La Torá Como Modelo Para La Curación Humana

El mes de Iyar es el más propicio para las curaciones…

LOS TRES ENFOQUES OCCIDENTALES
Antipático, Isopático y Homeopático.
¿Qué podemos aprender de los principios mencionados acerca de la curación?
El primer principio es curar dando una substancia que genera síntomas similares a los de la enfermedad que pretendemos curar. Este tipo de tratamiento se llama homeopático. A lo largo de la historia se han desarrollado tres enfoques principales para la aplicación de elementos medicinales: homeopatía, isopatía y antipatía. El prefijo “homeo” significa similar, “iso” significa igual, y “anti” significa opuesto, mientras que el sufijo “patía” significa sufrimiento.
Así, homeopatía significa sanar a través del sufrimiento similar; isopatía significa sanar mediante el sufrimiento idéntico; y antipatía significa sanar mediante el sufrimiento opuesto.
La medicina occidental convencional se basa en el enfoque antipático. Prescribe medicinas que oponen y suprimen los síntomas del paciente. Por ejemplo, se da aspirina para suprimir el dolor y bajar la fiebre; diuréticos para reducir edemas, antiinflamatorios y antibióticos, para luchar contra la inflamación, digoxina para demorar la marcha de un corazón rápido; antidepresivos para aliviar la depresión; drogas antipsicóticas para aliviar alteraciones psicológicas, y así sucesivamente. Este tipo de curación también se denomina terapia supresora.
La filosofía detrás de la medicina antipática es una concepción materialista del ser humano como una configuración de átomos que han evolucionado de plantas a animales a hombres. El ser humano es concebido como una máquina psicoquímica sumamente compleja, con una enorme variedad de reacciones químicas y mecanismos neurohormonales de feedback de los que se dice que explican todo lo que sucede a la persona en la salud y en la enfermedad, desde fenómenos “simples” como la digestión, la respiración y la excreción, a fenómenos más complejos como la percepción sensorial, la reproducción, e incluso sentimientos como la vergüenza, el miedo, el amor, la fe, el patriotismo, etc.
Según la medicina antipática, la salud es el funcionamiento apropiado de la máquina, mientras que la enfermedad es una disfunción ocasionada por un superávit o una deficiencia de una cierta substancia que requiere intervención química a través de la medicina o intervención física a través de la cirugía, la radiación, etc. En este modelo (que debe enfatizarse que es un modelo) no hay cabida para una esencia no-material porque el universo entero es percibido desde el punto de vista de la percepción clásica de la física del Siglo XVIII, de la naturaleza como una máquina gigantesca. Este tipo de conceptualización emplea modelos moleculares para explicar todos los fenómenos humanos.
El segundo enfoque, del que la medicina convencional de occidente hace uso limitado, es el de la isopatía. Un buen ejemplo de isopatía es la inmunización. Aquí se da comúnmente al paciente el patógeno de la enfermedad, que en la mayoría de los casos es un virus muerto o debilitado. Se dice que ello despierta el sistema inmunológico del paciente contra ese virus particular. Así, esta forma de curación puede definirse como terapia de estimulación.
Al administrar una inmunización, se aplica el segundo principio enumerado arriba: el uso de dosis pequeñas. La Ley de Arnold Schultz en farmacología declara que cada droga farmacológica tiene tres rangos de dosis: mortal, supresora, y estimulante. El rango mortal, la dosis más alta, produce efectos secundarios y puede ser tóxico o incluso mortal. El rango terapéutico o supresor, la dosis media, suprime el problema que se pretende curar y se cree que es el rango terapéutico de la medicina. El grado de seguridad de una medicina se corresponde con la amplitud de su gama terapéutica. La medicina convencional considera el rango estimulador, la dosis pequeña, no tiene efecto alguno o despierta una reacción parecida a la de la inmunización. Ahora analizaremos el uso que la homeopatía da al principio de la dosis pequeña.
HOMEOPATIA
La homeopatía es una filosofía y método holístico de tratamiento iniciada por Samuel Hahnemann, un médico alemán (1745-1843). Hahnemann tenía una personalidad excepcional, considerado un genio. Entre las siete lenguas que hablaba estaban el hebreo, el árabe y el arameo. Médico y químico, tenía una profunda perspectiva espiritual religiosa. Mientras traducía un artículo médico, Hahnemann se cruzó con un comentario sobre la quinina, un remedio para la malaria, que le pareció un error. Siendo un científico crítico y preciso, probó la quinina tomando dosis de ella él mismo. Para su sorpresa, la quinina produjo en él síntomas de malaria.
Este fenómeno de una medicina que ayude a curar a un paciente enfermo y que ocasione síntomas similares a la enfermedad en una persona sana le pareció a Hahnemann importante y revolucionario. Entonces comenzó a probar sustancias diversas inorgánicas, animales y humanas sobre sí mismo y sobre los miembros de su familia, registrando cuidadosamente todos los cambios emocionales y físicos producidos al tomar cada sustancia.
Cuando se probó sobre gente saludable, cada sustancia produjo un conjunto de síntomas. Cuando Hahnemann suministró la misma sustancia a gente enferma que sufría de síntomas similares, descubrió procesos de curación que evolucionaban hasta que el enfermo se recuperaba. En el proceso de recuperación, sin embargo, las medicinas ocasionaron efectos secundarios en algunos de los pacientes. A fin de reducir estos efectos, comenzó a diluir las sustancias medicinales en agua sacudiendo vigorosamente la mezcla entre una dilución y la siguiente. (este proceso se llama ‘dilución’ o ‘potencialización’. La razón de por qué Hahnemann eligió diluir sus remedios de esta manera no nos está clara, pero hoy sabemos que la dilución sin sacudida enérgica no produce el efecto necesario).
Sorprendentemente, Hahnemann notó que cuanto más diluía y vigorosamente sacudía, proporcionalmente menos efectos secundarios aparecían en los pacientes (algo que hubiera sido de esperar), en tanto que más fuerte y profundo era el efecto terapéutico de la curación (un resultado sorprendente e inesperado). Tras muchos años de precisa observación y experimentación probando centenares de sustancias y registrando meticulosamente todos los detalles, llegó a la conclusión de que hay una fuerza vital en cada ser humano.
Espiritual en esencia, la fuerza vital mantiene y vitaliza el cuerpo físico humano en todo momento. (Compárese esta idea con el párrafo de las plegarias matutinas judías: Di-s renueva cada día, continuamente, la obra de la Creación). La fuerza vital tiene una jerarquía precisa de expresiones psicológicas y fisiológicas. Cuando es dañada por un estímulo externo crea una respuesta reparadora y balanceante. La persona fuerte y saludable no siente su fuerza vital reaccionando hasta que su respuesta ya no es más efectiva. Entonces aparecerá un síntoma emocional o físico, indicando la lucha que se está desarrollando. El síntoma debería dirigir nuestra atención a corregir el problema. Dado que la fuerza vital es a la manera del espíritu (“El medicamente homeopático permite devolverle al hombre los instrumentos sanos para que pueda cumplir los más altos fines de la existencia” –Hahnemann, párrafo 9 de su libro “Organon del arte de Curar; J.S.) puede influirse en ella sólo en el nivel de energía y espíritu, que no puede ser detectado por los sentidos humanos o por el equipo de laboratorio (microscópico u otro). Hahnemann se rió de los médicos de su generación que trataban de hallar la causa de la enfermedad en los oscuros trasfondos del cuerpo. El afirmó que sólo resultados, y no causas, pueden encontrarse dentro del cuerpo. Usando su comprensión del ser humano, la salud, la enfermedad y la curación, formuló sus principios en una obra de seis tomos titulada Organon del Arte de Curar. La mayoría de estos principios se parecen estrechamente a los de la Torá.

1 comentario

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario