20 de Menajem Av

El 20 de Menajem Av se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Rabí Levi ltzjak Schneerson…

En Varsovia subió al tren un conocido escritor, que se sentó a su lado. Comenzaron a conversar, desviándose la charla hacia temas de Judaísmo, filosofía, etc. La singular manera de relatar y explicar del Rabí hizo que muchos otros judíos que viajaban en diferentes vagones se acercaran al lugar hasta formar un grupo numeroso, que allí se amontonaba, decidiendo privarse del descanso nocturno para escuchar la rica charla del Rabino.

Cuando Rabi Levi ltzjak caminaba de su casa a la Sinagoga ,los transeúntes se detenían a mirarlo y muchos de ellos volvían sobre sus pasos una y otra vez, para impregnarse y llevar consigo de la magnificencia de su rostro.

En Rusia había negocios especiales en donde era posible conseguir cheques que le permitían a la persona que los adquiría, comprar diferentes productos alimenticios que, de no ser así, seria imposible adquirirlos en otra parte del país debido a la tremenda situación económica.
Un testigo relató que cierta vez, estando parado en la fila, donde había cientos de personas (la mayoría gentiles) se sorprendió al ver como éstas se hacían a un lado para otorgarle su propio turno al Rabino de los judíos, que pudo entrar sin formar fila.

En uno de los períodos en que fueron cerradas las fábricas de Matzá en Rusia, sin embargo, Rabi Leví ltzjak, , pudo conseguir una autorización para hornearlas. El orden era el siguiente: Cada uno traía su harina y horneaba sus Matzot. Un día se presentó ante el Rab un lehudí con una amarga queja: El día anterior había estado esperando su turno para hornear gratuitamente, sin lograrlo y si ese día no lo hacia, quedaría él y su familia, sin Matzot para Pesaj.
El Rabino Le preguntó: “¿Cuál es el problema si no tienen Matzot para Pesaj?” El lehudí montó en cólera al escuchar la pregunta, comenzando a insultarlo.
-Inmediatamente se le otorgará un turno, dijo Rabí Levi ltzjak; esa es la respuesta que quería escuchar de un judío.
El Rab comentó después, que nunca había disfrutado tanto, como en aquel momento en que el lehudí lo insultaba.

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