tal como mis famosos y santos abuelos! En tal caso, debo necesariamente ocuparme del estudio de la Torá tal como ellos lo hicieron.
En la educación de Iosef, se había puesto mucho énfasis en el estudio y memorización de los capítulos de Mishná. La Mishná es la base de todo el Talmud. Se lo divide en seis “Ordenes”, de los que Iosef Itzjak ya sabía de memoria los primeros dos, un total de 163 capítulos. En la oscuridad de la celda comenzó a recitarlos de memoria.
De repente se sintió horrorizado por un ruido que escuchó en medio de la oscuridad. Tuvo miedo, pero se esforzó en concentrarse en las palabras de la Mishná y se alejó del rincón del que provenían los extraños sonidos.
En la oscuridad era imposible discernir la hora, así que Iosef decidió rezar la oración de la tarde, “Minjá”, ya que no se debe rezar esta oración después de la puesta del sol. Cuando se disponía a rezar, se debatía en la duda de si debía agregar algunas oraciones apropiadas para momentos de desgracia y con espíritu de arrepentimiento. ¡No!, decidió súbitamente. No sólo que no agregaría esas oraciones, sino que rezaría con gran alegría. El día en que Di-s le concedió el mérito de ser encarcelado por defender el honor de un judío, debía considerarse como una fiesta especial para él! Con alegría, Iosef rezó el servicio de la tarde y se dispuso a continuar sus estudios de Mishná.
Otra vez resonó el terrorífico y jadeante sonido en medio de la oscuridad. El terror se apoderó de Iosef Itzjak, hasta que recordó que su amigo le había entregado aquel día, una caja de fósforos, y que en el tumulto del arresto Iosef había olvidado devolverle, estando la caja aún en su bolsillo. Encendió un fósforo y vio yaciendo en el rincón de la celda… a un becerro con las patas atadas, con un bozal en la boca. Iosef Itzjak sonrió, sus temores desaparecieron.
Cuando había concluído con el repaso del primero “Orden” de Mishná, se escucharon pasos que se acercaban a la celda. La puerta se abrió y frente a él estaba el oficial que lo había arrojado allí.- ¡Perdóname!, dijo el oficial. No sabía quién eras -. El Jefe de Policía ordenó tu liberación. Por favor ten compasión y no digas que te golpeé y te arrastré de la oreja al calabozo. No lo hice por odio sino por costumbre. Después de todo, no se te cayeron los dientes ni sangró tu nariz. No fue tan terrible!
En la oficina del Jefe de Policía, Iosef Itzjak vió a Reb Dovid, al policía que lo atacó, y a dos testigos de la comunidad judía que atestiguaban a favor del Reb Dovid. El policía sostenía que el becerro que Reb Dovid había llevado al mercado, había sido robado a otro carnicero. Los testigos declaraban que Reb Dovid lo había comprado. Mientras la audiencia continuaba, el Sr. Silverbrod, un representante de la familia de Iosef, había llegado con una nota para el Jefe de Policía. Este la leyó y dijo que el niño debía ser devuelto a su casa libre de cargos.
Fuera del cuartel todos los amigos de Iosef Itzjak lo estaban esperando. Un carro había sido enviado desde su casa para buscarlo, pero el joven de 11 años prefirió caminar junto a sus amigos. Acompañados por el Sr. Silverbrod, el alegre grupo de niños atravesó las calles de Lubavitch y Iosef les relató todo lo que había sucedido. Los niños se rieron cuando escucharon acerca del becerro atado y amordazado en la celda, pero el Sr. Silverbrod se dio cuenta de que allí estaba la respuesta al misterio del robo del becerro y se apresuró a pasar la información.
El Jefe de Policía, al escuchar la información de que había un becerro atado en la prisión, quiso investigar. Mucho se asombró cuando descubrió que ese era el becerro robado. La investigación permitió descubrir que el policía que había atacado y arrestado a Reb Dovid, el carnicero, había sido el autor del robo, y había escondido el becerro en la cárcel, tratando de utilizar a Reb Dovid como chivo expiatorio. El corrupto policía fue despedido y el pueblo de Lubavitch se vio libre de un vicioso antisemita.

El padre de Iosef Itzjak, estaba orgulloso de su hijo. –Hiciste muy bien el defender a un justo y honesto judío, y si como resultado de eso, sufriste por algunas horas, no es tan terrible.
Ahora sabés, por qué es bueno saber Mishná de memoria. Si no hubiera sido por eso, ¿hubieras sido mejor que aquel becerro que como tú estaba en prisión? Porque utilizaste bien tu conocimiento de Mishná y porque repetiste y pensaste esas palabras de Torá, y porque las horas de prisión fueron utilizadas para rezar y estudiar Torá, te diferenciaste del becerro, y demostraste la superioridad del hombre sobre el animal. El niño, que después fue el Gran Rabí Iosef Itzjak Schneerson, el anterior Rebe de Lubavitch, escribió en sus memorias:
“Las palabras de mi padre se grabaron en mi mente y en mi corazón: Amar y apreciar a todo judío honesto, sin importar si es rico o pobre en el conocimiento de la Torá; defender el honor de un judío aún cuando sea peligroso hacerlo; almacenar “provisiones” de Torá y memorizarlas, para que en caso de que algo suceda, el tiempo no sea perdido sin palabras de Torá”.

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