Tres tipos de vergüenza

Adán y Eva eran conscientes de que se encontraban desnudos, pero no sentían vergüenza alguna…

Inmediatamente después de que Di-s creara el mundo, existía una cierta igualdad divina entre todas las cosas: “Y vio Di-s todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (Gen. 1:31). En este mundo de igualdad, Adán y Eva eran conscientes de que se encontraban desnudos, pero no sentían vergüenza alguna.
Luego de comer del Arbol del Conocimiento —y se trataba de un árbol de conocimiento, no de ignorancia— Adán y Eva se sintieron avergonzados. ¿Qué clase de conocimiento pudo haber causado este cambio en su percepción del mundo?
La fruta del Arbol del Conocimiento les brindó a Adán y Eva la capacidad de realizar distinciones. En tanto que antes el mundo parecía unidimensional, ahora éste poseía muchas dimensiones.
En este nuevo mundo de contrastes no todas las cosas eran iguales. Algunas cosas eran personales, otras no lo eran. Algunas cosas eran privadas, otras públicas. Cuando se contemplaron a sí mismos vieron que estaban desnudos, esto es, vieron que sin ropa no había nada que distinguiera aquello que era privado en un ser humano, de aquello que era público. Su nueva conciencia de la necesidad de vestirse causó a Adán y Eva una intensa turbación. Ese sentimiento de turbación era la vergüenza.

La sensación de vergüenza que se originó con Adán y Eva fue un acontecimiento saludable. Les otorgó la capacidad de realizar distinciones: entre lo privado y lo público, el recato y la falta de recato, lo moral y lo inmoral. La vergüenza significa que reconocemos esas fronteras. La vergüenza es una parte esencial del proyecto de Di-s, porque constituye el medio para retener la inocencia.
Los primeros seres humanos experimentaron tres tipos de vergüenza: la humildad, el pudor y la culpa.
Luego de comer del Arbol del Conocimiento, Adán y Eva experimentaron una vergüenza similar a la que sobreviene cuando hemos hecho algo malo; debido a que pudieron ver el contraste entre la grandeza de Di-s y su propia pequeñez, se sintieron pequeños e insignificantes. A este aspecto de la vergüenza lo denominamos humildad.
Humildad es aquello que experimentamos al encontrarnos en presencia de alguien que es superior a nosotros. Puede que esa persona no nos critique ni nos humille, pero el mero hecho de que sea mucho más grande que nosotros, nos hace sentir pequeños. Y esto es vergüenza en un sentido positivo.
En los días del Templo, hubo un sabio que iba en su burro por un camino. Al costado del camino divisó un hombre que se veía excesivamente feo. El sabio se detuvo y dijo:
“¿Por qué eres tan increíblemente feo?”
“No me lo recrimines a mí”, retrucó el hombre. “Recrimina a mi Hacedor”.
El sabio había advertido que el hombre estaba totalmente centrado en sí mismo, y que estaba realmente desfigurado por su falta de humildad.
El sabio utilizó la fea apariencia del hombre para enseñarle humildad de un modo muy efectivo. Dijo: “Discúlpeme, pero por qué es usted tan feo?”, como preguntando: “(Fe atribuyes el mérito también por esto? ¿A caso te hiciste feo tú mismo?”
Cuando el hombre dijo: “No me recrimines a mí, recrimina a mi Hacedor”, estaba diciendo en realidad: “Yo no hice esto, mi Creador me hizo así. Mi Creador es el responsable por la forma en que aparezco ante ti. Yo no manejo el mundo. No soy el responsable por todas las cosas. Di-s me está haciendo esto, ¿qué debería hacer?”
Por primera vez en su vida se sintió humilde; por primera vez en su vida admitía su dependencia del Creador.
Es por esta razón que la humildad que sintieron Adán y Eva fue un acontecimiento saludable. Antes de comer del Arbol del Conocimiento, cuando el mundo aún se les aparecía como unidimensional, no habían experimentado el contraste entre el Creador y ellos mismos. Ahora, por primera vez, advertían la diferencia entre “pequeño” y “grandioso”.
El segundo aspecto de la vergüenza que Adán y Eva experimentaron fue el pudor.
Como las protuberancias en una autopista, que advertimos cuando, sin intención, nos desviamos fuera del carril, y hasta que retornamos a él, el pudor es una señal de advertencia que nos dice que hemos cruzado una frontera, que transgredimos un límite. Si por accidente nos desviamos del carril apropiado, nos avergonzamos y nos sentimos turbados. Este tipo de vergüenza, este sentimiento de turbación, nos empuja a regresar hacia donde corresponde.
Así como el miedo advierte acerca de la amenaza de algún peligro, la vergüenza y el pudor son la advertencia de que se está cruzando una frontera: la frontera de la intimidad.
Antes de comer del árbol, Adán y Eva se hallaban desnudos. Pero no sentían pudor alguno porque no reconocían la diferencia entre “privado” y “público”. Obtener el poder de discernimiento significó advertir la diferencia entre ellos mismos y aquello que los rodeaba. Por primera vez tuvieron sentido de la intimidad. Experimentaron incomodidad y pudor al advertir que su intimidad se veía violada por su propia desnudez. Habían sido sorprendidos del lado equivocado de la frontera.
Entonces Di-s vino a ellos y dijo: “¿Dónde están?” El estaba diciendo: “¿Dónde están vuestras fronteras?”
“¿Acaso saben dónde deben estar? ¿En dónde no deben estar? ¿Se encuentran donde deben estar? ¿No se encuentran donde deben estar? ¿Dónde están vuestras fronteras?”
Entonces Adán y Eva tomaron hojas de higuera con que cubrir sus partes privadas, puesto que si se desea fortalecer las fronteras, se debe incrementar el recato.
El tercer aspecto de la vergüenza es la culpa. La culpa es la respuesta interna que nos indica que una relación ha sido violada. Es el sentimiento de desesperación que experimentamos cuando creemos que una relación puede no volver a ser jamás como era anteriormente. Por ejemplo, si, sin intención, herimos los sentimientos de nuestro mejor amigo, nos preguntamos si las cosas volverán a ser alguna vez como solían ser entre nosotros. La expresión más verdadera del sentimiento de culpa es: “¿Podrás perdonarme alguna vez? ¿Soy para ti tan aceptable como antes?”
Hablamos aquí del sentimiento de culpa, no de la definición legal. Sentirse culpable no es lo mismo que asumir responsabilidad por un acto. Para encontrar a alguien legalmente culpable o responsable por un acto, un tribunal debe probar que esta persona perpetró ese acto con conocimiento y mala intención, que lo sucedido puede ser atribuido a su decisión, su elección o su acción.
Esto no es así en lo que concierne a los sentimientos de culpa. Aquí, la culpa que experimentamos significa “mancillado” a los ojos de los demás. Por ejemplo, si un ser humano manipula los cachorros de ciertas especies de animales, el cachorro puede ser evitado por sus progenitores, por conservar el olor humano. El animal no es culpable de crimen alguno, pero puede sentirse mancillado. Del mismo modo, tú puedes sentirte culpable, o sea: la relación con tus padres y tu cónyuge puede estar dañada o mancillada por un crimen que se cometió en tu contra, como una violación o un abuso sexual.
Este sentimiento de culpa puede darse sólo en el contexto de una relación. Si hemos de sentirnos inaceptables, debemos sentirnos inaceptables para alguien. Si no ha ocurrido nada que violara una relación parental o conyugal, no nos sentimos culpables; no hay nadie con respecto a quien sentirnos culpables.
Cuando hemos hecho algo malo y nos sentimos culpables, es porque pensamos: ‘Alguien me advirtió que no lo hiciera, pero lo hice de todos modos”, o “Di-s me dijo que eso estaba mal, pero sucedió”. No es que se haya violado una ley, se ha violado una relación; tampoco que se haya ignorado un precepto, se ha ignorado a Aquel que lo dictó.
Esta es la razón por la cual podemos sentirnos culpables aun cuando sabemos que lo sucedido fue inintencional y que no fue nuestra culpa. A pesar del hecho de que no fuimos responsables del abuso, si nuestras relaciones con amigos cercanos y familiares fueron dañadas, nos sentimos dañados y desearíamos enderezar las cosas. Lo que experimentamos es la necesidad de estar cerca de ellos una vez más.

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