En el nombre de Dios

No hay que “aggiornar” el judaísmo, porque “la verdad es una” y no se debe cambiar para ser aceptado…

El templo de la calle Agüero es su búnker. Su lugar de trabajo, de oración, de prédica, de grandes y pequeñas conversaciones. Allí está instalado Tzvi Grümblatt, el gran rabino de Jabad Lubavitch, el movimiento jasídico y la organización judía que más ha crecido en nuestro país en los últimos años.

Jabad son las iniciales de tres palabras hebreas, jojmá, biná y daat , que significan “sabiduría, razonamiento y conocimiento”. Lubavitch (en ruso, luba significa “amor”, y vitch , “ciudad”) es un pueblo bielorruso donde surgió el movimiento. De manera que Jabad Lubavitch significa la confluencia entre la razón, lo intelectual, y la pasión, lo emocional.

Grümblatt seduce a jóvenes y a poderosos, a los más humildes y a los empresarios. Personaje carismático e implacable, respetado y temido, es tan riguroso en su estudio de los libros sagrados como en cada una de las palabras que pronuncia. Lo suyo es, en parte, impulsar el trabajo social en un hogar para niños desamparados y personas en estado desesperante: el proyecto Ieladeinu ( www.ieladeinu.org ).

Pero lo que más llama la atención es su objetivo de convertir a cada judío en un eximio practicante. Nunca como ahora los Lubavitch fueron tan visibles en la Argentina. Existe un resurgimiento de una forma más rigurosa de judaísmo, menos relacionada con la época, que llega a cada barrio; centenares de sedes ubicadas en Recoleta o en Puerto Madero, en Once o en Villa Crespo, en Palermo o en Núñez, se han instalado en los últimos años. Hombres con trajes y sombreros negros, largas barbas y peies , chiquitos con su cabeza cubierta, mujeres con faldas hasta los tobillos, pelucas… Todo esto ha sido el resultado del trabajo incansable de Tzvi Grümblatt.

Poco se sabe de su historia personal. No suele dar reportajes. Y es muy cuidadoso con cada una de sus palabras.

-La palabra que se dice es para los que están presentes, la palabra que se escribe es para una generación. Pero la palabra que se imprime es para varias generaciones -asegura este hombre de 54 años, argentino, aunque con un castellano que mezcla estructuras del inglés y de otros idiomas de Europa central.

Sus padres escaparon de la Segunda Guerra Mundial. Su madre, de apellido Offenberg, llegó en el último barco que salió de Alemania, en 1940, y desembarcó en Uruguay. Y su padre llegó en 1947, después de haber pasado la guerra como soldado húngaro bajo el mando nazi, y después de haber perdido a su familia en Ausch­witz. Ambos eran religiosos observantes. No trabajaban los sábados. Encendían velas los viernes a la noche y comían kasher.

Vivió hasta los quince años en el barrio de Belgrano. Fue a colegios del Estado y simultáneamente a una escuela hebrea religiosa, lo que los judíos llaman ieshivá , que se puede traducir como “casa de estudios” o el lugar donde “estar sentado para estudiar”.

Recuerda al rabino Ber Baumgarten como una de las personas que más impacto tuvieron en su vida. Lo define como “un judío en serio” (lo repite subrayándolo mucho, tras no encontrar otras palabras). En 1968 viajó a Nueva York a una institución Lubavitch, que se hizo cargo de su educación y de su preparación como rabino.

Cuando tenía sólo 23 años falleció su maestro, el rabino Ber Baumgarten, representante Lubavitch en la Argentina, y Tzvi fue convocado para ocupar su lugar. Ahí empezó su camino de regreso al país.

-Yo no volví a la Argentina para manejar una congregación; no vine aquí para sentarme a estudiar la Torá. Yo vine aquí con el objetivo de hacer una revolución en la República Argentina.

Es notable que el gran rabino no haga en ningún momento ostentación de lo heroico que debe de haber sido en 1979 -plena dictadura militar- tratar de exponer el judaísmo en lugar de ocultarlo.

Esas raíces le vienen desde lejos. El padre tuvo un taller de encuadernación de libros, después una fábrica de lencería y luego pasó a trabajar con su mujer en la venta de libros importados sobre medios y publicidad.

Fue su padre quien le enseñó a leer hebreo, a los dos años. “Yo supe leer hebreo antes que castellano.” Recuerda al padre siempre con la cabeza cubierta. Era observante, igual que su madre, aunque recién usó barba en 1978, cuando su hijo se convirtió en rabino. La madre llevaba faldas largas y también en ese momento comenzó a usar peluca.

Bien vale preguntarse qué difícil debía de ser mantener la tradición judía para un jovencito durante una época tan llena de prejuicios y tan intolerante.

-Las escuelas no permitían llevar la cabeza cubierta. Pero yo llegaba a la puerta y no daba un paso en la calle sin cubrirme la cabeza. Y por eso, en muchas ocasiones en que otros chicos, para cargarme, me sacaban la gorra, yo me agarraba a piñas. Recuerdo que muchas veces me agarré a piñas en la esquina de la escuela. Tenía un compañero de grado que se sentaba en el banco de atrás del mío y me decía: “A ustedes, judíos, tienen que hacerlos a todos jabón”. Yo tenía diez años. Vivía en Belgrano, en los años de Tacuara. Tenía un amigo que se tuvo que escapar a Israel porque Tacuara se la había agarrado con él. Pero en la escuela todo el mundo sabía que yo era judío, que era [lo subraya] religioso. En mi casa me enseñaron a no ocultar nunca mi judaísmo.

Una vida de oración

Su vida cotidiana estuvo dedicada al estudio. La última vez que fue al cine tenía doce años. Para él, la idea de abandonar la oración es considerada una pérdida de tiempo. Sabe quiénes son Woody Allen, Steven Spielberg ,Groucho Marx, pero nunca vio ninguna de sus películas. Tampoco mira televisión.

Se salvó del Servicio Militar por su miopía. Nunca se cortó la barba en su vida. Cada uno de sus gestos y de sus elecciones es una definición.

Grümblatt rechaza fervientemente la idea de “aggiornar” la tradición religiosa. Y cree que esa forma aceptable de ser judíos para la sociedad en general es errónea.

-Si yo creo en una verdad, no tengo por qué cambiar una verdad para que el otro me acepte. Yo no tengo que dejar de ser yo para que el otro me acepte. Esta es la peor esclavitud que puede existir. Para los antisemitas, el mejor judío es el que no existe. En cambio, nosotros estamos hablando de la creencia en una verdad revelada por Dios. Soy parte de la sociedad argentina sin perder mi identidad. Yo soy nacido en la Argentina. Pero si yo creo que la palabra de la Torá es divina, una situación pragmática nunca me va a hacer cambiar mi creencia en esa verdad divina. Por ejemplo, si yo creo que Dios dijo que para el judío está prohibido comer cerdo, la situación pragmática nunca va a cambiar el hecho de que Dios haya dicho que no se puede comer cerdo. Ahora bien, si toda la sociedad come cerdo, me van a mirar raro, como a un bicho diferente; entonces, empiezo a buscar explicaciones. Por ejemplo, digo que todo el tema del cerdo es por la triquinosis. Pero no es la verdad. La verdad es que es una ley divina que está en la Torá, que tiene que ver con la santidad del hombre, con el alma, con el espíritu. Como explica la Cábala, hay ciertos animales cuya energía viene de una impureza, y afectan al alma cuando se los ingiere. Al kasher se le aplica el término de santidad, y no el de salud.

-A menudo en la Argentina es posible percibir una mayor presencia de judíos observantes. ¿Se podría decir que hay un “boom Lubavitch”?

-Absolutamente, y por varios factores. El primero es que hubo desencanto respecto de otras ideologías. Venimos de un siglo muy convulsionado, que trajo muchas promesas: desde el socialismo más extremo hasta el capitalismo más bruto, pasando por guerras mundiales, por la instauración de la Unión Soviética y por su caída. La gente, después de ver el vacío, empezó a sentir la necesidad de un contenido espiritual verdadero. Algo que esté más allá de lo manejado por la conveniencia del momento; algo que sea verdad en serio, justicia en serio, trascendencia en serio. Esto hizo que se volcara hacia la ortodoxia, porque buscó el judaísmo tradicional de siempre, no lo que está maquillado, lo que está manejado por la conveniencia. Este es el primer motivo. El segundo es la revolución realizada por el rabino de Lubavitch. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, las grandes personalidades y los grandes rabinos habían sido eliminados, asesinados. Entonces, la gente que seguía la tradición judía, abrumada, se encerró.

-¿Y empezó esta tarea que equivaldría a lo que habitualmente se llama “evangelización”?

-Hay una diferencia: la evangelización es acercarse a alguien que no pertenece a nuestra religión y tratar de introducirlo en ella. Aquí, en cambio, nos referimos a que el judío se entere de su herencia. Todo judío tiene esa herencia, pero tiene que conocerla. Después, cada uno decide. Por eso, desde esta óptica, hay que construir puentes para que todos los judíos estén unidos.

-Esa es la sensación: los judíos ortodoxos salen a la calle.

-¡No! Esto es considerar al judaísmo una organización. Y es un pueblo viviente. Las instituciones que se dedican al judaísmo no representan al pueblo judío. El pueblo judío representa al pueblo judío viviente. Es el que come como judío, juega como judío, se divierte como judío, habla como judío, vive como judío: eso es un pueblo judío viviente.

-¿No hay términos medios?

-No, porque no es lo mismo ser espectador que ser protagonista. Lo que el rabí Menajem Mendel Schneerson enseñó es que cada judío tiene que ser protagonista de su propio judaísmo.

-¿Y por qué es tan visible?

-Porque yo soy yo. No tengo por qué ocultar lo que soy. Yo no tengo por qué parecerme al otro. Perdón, pero me falta el último punto acerca de por qué se produce todo este boom. Es porque estamos en momentos especiales de la historia: estamos muy cerca de la llegada del Mesías. El profeta dice que, en la época en que suceda, el hombre no va a tener hambre de pan ni sed de agua, sino hambre y sed de conocer la palabra de Dios. Aunque el Mesías esté listo para llegar, hay que pedirlo. Porque el Mesías representa el mundo perfecto, donde no hay hambre, no hay guerra, no hay envidia, no hay enfermedad; donde hay paz universal, donde hay conocimiento total de Dios. Dios quiere que el hombre sea socio de ese mundo ideal.

-El hecho de que un personaje público como el empresario argentino Eduardo Eldstein hable en el encuentro de Davos con la kipá o que los Sutton (dueños del Hotel Alvear) sean practicantes es interesante.

-Cuando uno se respeta a sí mismo puede ser respetado por el otro. Cuando uno no respeta sus propias creencias, ¿cómo puede ser respetado por el otro? Es el tema de la fidelidad: el que es coherente, lo es en todo. Una persona que es coherente en algunas cosas y no lo es en otras, no es coherente.

-¿Por qué algunos comparan a Jabad Lubavitch, en términos de poder, con el Opus Dei?

-El único poder que hay es el poder del espíritu. El hecho de que mucha gente, por tener una profunda motivación espiritual, tenga una generosidad que va más allá de lo normal es una virtud. Cuando una persona ve que alguien hace el bien y uno por sí mismo no practica el bien, tiene dos opciones: o imitarlo o descalificarlo. La más verdadera y difícil es imitarlo; la más fácil es descalificarlo.

-También se dice que parece una secta.

-Es la manera fácil de descalificar algo que tiene éxito.

-¿Piensa que el rabino Marshall Meyer hizo en su momento una revolución?

-Sí, porque la Argentina era una tierra virgen. Y el primero que vino con una mentalidad de revolución, de transformación, fue Mar­shall Meyer. Por supuesto, vino con la mentalidad americana; tenía mucho carisma. Logró captar todo ese vacío. El hizo, en su momento, una revolución, pero no quiero opinar sobre él porque le habló a la gente en el idioma cotidiano, pero –que me disculpe– no le transmitió las verdades del judaísmo tradicional. No voy a entrar en polémica, pero no las transmitió.

Una familia tradicional

Su mujer es estadounidense. Se llama Shterna Kazarnovsky y la conoció cuando él tenía 23 años. Nunca antes había salido con una chica. Ni siquiera tenía hermanas. La primera mujer con la que salió y con la que tuvo una conversación seria fue con su esposa. Ella nunca había pensado en la Argentina hasta entonces. Sin embargo, a partir de este espíritu de misión trabaja junto a su marido.

Tienen doce hijos: todos, salvo los más pequeños, son practicantes y enseñan lo mismo que sus padres. La hija mayor tiene 29 años y cuatro hijos; la segunda, 27 años; el tercero es un varón de 25 años; luego, una mujer de 24; en quinto lugar tienen una de 22 años que está enseñando en los Estados Unidos, la sexta es una chica de 20; en séptimo lugar, un hijo que va a cumplir 18 años; en octavo lugar, una hija de 16 que está en el secundario; en noveno lugar, un hijo de 14 años que estudia. En décimo lugar, una hija de 12 años que está cursando el séptimo grado. Undécimo, un hijo de siete años que está en la escuela primaria. Y, por último, un varón de cinco años que está en el jardín de infantes.

-En su familia, ¿cómo hace alguien para rebelarse? ¿Si quiere cortarse el pelo, no cubrirse la cabeza, salir con un no judío ?

-En primer lugar, le aclaro que mis hijos no son nada dóciles. Nadie se lo prohíbe. No es una cuestión de prohibiciones.

-Un practicante ortodoxo como usted, ¿puede aceptar que haya distintas interpretaciones de la palabra de Dios?

-No se pueden interpretar cosas que contradicen la palabra de Dios. Estamos hablando de las ideologías y de las creencias y de los estilos de vida. No estamos hablando de las personas. Esto quiere decir que no hay diferencia entre el judío ortodoxo, el judío conservador, el judío reformista, el judío agnóstico o el judío ateo. Son judíos, cuya condición de judíos no puede quitársela nadie, absolutamente nadie. Ni siquiera uno mismo: aunque decida dejar de ser judío, no puede. El profeta dice en la Biblia que, así como el negro no puede cambiar su piel, el judío no puede cambiar su condición de judío. Ser judío va más allá de la decisión de uno.

Por Any Ventura

Hombres de negro

Con modernas técnicas de marketing, perseverante actitud proselitista, un fuerte trabajo en los sectores de bajos recursos, la autoconfianza que brindan normas milenarias y el fervor de su discurso mesiánico, el movimiento jasídico Jabad Lubavitch revolucionó a la comunidad judía y logró lo que parecía imposible: que cada vez más laicos se sumaran a sus filas. A mediados de los 90, mientras la clase media iba perdiendo su esperanza en el futuro y las instituciones tradicionales de la comunidad, como la AMIA y la DAIA, se desprestigiaban por casos de impericia o corrupción de sus dirigentes, miles de judíos argentinos encontraron en la religión un refugio contra la incertidumbre. En oposición a una tradición comunitaria en la que las corrientes tradicionalistas eran la norma, la ortodoxia dejó de estar reducida a un grupo cerrado de familias cuyos antepasados inmigrantes también eran observantes y pasó a ser una opción válida, incluso para quienes no conocían nada de religión pero buscaban un sentido para sus vidas.

Así, Jabad Lubavitch tuvo un papel preponderante en la difusión de la versión más estricta de las normas judaicas. Este movimiento jasídico tiene unas 2500 filiales en todo el mundo y tantos detractores como adherentes. A diferencia de otras comunidades ortodoxas cerradas en sí mismas y reacias a relacionarse con el mundo exterior, Jabad adoptó una postura revolucionaria: salir a la calle, ganar adeptos, promover su estilo de vida -eso sí, siempre entre judíos-. Y tuvo éxito.

Hoy, la meca de Jabad no está, como muchos podrían suponer, en Israel -donde inclusive hay una localidad llamada Kfar Jabad (pueblo de Jabad)-, sino en Crown Heights, el barrio ultraortodoxo ubicado en el distrito neoyorquino de Brooklyn. En la Argentina, mientras la colectividad judía local ha visto mermar el número de integrantes a razón de un uno por ciento anual, en promedio, durante los últimos 40 años (se estima que hoy quedan 200 mil judíos), principalmente por causa de la asimilación y la emigración a Israel u otros países, en ese mismo período Jabad creó de la nada una red de 21 templos en todo el país -la gran mayoría, inaugurados durante la década del 90- a los que concurren más de 6000 personas.

Además de los templos, la institución sostiene una fundación de ayuda social que asiste a familias, comedores comunitarios, un hogar para niños en riesgo, otra escuela (para niñas), una editorial, un sitio en Internet, espacios en radio, centros de juventud y diversos grupos de estudio o recreación asociados, que cada año atraen a más judíos.

Por Oliver Galak

Nota publicada en el diario La Nación, el domingo 23 de Noviembre de 2008.

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