Honestidad

Iaakov era famoso por su extrema honestidad, que se manifestó a lo largo de su vida, aún en el entorno de potencial corrupción que rodeaba la casa de su tío Labán…


Así, vigilaba sus ovejas como si fueran propias, y naturalmente no hubiera ni siquiera soñado apropiarse de alguna, aún cuando su tío ni siquiera lo hubiera notado.
Nuestros rabinos aprendieron e imitaron esta admirable condición de Iaakov. De tal modo, siempre entendieron que se debe ser honesto en todo momento, porque aún sintiendo que la deshonestidad puede pasar desapercibida, Di-s está permanentemente observándonos.

Cierta vez en una mikve (baño ritual), un piadoso rabino conocido como Jafetz Jaim vio un hombre que usaba algo que pertenecía a otro. Entonces se acercó a él y le dijo: “Una persona que se lava con algo que no le pertenece, termina más sucio que cuando entró”.
Otro gran sabio, Rabí Shimón Ben Shetaj, mostró la importancia de conducirse con honestidad en la vida comercial, ganando gran reputación entre judíos y dando un excelente ejemplo de la relación entre el hombre y Di-s. Como necesitaba un burro para su viaje, le compró uno a un árabe, pero ninguno de los dos hombres notó que el animal tenía un pequeño bulto en su montura. Pasó el tiempo y un día uno de los alumnos advirtió el paquete. Al abrirlo, se quedó extasiado de lo que encontró.
¡Es un diamante, Rebe! —exclamó. Un diamante perfecto. ¡Debe valer una fortuna! Véndalo, así nunca más necesitará dinero. ¡Imagine todas las mitzvot que podrá hacer con esa suma!
Rabí Shimón ben Shetaj sacudió la cabeza y le contestó:
—Podré hacer muchas mitzvot con ese dinero, pero nunca podré eliminar la falta en la que incurriré si me apodero de algo que pertenece a otro. Devolveré el diamante a su propietario, el árabe.
—Pero Rebe —protestó el alumno— ¿Por qué no lo guarda para usted? El árabe nunca notará su pérdida.
—Probablemente, pero Di-s sabrá lo que he hecho. Yo no compré el diamante, por lo tanto no es mío. Si uno afirma que es un buen judío, debe ser honesto a toda hora y en todo momento.
En efecto, Rabí Shimón ben Shetaj, fiel a su palabra, retornó el anillo al asombrado árabe.
—Es difícil creer que alguien pueda ser tan honesto —dijo el árabe—. Los judíos deben tener verdaderamente leyes magníficas. ¡Bendito sea el Di-s de Rabí Shimón ben Shetaj!”.
Su excepcional apego a las leyes había creado un enorme Kidush Hashem (santificación del nombre sagrado de Di-s) y debe servirnos de recordatorio para cumplir todos los preceptos divinos con el mismo celo.6

Extraído de Ayer, hoy y siempre Editorial Bnei Sholem

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