Entrevista a Itzhak Perlman

“A mí me inspira la música”

Por Eduardo Slusarczuk

eslusarczuk@clarin.com

A mí me inspira la música. No necesito otros estímulos para tocar con mayor o menor intensidad. Y si lo que hago, además, ayuda a alguien, eso me hace sentir feliz. Pero, para mí, la prioridad es hacerle justicia a la música.”

Con una franqueza que sacará a relucir en otros tramos de la charla con Clarín, Itzhak Perlman evita el discurso prefabricado de la sensibilidad al paso. Aún así, el violinista, que actuará mañana en el Teatro Colón (también lo hizo anoche, en el Coliseo), en el marco del programa de conciertos solidarios Dar Cultura , organizado por la asociación israelita argentina Jabad Lubavitch, aprovecha el marco de la conferencia de prensa previa a la entrevista para jugar con los lugares comunes. “Hace 17 años que estuve en la Argentina. Pero recuerdo que tuve un muy buen público, que supongo que debe haber cambiado para mejor. No obstante, básicamente, vengo por la comida. La música está en segundo plano”, bromea.

Minutos después, en privado y sin perder el buen humor, encauza el comentario. “El público, aquí, es muy entusiasta, ruidoso. Eso me gusta mucho, hace que me resulte más fácil tocar, porque siento que conecta más conmigo, con lo que estoy haciendo”, explica.

Usted también toca jazz y música klezmer. ¿Esa conexión con la música popular influye en su modo de interpretar las obras clásicas?

No. No hay conexión entre esas músicas. Lo que uno debe tener en cuenta, es que la formación académica no interfiera al tocar jazz o música popular, porque son lenguajes absolutamente diferentes. Si yo voy a tocar jazz en el estilo en que se toca Mozart o Brahms, va a sonar como Mozart o Brahms, y no como jazz. Lo mismo sucede con la música klezmer, que no tiene tanto que ver con la música clásica como sí con la gitana. Lo esencial, en cualquier género, es prestar atención a las viejas grabaciones para descifrar los estilos, que no están en la música sino en los dedos de quienes la tocan.

Es algo parecido a lo que sucede en la pintura. Picasso, por ejemplo, no comenzó dibujando caras así -Perlman deforma su rostro con sus manos-. El fue, antes de llegar a ese punto, uno de los mejores dibujantes de las formas más simples y reales de la figura humana. Luego, a partir de lo que uno toma de ahí, de ese pasado que uno revisa, finalmente se desarrolla un estilo propio.

A veces, en el programa de formación de jóvenes músicos, que llevamos adelante con mi esposa, les hacemos escuchar a nuestros estudiantes a los músicos de 50 o 60 años atrás. Y muchos de ellos dicen: ‘Pero yo nunca tocaría así’. De acuerdo, pero es necesario tener una historia, saber de dónde viene lo que uno hace y ver la evolución, para encontrar el propio camino.

¿En qué lugar de esa historia ubicaría usted su estilo, como violinista?

Personalmente, prefiero sonar como lo hacían mis colegas unos años atrás. Reivindocar cierto romanticismo. Es difícil de explicar, pero…para que se entienda: no me gusta soner como un yogurt. Quiero sonar como un helado. Es decir, el yogurt es bueno, pero muy poco interesante. El helado, en cambio, es más entretenido y fresco. Hay quienes rehúyen de la gran tradición. Yo, aún siendo un músico moderno, amo tocar en ese estilo.

¿Cuál es la evolución más notoria que reconoce al escuchar sus viejas grabaciones?

Me siento más expresivo. Lo que grabé en ese tiempo fue bueno, para entonces. Pero hoy toco de otro modo. Para mí, es fundamental que cada día sea distinto, que la música suene fresca cada vez que es tocada. La diferencia es muy sutil. No se trata de la velocidad ni de la destreza. Son los matices, los colores. Insisto en que la diferencia es muy sutil. Si alguien escucha un disco mío de ahora, y otro que haya grabado dos décadas atrás, quizás no encontraría ninguna diferencia. Pero yo sí la encuentro.

¿Tendrá que ver eso con haber superado las pruebas y no tener que demostrarle nada a nadie?

Puede ser. Pero lo más importante es no tocar como sale. Tenés que tocar en tu propio estilo. Y tu propio estilo es el de tu presente. Podés haber tocado de otra manera, pero la realidad es la del momento en el que estás tocando.

Para Perlman, la consigna es “no aburrirse”. “Cada momento es especial”, había dicho en la conferencia de prensa, en la que disparó, con una sonrisa: “Toqué los últimos 62 años el violín. Finalmente, probé que es algo que me gusta.” Al mismo tiempo que planteó el desafío que significa tocar una y otra vez las mismas obras –“Hay menos repertorio de obras para violín que para piano”, argumentó- y lograr que siempre suenen “frescas”.

En ese sentido, teniendo en cuenta que, en muchos casos, se sostiene que en la música clásica nada se puede modificar, ¿cuán limitada es esa posibilidad de cambio?

Los cambios son muy sutiles, pero por supuesto que los hay. Es verdad que en el jazz se puede improvisar de una manera que en la música clásica no. Pero existe otro tipo de improvisación. Si vos tenés que ir de un punto a otro, podés elegir qué camino tomar, siempre y cuando llegues al mismo punto. Lo importante, es cómo lo recorrés. Ahí está la diferencia.

¿Es sólo esa necesidad de escapar al aburrimiento, la que lo impulsó a buscar ese cambio constante, o hubo otras razones?

Es una cuestión evolutiva. No revolucionaria. No es que un día me desperté y decidí que desde entonces iba a cambiar cada vez que tocara una pieza. Es algo que se va dando con el tiempo. En ese punto, es muy importante la tarea que desempeño enseñando.

¿En qué sentido?

Los estudiantes que llegan a mí, son músicos que ya tocan muy bien, que tienen resueltas las cuestiones técnicas. Ese me obligó a desarrollar un súper oído, para detectar a aquellos que tienen la capacidad de conmover. No hablo de alcanzar la perfección, sino de lograr transmitir sensaciones. Cuando viene un estudiante que ya terminó de cursar en la Julliard, ya no le hablás de la técnica, sino de los colores, de la manera de frasear. Y todo eso, es bárbaro para mí. Porque al mismo tiempo que enseño, aprendo. Si me preguntás qué es lo que me hizo cambiar a lo largo de estos 30 años, la respuesta es: enseñar.

El violinista detiene su monólogo por un momento, y retoma el relato de sus primeros pasos en la música, que había esbozado durante la conferencia. “Cuando llegué a los Estados Unidos, a los 13, y toqué para Dorothy Delay, quien fue mi primera maestra allí, al terminar me quedé esperando su crítica. Sin embargo, ella me preguntó qué pensaba yo de lo que había ejecutado. De ese modo, me incluyó en el proceso de aprendizaje. Y hoy, cuando enseño, hago lo mismo”, explica.

¿Hay algún tipo de música en especial que le guste escuchar cuando no está ensayando o estudiando, o prefiere disfrutar el silencio?

Amo disfrutar el silencio…¡en los restoranes! (larga una carcajada) Después, no importa si es jazz, pop o lo que sea, si está bien hecho. Me gusta mucho el rock and roll de los años 50 y 60, los Beatles. Y me gusta mucho escuchar a los cantantes. Porque, en definitiva, lo que yo hago con mi instrumento está muy conectado con lo que ellos hacen, en la manera de respirar, de expresar. En la búsqueda permanente de una manera apropiada de decir las cosas.

Extraído de clarin.com

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