Búsqueda educada

Nacimiento de Rabí Shalom DovBer Schneerson, el quinto Rebe y líder de Jabad: 20 de jeshvan.

El pequeño Shalom DovBer entró al estudio de su abuelo y estalló en lágrimas. Su maestro en el jeider le había enseñado el versículo de apertura de la Lectura de la Torá de esta semana: “Y Di-s Se reveló a él (a Avraham)…”; “¿Por qué”, lloró el niño, “no Se muestra Di-s a mí?”

Relativo y absoluto

Una característica de la enseñanza jasídica de Jabad es que todo lo que una persona aprende debe ser considerado una lección a aplicar en su propia vida.

Una historia jamás se cuenta simplemente para entretenemos o elogiar la grandeza de un individuo justo, sino para proveemos de un modelo que todos y cada uno de aquellos a quienes la historia es narrada puedan emular, cada cual en su propio nivel.
La citada historia fue relatada por el hijo y suceesor de Rabí Shalom DovBer, Rabí Iosef Itzjak Schneerson de Lubavitch, quien también ordenó que fuera impresa y divulgada. Obviamente, sintió que en esta historia había algo con lo que cada niño y educador podía identificarse y aplicar.

El joven Shalom DovBer no era un ordinario niño de cinco años. Estaba bendecido con el alma especial de aquel destinado a ser un líder de su pueblo. Viñetas de su reflexión y sensibilidad dejaban traslucir ya la poderosa mente que concebiría y sería autora de sus célebres hemshejim. Y fue criado en un ambiente sagrado por los más prominentes y dedicados educadores. ¿Cómo, entonces, podemos presumir que un paralelo de su anhelo por la presencia de Di-s en su vida pueda ser evocado en cada niño por cada educador?

De hecho, la educación, como un todo, es sumamente subjetiva en enfoque y ejecución. “Educa al joven según su manera de ser”, dice el más sabio de los hombres, “[de modo que] también cuando envejezca no se apartara’ de ella”3
El educador debe hablar al niño en sus propios términos, los del niño y transmitir su lección en un nivel específicamente medido conforme la capacidad de comprender y asimilar del niño.
Si las generalizaciones casi siempre desorientan y deforman, son el anatema de la educación. No obstante, la Torá coloca ciertas bases educativas que aplica de manera general a todos.
Por ejemplo, a la edad de bar/bat mitzvá (12 años para una niña y 13 para un niño) el judío se vuelve individualmente responsable por sus acciones.

Un niño de diez años podría superar a su compañero de 15 mental y emocionalmente, pero no obstante ello la observancia de las mitzvot por parte del primero tiene sólo la condición de un acto de jinuj (‘educación’ o ‘entrenamiento’) en tanto que la del segundo es tan imperativa y total como la de cualquier adulto.

Otra referencia educativa es la edad de seis años, que la ley de la Torá establece como la edad de “jinuj”: aunque la modelación de los valores de un niño y su carácter comienzan con el nacimiento e incluso antes (un maestro Jasídico dijo una vez a un padre que pidió su consejo acerca de cómo educar a su hijo de doce años: ‘tu pregunta llega con un retraso de doce años y nueve meses’), es sólo a los seis años que ha de comenzar la educación formal y el niño habrá de ser sometido a una agenda diaria, un currículum estructurado, metas de estudio y similares.

En palabras del Talmud: “Por debajo de los seis años, no aceptes alumno; a partir de los seis, acéptalo y cébalo (con el conocimiento de la Torá) como un buey”.
¿Por qué este elemento generalizante en nuestro enfoque de la educación?
Porque el crecimiento humano implica mas que la mera progresión natural de niño a adulto, cuyo curso y marcha difieren de un individuo a otro.

Hay también otro aspecto en nuestra maduración, un proceso que se despliega igualmente en cada uno de nosotros.
La Torá es la sabiduría de Di-s y las mitzvot son Su voluntad. Si El no nos hubiera ordenado y facultado para cumplir las mitzvot, no podríamos lograr la conexión con El que ellas facilitan, por más responsable y ‘adulta’ que fuera nuestra conducta. De no habernos dado El Su Torá, no podríamos comprenderla, por más avanzadas que fueran nuestras habilidades intelectuales.
De modo que si Di-s ordena la observancia de las mitzvot a cada niña judía por encima de la edad de doce años y a cada niño judío por encima de la edad de trece, ellos están todos igualmente capacitados para implementar el deseo Divino, algo que el niño en edad de pre-bar mitzvá no puede lograr, no importa el grado de su madurez espiritual.
Y si la ley Divina sitúa los seis años como el momento en el que ha de iniciar el estudio de la Torá, la habilidad de comprender la sabiduría de Di-s a través del estudio formal es otorgada únicamente desde esa edad en más, no importa el alcance de la capacidad intelectual del niño menor.

Por lo que hay dos aspectos en la educación:
Por un lado, todos compartimos el potencial Divino que nos ha sido otorgado en ciertos momentos de nuestras vidas. Las leyes de jinuj de la Torá reflejan estas Divinamente ordenadas etapas de la vida, razón por la cual muchas de estas leyes se aplican por igual a todos.

Por el otro lado, la manera en que concretamos este potencial es específica a cada individuo y está sujeta a sus condiciones mentales, ambientales, espirituales y emocionales. De modo que el educador también debe desarrollar un enfoque que es sensible a las fortalezas y debilidades individuales del alumno.

En vista de todo esto, el hecho de que Rabí Shalom DovBer tuviera ‘cuatro o cinco años de edad’ en el momento del citado incidente es significativo por cuanto pone de manifiesto la viabilidad universal de su ejemplo.
Según la ley de la Torá, era un niño en la etapa más preliminar de su desarrollo educativo, un estado que compartía con cualquier otro niño de cinco años. Por lo que su angustia por el hecho de que Di-s no Se revelara a él no puede atribuirse exclusivamente a una madurez espiritual que está más allá de su edad; el hecho de que fuera capaz de semejantes sentimientos significa que cada niño de cinco años comparte esta capacidad de una forma u otra.

El traductor
¿Cómo debe aplicar el educador contemporáneo el ejemplo de Rabí Shalom DovBer en la práctica cotidiana de sus artes?
Si hay una frase que encapsula la esencia de la educación, lo es el arriba citado versículo de Proverbios: “Educa al joven según su manera de ser, [de modo que] también cuando envejezca no se apartará de ella”.
Educación es el empeño por tratar con la paradoja de la juventud. Por un lado, el niño carece de la capacidad para discernir verdaderamente lo bueno de lo malo, menos aún de la madurez para desear lo bueno como fin en mérito propio y rechazar el mal porque es perverso, sin considerar una percibida ganancia o pérdida personal.
Por el otro lado, estos son sus años formativos, años en los que lo que aprende es implantado en su psiquis y carácter; las lecciones obtenidas en sus años más maduros son frecuentemente meros apéndices de un ser ya formado, y mucho más fácilmente desafiadas y revocadas por las vacilaciones de la vida.

El educador debe, por lo tanto, introducir “de contrabando” los valores que desea impartir al sistema de valores del niño.
El niño puede ser incapaz de considerar compartir sus juguetes con un compañero, o memorizar su alef-bet, como ‘bueno’; ‘bueno’, en su mente, es aquello que le ocasiona placer, tal como una golosina o un juguete.
‘Malo’ es algo doloroso y pernicioso para él, una categoría que no incluye necesariamente jugar con fuego o robar.
De modo que el educador premia una hora de estudio con un caramelo; la conducta negativa es retribuida con algo que es negativo también en la percepción del mundo.

Visto superficialmente, el educador parecería estar haciendo poco más que sobornar y amenazar al niño para encaminarlo hacia la conducta apropiada. En un nivel más profundo, sin embargo, está traduciendo de un ‘lenguaje’ a otro.
Para el niño, los más altruistas conceptos de ‘bien’ y ‘mal’ son términos foráneos; el educador los traduce en la lengua moral del niño, creando un ambiente en el que el bien altruista se convierte en sinónimo del bien subjetivo.


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