Un extraño sueño

Este 18 de Elul, se cumple 400 años de la desaparición física del Maharal de Praga…

Cierto día del crudo invierno de 1592, el Gran Rabino de Praga, Rabí Betzalel Loeb, fue llamado a presencia del Emperador Rodolfo II.
La entrevista estuvo envuelta en el más alto secreto, manteniéndose el contenido de su prolongado diálogo en el más riguroso hermetismo. Nadie supo de qué hablaron.
Muchos años después, sin embargo, se dijo que trataron sobre un extraño sueño que había tenido el Emperador.
En la corte del Emperador había varios ministros que al ver los altos honores que éste dispensaba al Gran Rabino de la comunidad judía a pesar de que nunca se habían encontrado frente a frente, no podían ocultar su odio y envidia.
Tanto judíos como no-judíos sabían que el Maharal de Praga era un judío devoto, y de una humildad y rectitud sin tacha, cosa que provocaba
el más profundo respeto y amor hacia él, como nunca antes había ocurrido con ningún otro hombre.
Pero los cortesanos, en lugar de reconocer el alto calibre y la magnífica naturaleza de su personalidad, buscaban solamente escalar posiciones de honor y riquezas y, para ellos, el humilde Rabino no era más que un obstáculo. De modo que, para librarse de él, tramaron un plan para que el Rabino y todos sus fieles discípulos y amigos fueran expulsados de Praga hacia algún exilio remoto, y de ese modo apartarían el molesto obstáculo que entorpecía sus ambiciosos proyectos.
Pero como sabían que el buen Emperador ni siquiera escucharía sus planes, decidieron acudir en su lugar a la Emperatriz.
“Les prometo mi apoyo y colaboración”, estuvo de acuerdo la Emperatriz. ‘Trataré de convencer a mi marido”.
Esa misma noche la Emperatriz presentó ante su esposo, el Emperador, unos documentos que contenían el vil decreto contra la indefensa comunidad judía de Praga.
“Fírmalos ya mismo”, le pidió.
El buen Emperador, al ver cuál era el objetivo de los decretos, vaciló. No quería provocar daño injusto a sus fieles súbditos judíos. Pero tan desesperada era la insistencia de su esposa que debía tomar una resolución.
“Lo pensaré esta noche, y lo firmaré en la mañana siguiente”.
Satisfecha, la Emperatriz abandonó la cámara real.
Esa noche, sin embargo, el Emperador tuvo un extraño sueño…
Estaba combatiendo contra sus enemigos cuando, durante la feroz batalla, fue capturado y llevado a prisión.
Qué desdichado se sentía. Cómo extrañaba aquellos hermosos días de paz en su palacio, oscurecidos ahora tan trágicamente por esta prisión que parecía no llegar a su fin.
Pasaron muchos años, y los suplicios vividos en la prisión dejaron su rastro sobre el Emperador. La pobre alimentación que recibía, una mísera ración de pan y agua, sumada a la incertidumbre sobre su futura suerte, lo habían demacrado. Además, su presentación e higiene eran
bastante deplorables. A medida que pasaba el tiempo, más se daba cuenta que a nadie le interesaba ya su suerte.
Un buen día pasó por la prisión un judío anciano. Su aspecto inspiraba veneración y reverencia, y sus ojos transmitían un agradable sentimiento de paz y bondad. El Emperador, impresionado, lo llamó a gritos. El anciano detuvo su andar y observó al prisionero detrás de los barrotes.
“¡Soy el Emperador!”, exclamó el harapiento prisionero. ¿Es que no me reconoces?”
“Has cambiado mucho, señor”, replicó el anciano.
“Te juro que soy el Emperador Rodolfo. Por favor”, imploró con lágrimas en los ojos, “sácame de aquí”.
En eso sucedió algo muy extraño. El anciano golpeó la gruesa muralla de la cárcel con su bastón e inmediatamente apareció en la roca un pasadizo.
El prisionero salió de su celda y el anciano lo llevó consigo a su casa.
“No puedes regresar al palacio en este deplorable estado”, le dijo al Emperador, “pues nadie te reconocería. No te has lavado ni afeitado en años, y en tus ojos hay rasgos crueles. Mandaré a buscar un barbero y un sastre para mejorar tu apariencia y preparar trajes acordes a tu investidura. Mientras tanto, acuéstate y descansa
Recién en ese instante sintió el Emperador lo cansado que estaba.
Se preparaba para dormir, cuando vio que el anciano colocaba junto a su lecho dos platos.
“¿Para qué son esos platos?”, preguntó desconcertado.
“Uno es para las uñas y el otro es para los cabellos, Alteza. Nadie debe verte como un salvaje”.
“¿Cómo podré pagar todas las molestias que te has tomado por mí?”, preguntó el Emperador mientras en su garganta se hacía un nudo de profunda emoción y gratitud hacia el bondadoso anciano. No pudo contenerse más y se largó a llorar como un niño, hasta quedar profundamente dormido…
lecho y, consternado, vio que se encontraba en el palacio,.en su propia cámara real.
Por su cuerpo corrió un escalofrío, al tiempo que pensaba en voz alta:
“Sólo fue un sueño”.
Pero quedó mudo de asombro cuando, al salir de la cama, vio junto a ésta, en el suelo, dos platos.
Sus pensamientos volvieron al extraño sueño.
“Sólo el Gran Rabí Loeb podría explicarme su significado”.
En ese instante alguien golpeó a la puerta.
“¿Majestad? Ordenasteis al Barbero Real que viniese esta mañana”, dijo el Jefe de Chambelanes al entrar en la Cámara Real.
“¡Llama inmediatamente al santo Rabí Loeb para una audiencia!”, exclamó el Emperador, y el sorprendido Chambelán se retiró.
Ni bien entró el Maharal de Praga, eh Emperador, que nunca antes se había encontrado con él personalmente, lo reconoció de inmediato como el anciano de su sueño.
“No me reconociste ayer de noche”, le reprochó el Emperador.
“Es que habías cambiado mucho, señor”.
“Cuéntame más sobre mi sueño”.
“Te acostaste con malos pensamientos anoche. ¿Qué tenías debajo de tu almohada?”
En ese momento el Emperador recordó el documento que contenía el decreto contra los judíos. La Emperatriz lo había puesto debajo de la almohada para que estuviera listo para ser firmado en las primeras horas de la mañana.
“Te prometo que nada malo le ocurrirá a los judíos de Praga”, prometió el Emperador Rodolfo, al tiempo que rompía los papeles con el infame decreto y arrojaba sus restos a las humeantes brasas que calentaban la Cámara.
“Ahorraste muchos sufrimientos a mis hermanos”, le dijo entonces al Maharal, “pero también te has ahorrado penurias aún mayores a ti mismo. Alabado sea Di-s”.

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